Del llanto a la risa, y luego a misa

por | Abr 9, 2020 | Ficción | 8 Comentarios

Imagen Pixabay

Siete días. Siete días con sus respectivas noches confinado en ese piso, de 75m2, junto a su inefable madre y aquel Alzheimer serpenteando por su cabeza sin orden ni criterio.  Para Luis lo que sucedía dentro de aquellas cuatro paredes superaba en fantasía y surrealismo a la ciencia ficción del exterior.  El cómputo temporal fluctuaba a toda velocidad, o en modo pausa, en función de la lucidez y energía de Guillermina, que había conseguido en una semana que su hijo olvidase prácticamente su vida anterior a la pandemia.

Su rutina consistía ahora en atender todas las necesidades de su madre, sin salir bajo ningún concepto, dado que su madre era población de riesgo y no podía dejarla sola en casa. Así que había entrado en esa fase en que parecía que nunca se hubiera dedicado a otra cosa que a estar allí encerrado cuidando de ella. Solo muy de vez en cuando, a ratos descosidos de jornadas eternas e imprevisibles, Luis conseguía robar algo de tiempo para sí mismo.

Una cosa le había quedado clara: cuando todo esto acabara tenía que subirle el sueldo a Catalina.

-¿Cuándo comemos, Luisito?

-Mamá, acabas de terminar un buen plato de lentejas.

-¿¡Yo, lentejas!? –Dijo Guillermina echándose la mano al pecho como si la hubieran ofendido-. ¡Luego te prepararé una infusión de cúrcuma, muy buena para los desvaríos de la azotea, hijo, que te veo cada día más perdido. Oye, que esa zorra no te quite el sueño… –mencionó Guillermina de pronto en clara referencia a la exmujer de Luis.

-¡Mamá, por favor, no hables así de la madre de tu nieta.

-¿Te puso los cuernos o no? ¡Eah, pues al pan, pan; y al vino, vino.

-Fue hace mucho tiempo, y yo duermo perfectamente, así que no te preocupes por mí.

-Sí, sí, pero estos –y realizó un gráfico y explícito gesto con el dedo índice de cada mano en la testuz, a modo de cornamenta- son para toda la vida.

-¡He dicho que basta, madre! –Cuando Luis sustituía su tolerante “mamá” por un subidito de tono “madre” es que la paciencia estaba llegando al límite.

-¿Entonces, comemos o no? –Volvió ella al principio como si nada-. ¡Quieres matarme de hambre, eres un mal hijo!

-Te has zampado un buen plato de lentejas y no necesitas comer más. ¡Así que basta ya! –bramó Luis rudamente, todavía herido por aquella mención al engaño que acabó en sonoro divorcio hace ya una década

Guillermina rompió a llorar. Así, de repente, balanceando su congoja en el sillón junto a la ventana, con un hipo casi infantil. Luis se sintió miserable. Se levantó, fue a la cocina y volvió con dos galletas de chocolate. Si algo se mantenía imperturbable en su madre era su pasión por los dulces.  Un recurso que dosificaba por motivos obvios, pero que siempre funcionaba. Adiós llanto. Hola minutitos de paz.

-Abre la boca –Luis introdujo la pastilla correspondiente-, ahora bebe un poco de agua. Muy bien, mamá. ¿Lista para la siesta?

Su madre se dejó hacer satisfecha por el festival goloso que ardía en su boca.

-Luisito, ¿qué pasa si me duermo y no me despierto? -Preguntó abriendo mucho los ojos.

-Pues que vendré yo a despertarte. No te preocupes –Contestó mientras la ayudaba a echarse en la cama.

-Noooooo. ¡Mira que eres tontito, Luisín! –Volvió a incorporarse zafándose de las manos de su hijo-. Significa que me habré ido.

-No te vas a morir, mamá. Tienes un corazón muy fuerte. Ya te digo yo que…

-Ay, Luisito. Es una verdadera pena lo tuyo, eh. Te lo digo con todo el cariño, hijo. Deberías acudir al psicotrapecista a ver qué tienes ahí dentro. Yo creo que te viene del abuelo Faustino; siempre con aquella retahíla de sandeces sobre las ovejas,  que si eran brujas herejes condenadas a pasar calor por siempre jamás con toda esa lana en el cuerpo y…. ¿De qué hablábamos…?

-Dímelo tú, mamá. No lo sé –se resignó Luis ante la perorata sin sentido de su madre-. Creo que tenías miedo a no despertar y…

-¡Ah, síii! –Entonces Guillermina cogió las manos a su hijo y clavó su mirada en él fijamente, como si de pronto enfocara nítidamente tras  mucho tiempo en penumbra.

-Te decía, hijo, que aunque me haya ido, sigo estando aquí  –Y efectivamente. Ahí estaba su madre. Luis la reconoció en el fondo de aquellos ojos azules, la vio, la sintió y se descompuso al comprobar que estaba teniendo un instante de plena lucidez en el que, lo que trataba de expresar su madre, era su temor al olvido.

-Sé que estás ahí, mamá. Lo sé. Y yo estoy contigo.

Y con esas palabras Guillermina cayó en una profunda siesta. Aquel día Luis aprovechó esa tregua para sentarse en la butaca de su madre, junto a la ventana, y no hacer absolutamente nada. Dejó que los recuerdos llenaran el salón de nostalgia y melancolía. Apareció vivaz el día que un niño le pegó un puñetazo en el colegio, debía tener doce o trece años. Su madre lo curó. Sin besos, sin cura cura sana; no era mujer de cuentos ni remilgos. Solo lo miró circunspecta, y con aquella solemnidad suya le dijo “No esperes que la gente te venga a salvar, Luis, porque acabarás decepcionado”.

La vio enérgica preparando fiambreras de comida el día que se iba a la mili, manteniendo las emociones sujetas tras un domesticado estoicismo, y liberando sobre cacerolas y sartenes aquellos nervios que hervían su sangre.

Y, por supuesto, recordó el día en que apareció en su casa con las maletas tras la monumental bronca con Laura que acabó en su divorcio. No le abrazó, ni le consoló con un caldito caliente, pero tampoco le preguntó, ni le juzgó, ni insistió en saber más de lo que él mismo quiso contarle. Esa era su madre, no perdía el tiempo con preguntas  retóricas. Sencillamente se adaptaba.

El reloj marcaba las cinco y media de la tarde cuando oyó ruido en la habitación. Supuso que había despertado, así que fue a mirar.

-Luis, me voy a misa –dijo cuando entró.

Desde que la cuidaba Catalina se había acostumbrado a acudir a la iglesia todos los viernes, y tal vez esa rutina se había archivado en alguna zona de su memoria porque, Guillermina, en realidad, nunca había sido muy beata. Católica sí. Pero solía decir que tenía conversaciones privadas con Dios, que no necesitaba confesiones con olor incienso, y que así le iba bien.

-¿Pero qué te has puesto, mamá? –Exclamó Luis al verla con una antigua blusa roja sobre el camisón que le recordó a una de esas cantantes de góspel. En los pies llevaba un zapato azul y otro negro, y había coronado su cabeza con una de sus bragas de color carne a modo de casquete.

-¿Qué? ¡Ah, lo dices por la mantilla. Sí, sí, he estado buscando la negra pero tu padre me lo enreda todo, me esconde las cosas. ¡El muy truhan! Mira, estas medias de seda llevaba siglos buscándolas, y hoy aparecen –dijo señalando una pierna totalmente desnuda y asintiendo con la cabeza orgullosa como si exhibiera un tesoro. Y acto seguido salió del cuarto.

-Mamá, ¿adónde crees que vas? –preguntó siguiéndola.

-¿Estás sordo o no te has lavado las orejas? Ya te he dicho que a misa –De pronto frena su estampida en el salón.

-¡Luisito –agarró a su hijo del brazo y susurró- ¿quién es esa? –Preguntó señalando con la cabeza su reflejo en el espejo.

-Pues tú mamá. Una versión alternativa, hay que reconocerlo, pero eres tú –contestó divertido.

Entonces Guillermina empezó a reírse. Suavemente al principio, pero cada vez que levantaba el rostro y veía su imagen respondía con nuevas risotadas que iban creciendo a medida que la frecuencia al espejo aumentaba de velocidad. Al final estalló en una carcajada de proporciones bíblicas. Reía con la boca abierta, a todo pulmón, con tantas ganas que daba gusto verla. Jamás en toda su vida había visto reír así a su madre. La situación era tan irreal, tan absolutamente hilarante y estrambótica que Luis no tardó en contagiarse y unirse a ese festival de contracciones y jolgorio. Allí estaban madre e hijo partiéndose de la risa con el espinazo doblado de puro dolor abdominal frente a un cuadro que bien podría haber salido de la mente de Buñuel.

De pronto Guillermina dejó de reírse. Se colocó bien los cabellos bajo aquella improvisada mantilla y, con la voz ya recuperada del esfuerzo cómico, le dijo a su hijo:

-Luisito. ¡Cuando estás de humor eres adorable! Dale una limosna a esa pobre mujer y tráeme el bolso que llegamos tarde.

 

Continuará….

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Siete días. Siete días con sus respectivas noches confinado en ese piso, de 75m2, junto a su inefable madre y aquel Alzheimer serpenteando por su cabeza sin orden ni criterio.  Para Luis lo que sucedía dentro de aquellas cuatro paredes superaba en fantasía y surrealismo a la ciencia ficción del exterior.  El cómputo temporal fluctuaba a toda velocidad, o en modo pausa, en función de la lucidez y energía de Guillermina, que había conseguido en una semana que su hijo olvidase prácticamente su vida anterior a la pandemia.

Su rutina consistía ahora en atender todas las necesidades de su madre, sin salir bajo ningún concepto, dado que su madre era población de riesgo y no podía dejarla sola en casa. Así que había entrado en esa fase en que parecía que nunca se hubiera dedicado a otra cosa que a estar allí encerrado cuidando de ella. Solo muy de vez en cuando, a ratos descosidos de jornadas eternas e imprevisibles, Luis conseguía robar algo de tiempo para sí mismo.

Una cosa le había quedado clara: cuando todo esto acabara tenía que subirle el sueldo a Catalina.

-¿Cuándo comemos, Luisito?

-Mamá, acabas de terminar un buen plato de lentejas.

-¿¡Yo, lentejas!? –Dijo Guillermina echándose la mano al pecho como si la hubieran ofendido-. ¡Luego te prepararé una infusión de cúrcuma, muy buena para los desvaríos de la azotea, hijo, que te veo cada día más perdido. Oye, que esa zorra no te quite el sueño… –mencionó Guillermina de pronto en clara referencia a la exmujer de Luis.

-¡Mamá, por favor, no hables así de la madre de tu nieta.

-¿Te puso los cuernos o no? ¡Eah, pues al pan, pan; y al vino, vino.

-Fue hace mucho tiempo, y yo duermo perfectamente, así que no te preocupes por mí.

-Sí, sí, pero estos –y realizó un gráfico y explícito gesto con el dedo índice de cada mano en la testuz, a modo de cornamenta- son para toda la vida.

-¡He dicho que basta, madre! –Cuando Luis sustituía su tolerante “mamá” por un subidito de tono “madre” es que la paciencia estaba llegando al límite.

-¿Entonces, comemos o no? –Volvió ella al principio como si nada-. ¡Quieres matarme de hambre, eres un mal hijo!

-Te has zampado un buen plato de lentejas y no necesitas comer más. ¡Así que basta ya! –bramó Luis rudamente, todavía herido por aquella mención al engaño que acabó en sonoro divorcio hace ya una década

Guillermina rompió a llorar. Así, de repente, balanceando su congoja en el sillón junto a la ventana, con un hipo casi infantil. Luis se sintió miserable. Se levantó, fue a la cocina y volvió con dos galletas de chocolate. Si algo se mantenía imperturbable en su madre era su pasión por los dulces.  Un recurso que dosificaba por motivos obvios, pero que siempre funcionaba. Adiós llanto. Hola minutitos de paz.

-Abre la boca –Luis introdujo la pastilla correspondiente-, ahora bebe un poco de agua. Muy bien, mamá. ¿Lista para la siesta?

Su madre se dejó hacer satisfecha por el festival goloso que ardía en su boca.

-Luisito, ¿qué pasa si me duermo y no me despierto? -Preguntó abriendo mucho los ojos.

-Pues que vendré yo a despertarte. No te preocupes –Contestó mientras la ayudaba a echarse en la cama.

-Noooooo. ¡Mira que eres tontito, Luisín! –Volvió a incorporarse zafándose de las manos de su hijo-. Significa que me habré ido.

-No te vas a morir, mamá. Tienes un corazón muy fuerte. Ya te digo yo que…

-Ay, Luisito. Es una verdadera pena lo tuyo, eh. Te lo digo con todo el cariño, hijo. Deberías acudir al psicotrapecista a ver qué tienes ahí dentro. Yo creo que te viene del abuelo Faustino; siempre con aquella retahíla de sandeces sobre las ovejas,  que si eran brujas herejes condenadas a pasar calor por siempre jamás con toda esa lana en el cuerpo y…. ¿De qué hablábamos…?

-Dímelo tú, mamá. No lo sé –se resignó Luis ante la perorata sin sentido de su madre-. Creo que tenías miedo a no despertar y…

-¡Ah, síii! –Entonces Guillermina cogió las manos a su hijo y clavó su mirada en él fijamente, como si de pronto enfocara nítidamente tras  mucho tiempo en penumbra.

-Te decía, hijo, que aunque me haya ido, sigo estando aquí  –Y efectivamente. Ahí estaba su madre. Luis la reconoció en el fondo de aquellos ojos azules, la vio, la sintió y se descompuso al comprobar que estaba teniendo un instante de plena lucidez en el que, lo que trataba de expresar su madre, era su temor al olvido.

-Sé que estás ahí, mamá. Lo sé. Y yo estoy contigo.

Y con esas palabras Guillermina cayó en una profunda siesta. Aquel día Luis aprovechó esa tregua para sentarse en la butaca de su madre, junto a la ventana, y no hacer absolutamente nada. Dejó que los recuerdos llenaran el salón de nostalgia y melancolía. Apareció vivaz el día que un niño le pegó un puñetazo en el colegio, debía tener doce o trece años. Su madre lo curó. Sin besos, sin cura cura sana; no era mujer de cuentos ni remilgos. Solo lo miró circunspecta, y con aquella solemnidad suya le dijo “No esperes que la gente te venga a salvar, Luis, porque acabarás decepcionado”.

La vio enérgica preparando fiambreras de comida el día que se iba a la mili, manteniendo las emociones sujetas tras un domesticado estoicismo, y liberando sobre cacerolas y sartenes aquellos nervios que hervían su sangre.

Y, por supuesto, recordó el día en que apareció en su casa con las maletas tras la monumental bronca con Laura que acabó en su divorcio. No le abrazó, ni le consoló con un caldito caliente, pero tampoco le preguntó, ni le juzgó, ni insistió en saber más de lo que él mismo quiso contarle. Esa era su madre, no perdía el tiempo con preguntas  retóricas. Sencillamente se adaptaba.

El reloj marcaba las cinco y media de la tarde cuando oyó ruido en la habitación. Supuso que había despertado, así que fue a mirar.

-Luis, me voy a misa –dijo cuando entró.

Desde que la cuidaba Catalina se había acostumbrado a acudir a la iglesia todos los viernes, y tal vez esa rutina se había archivado en alguna zona de su memoria porque, Guillermina, en realidad, nunca había sido muy beata. Católica sí. Pero solía decir que tenía conversaciones privadas con Dios, que no necesitaba confesiones con olor incienso, y que así le iba bien.

-¿Pero qué te has puesto, mamá? –Exclamó Luis al verla con una antigua blusa roja sobre el camisón que le recordó a una de esas cantantes de góspel. En los pies llevaba un zapato azul y otro negro, y había coronado su cabeza con una de sus bragas de color carne a modo de casquete.

-¿Qué? ¡Ah, lo dices por la mantilla. Sí, sí, he estado buscando la negra pero tu padre me lo enreda todo, me esconde las cosas. ¡El muy truhan! Mira, estas medias de seda llevaba siglos buscándolas, y hoy aparecen –dijo señalando una pierna totalmente desnuda y asintiendo con la cabeza orgullosa como si exhibiera un tesoro. Y acto seguido salió del cuarto.

-Mamá, ¿adónde crees que vas? –preguntó siguiéndola.

-¿Estás sordo o no te has lavado las orejas? Ya te he dicho que a misa –De pronto frena su estampida en el salón.

-¡Luisito –agarró a su hijo del brazo y susurró- ¿quién es esa? –Preguntó señalando con la cabeza su reflejo en el espejo.

-Pues tú mamá. Una versión alternativa, hay que reconocerlo, pero eres tú –contestó divertido.

Entonces Guillermina empezó a reírse. Suavemente al principio, pero cada vez que levantaba el rostro y veía su imagen respondía con nuevas risotadas que iban creciendo a medida que la frecuencia al espejo aumentaba de velocidad. Al final estalló en una carcajada de proporciones bíblicas. Reía con la boca abierta, a todo pulmón, con tantas ganas que daba gusto verla. Jamás en toda su vida había visto reír así a su madre. La situación era tan irreal, tan absolutamente hilarante y estrambótica que Luis no tardó en contagiarse y unirse a ese festival de contracciones y jolgorio. Allí estaban madre e hijo partiéndose de la risa con el espinazo doblado de puro dolor abdominal frente a un cuadro que bien podría haber salido de la mente de Buñuel.

De pronto Guillermina dejó de reírse. Se colocó bien los cabellos bajo aquella improvisada mantilla y, con la voz ya recuperada del esfuerzo cómico, le dijo a su hijo:

-Luisito. ¡Cuando estás de humor eres adorable! Dale una limosna a esa pobre mujer y tráeme el bolso que llegamos tarde.

 

Continuará….

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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