El miedo entre costuras

por | Mar 12, 2020 | Blog | 6 Comentarios

Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay

Sin casi darte cuenta el miedo, ese que se oculta bajo la ropa, aparece de puntillas, se coloca en tribuna, y se recrea en ese momento extraordinario en el que tu conciencia palidece, tu voz se enturbia, tu corazón se encoge, se fatiga, y su latido es un ladrido voraz que, mientras huye de ti, muerde las esquinas de tu valor en ruinas.

Mira cómo se arquea en mi cintura, me reta, me vacila. Sabe que si en diez segundos no me muevo bailará con mis demonios y descalzará mi alma de su luz, solo para que crea que estoy ciega, que mis ojos son dos niñas perdidas arañando el vacío en mitad del bosque, tragando a bocanadas la niebla húmeda.

Mi cuerpo se ha enfundado un vestido de mármol pespunteado con todas mis dudas, y se entrega rendido al pánico, que disfrazado de Medusa levanta diques de cemento en todos mis barrios. No entra el sol. Tampoco la lluvia. La piel se cuartea y por sus hendeduras navegan desorientas lágrimas de piedra. La voluntad se arruga.

Se envalentona, porque sabe que soy yo quien alimenta su hambre. Abre la caja de Pandora y desfilan viejos conocidos con sus acólitos jugando en la sombra. El miedo a ser yo misma, también a ser otra, a caer vencida por mi mochila, a no saber luchar por lo que me importa, a que descarrile el tren en el que viajan mis ilusiones, o a que el hilo que me sujeta a la vida, se rompa.

El sol regatea a las nubes y deja pintado un mediodía dorado en la espesura. Tose el lago, con su voz líquida, y su lecho transparente abraza a dos libélulas que coquetean funámbulas sobre la brisa más leve. Se insinúan, se merodean, escriben canciones secretas ocultas en un jeroglífico hechizante de siseos y figuras.

Observan la presencia infame que me turba y de pronto algo cambia en su ritual, se explayan y confabulan. Llevan su alegre cortejo hasta mis ojos y quiebran la parálisis que me nubla. Mis lágrimas recobran la sal, despierta mi alma taciturna, y en ese mar vital el miedo no tiene puerto al que arribar, se repliega de nuevo entre mis costuras…

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender

Marie Curie

 

Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay

Sin casi darte cuenta el miedo, ese que se oculta bajo la ropa, aparece de puntillas, se coloca en tribuna, y se recrea en ese momento extraordinario en el que tu conciencia palidece, tu voz se enturbia, tu corazón se encoge, se fatiga, y su latido es un ladrido voraz que, mientras huye de ti, muerde las esquinas de tu valor en ruinas.

Mira cómo se arquea en mi cintura, me reta, me vacila. Sabe que si en diez segundos no me muevo bailará con mis demonios y descalzará mi alma de su luz, solo para que crea que estoy ciega, que mis ojos son dos niñas perdidas arañando el vacío en mitad del bosque, tragando a bocanadas la niebla húmeda.

Mi cuerpo se ha enfundado un vestido de mármol pespunteado con todas mis dudas, y se entrega rendido al pánico, que disfrazado de Medusa levanta diques de cemento en todos mis barrios. No entra el sol. Tampoco la lluvia. La piel se cuartea y por sus hendeduras navegan desorientas lágrimas de piedra. La voluntad se arruga.

Se envalentona, porque sabe que soy yo quien alimenta su hambre. Abre la caja de Pandora y desfilan viejos conocidos con sus acólitos jugando en la sombra. El miedo a ser yo misma, también a ser otra, a caer vencida por mi mochila, a no saber luchar por lo que me importa, a que descarrile el tren en el que viajan mis ilusiones, o a que el hilo que me sujeta a la vida, se rompa.

El sol regatea a las nubes y deja pintado un mediodía dorado en la espesura. Tose el lago, con su voz líquida, y su lecho transparente abraza a dos libélulas que coquetean funámbulas sobre la brisa más leve. Se insinúan, se merodean, escriben canciones secretas ocultas en un jeroglífico hechizante de siseos y figuras.

Observan la presencia infame que me turba y de pronto algo cambia en su ritual, se explayan y confabulan. Llevan su alegre cortejo hasta mis ojos y quiebran la parálisis que me nubla. Mis lágrimas recobran la sal, despierta mi alma taciturna, y en ese mar vital el miedo no tiene puerto al que arribar, se repliega de nuevo entre mis costuras…

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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