El pueblo tras la ventana

por | Abr 30, 2020 | Ficción | 4 Comentarios

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

-Vamos a tener buena cosecha este año. Fíjate cómo está el campo tras las lluvias de estos días –dijo Guillermina desde el sillón junto a la ventana.

Luis no sabía si lo estaba confundiendo de nuevo con su padre, aunque eso era lo de menos. Su madre regresaba una y otra vez al pueblo que la vio nacer, y a él le gustaba escucharla mientras paseaba sobre aquellos recuerdos vestidos en nítidos detalles que, como un sol de mediodía, iluminaban su desgastada memoria.

Desde bien temprano se había acomodado en su puesto favorito de vigía atraída por un hechizante murmullo infantil. Después de 42 días de confinamiento se había dado permiso a los niños para salir durante una hora, y la calle era un hervidero de voces que se enredaba en los árboles al ritmo de sus juegos. Aquella explosión de alegría viajaba tentadora por el aire y se asomaba a las ventanas del resto de los mortales para que disfrutaran de su euforia.

-Sí señor. Habrá mucho grano y…. ¡Vaya por Dios! La chica de la Paquita se ha escogorziaooo y está espatarrada en el suelo –informó justo cuando un llanto arrancaba a todo pulmón desde la calle.

-¿Qué dices, mamá? –se acercó Luis a la ventana al sentir el volumen del sollozo.

-No me extraña el porrazo –aseveró ella- Va con un biombo en la cabeza y corriendo como si la persiguiera el diablo. ¿Se habrá prendido el campanario y se ha puesto el cubo en la cabeza para ir más ligera? Pero no se oyen las campanas –se dijo a sí misma-. ¡Claro! Si el fuego ya está subiendo habrán cerrado la boca, por si las moscas…

-Mamá va en patines y lleva un casco.

-¿Un qué? ¡Bah! –Hizo un gesto de desprecio con la mano-. No digas sandeces Hipólito. Taparse los ojos con un incendio calentándote el culo es de ignorantes –rumió ella confundiendo a su hijo con su hermano pequeño-  Tampoco es para llorar así, ¡válgame Dios! Yo era más chica cuando me caí del tractor y padre lo solucionó con una rodaja queso. Mira, por allí va la señora Piedad arreando la mula, ¡y qué garbo…!

-¡¿Qué mula?! Es una niña en bici junto a su madre. Igual deberíamos ir al oculista cuando todo esto acabe –pensó Luis.

-Cada día anda más suelto ese animal, oye, qué le dará de comer, ayer mismito estaba cojo, que lo vi pasar por la fuente del caño, a regañadientes y rebuznando. No va a ir cantando ópera, diría padre –murmuraba y le sonreía a su hijo-.  ¡Pues sí que me gotea la caldera!
¡Fíjate! Hoy parece un semental. Si no puede seguir el ritmo la pobre Piedad…  -Divagaba Guillermina desde el fondo de aquel Alzheimer sin retorno.

-Mamá –preguntó Luis al ver a su madre especialmente nostálgica-. ¿Te gustaría volver a Buenaserena?

Cuando aquel nombre quedó suspendido en el aire Guillermina miró a su hijo con la solemnidad que recordaba en su madre de toda la vida. Sus ojos regresaron del bosque pantanoso en el que solían estar recluidos y conectaron fugazmente con los de Luis: sagaces, briosos, determinantes y llenos de fuerza. Apenas fueron unos segundos de reconocimiento mutuo, pero había tanta certeza en aquella mirada que Luis no tuvo dudas de la autenticidad del momento.

Guillermina y Alfonso huyeron del campo de un bonito pueblo castellano cuando el horizonte auguraba un futuro más ventajoso para los hijos que vendrían. El destino no había avisado de que las complicaciones en el parto de Luis dejarían a la mujer sin más capacidad reproductiva. Así vinieron las cosas, y así hubo que aceptarlas, le había explicado su madre cuando le preguntó por qué no tenía hermanos.

Se instalaron en un pequeño piso del extrarradio de la ciudad en el que ella ejerció de costurera en la sombra muchos años, mientras Alfonso trabajaba en la construcción. Vivían sin excesos, pero sin penurias. Le dieron a Luis los estudios que quiso y viajaban todos los veranos a Buenaserena, adónde un día regresarían, porque era un hecho que allí se sorprendían a diario con el alma encendida, la piel rejuvenecida y la ilusión correteando por los caminos.

Pero el corazón traicionó a Alfonso con 68 años. Guillermina lo odió por frustrar sus planes, por dejarla en la estacada con el petate lleno de ese renacer postrero que habían planeado juntos. Y luego lo echó de menos con un dolor que arañaba sus entrañas, porque nadie como él apaciguaba las explosiones de su temperamento, y solo él había sabido amarla con la quietud de las amapolas en verano. Después se divorció Luis, se mudó a vivir con ella, y consideró que su hijo la necesitaba más que su pueblo. Así que Buenaserena aguardaba su regreso con el silencio de sus inviernos pintando sonatas en su corazón, con la paciencia de una madre que espera con los brazos abiertos sin quejarse.

-Mira, mamá, la semana próxima ya empezaremos a salir tú y yo y en poco tiempo podremos ir al pueblo y ¿sabes qué? Este año pasaremos todo el verano allí ¿Qué te parece?

-Buenaserena…. –Dijo ella por toda respuesta mirando hacia la calle con una sonrisa en los labios

-Sí. Podrás ver a la Paquita, a la señora Dominga… comeremos esas tortas de azúcar tan ricas que prepara la Leandra…

-¿Le quedarán mantecados? –Preguntó su madre con los ojos encendidos-. Si no te apuras, Hipólito, el tragón ese que siempre va con el morro sucio se los merienda de una atacada. ¡Si lo sabré yo! –Dijo llevándose el dedo índice al ojo derecho- Antes de que el gallo cante a misa ya está el barrabás ese por las calles engullendo dulces de siete por cuatro hasta treinta seis, que lo he visto yo.

-No te preocupes, mamá. Los encargaremos –aclaró él viendo que se alteraba un poco.

-¡Qué te digo que se los zampa! –Insistió elevando la voz- Tiene tantas lorzas bajo el ombligo que debe ir de pesca cada vez que necesita orinar. ¿Y eso por qué es? Dime, por qué es, que como tú está esmirriado no te enteras –interpeló a Luis.

-Pues me imagino que su madre le dará bien de comer –respondió divertido por la ocurrencia de su madre.

De pronto Guillermina sorprendió a su hijo con un cachete en la coronilla mientras se levantaba de su sillón y caminaba arriba y abajo del comedor visiblemente irritada. Y es que el tema de los dulces era territorio sensible en la lista de puntos débiles de esta mujer de 83 años, cuya mente dispersa no era óbice para exhibir una energía física que ya quisieran para sí algunas treintañeras.

-Mira Hipólito, no te arreo más fuerte porque ya eres casi un hombre –dijo con voz indignada-. Por mi,su madre ya le puede poner un cochino cada día en el plato, al horno, o abierto en canal en una hogaza. Como si le enchufa a presión la leche de todas las ovejas con una manguera –gritaba ya-. Pero que se atiborre con todas las rosquillas que hace la Leandra los domingos, ¡eso NO! ¿Quién se ha creído ese tunante, Herodes el Grande? Una buena tunda le daba yo por egoísta. –Y enfatizó la negación para que fuera bien notoria la altura de la ofensa.

-Está bien –concedió Luis viendo el calibre del enfado-. Enseguida voy, pero cálmate y siéntate. Mira cuántos niños hay hoy en la calle.

Guillermina ocupó de nuevo su lugar favorito en aquel piso y su vista se perdió en el tumulto de una ciudad que recuperaba el aliento. Desde la altura de ese segundo piso la sombra que la luz dibujaba en las fachadas era hechizante, como si jugara al escondite con los niños, envidiosa de su recién recuperada libertad. Luis, de pie tras la silla de su madre, le puso la mano en el hombro y pensó que la primavera por fin había entrado en casa.

-¡Ah! –exclamó de pronto ella-. Cuando llegues a la cuesta de la panadería vigila los hielos. Con el rocío se pone aquello muy escurridizo y no hay quien dé un paso seguro –y luego bajó un poco el tono de voz-. Con la muerte de madre ya tenemos bastante desgracia en la familia.

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa
Capítulo 3: Lo que daría por unos huevos…
Capítulo 4: ¿Por qué no te lo pones tú…?

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

-Vamos a tener buena cosecha este año. Fíjate cómo está el campo tras las lluvias de estos días –dijo Guillermina desde el sillón junto a la ventana.

Luis no sabía si lo estaba confundiendo de nuevo con su padre, aunque eso era lo de menos. Su madre regresaba una y otra vez al pueblo que la vio nacer, y a él le gustaba escucharla mientras paseaba sobre aquellos recuerdos vestidos en nítidos detalles que, como un sol de mediodía, iluminaban su desgastada memoria.

Desde bien temprano se había acomodado en su puesto favorito de vigía atraída por un hechizante murmullo infantil. Después de 42 días de confinamiento se había dado permiso a los niños para salir durante una hora, y la calle era un hervidero de voces que se enredaba en los árboles al ritmo de sus juegos. Aquella explosión de alegría viajaba tentadora por el aire y se asomaba a las ventanas del resto de los mortales para que disfrutaran de su euforia.

-Sí señor. Habrá mucho grano y…. ¡Vaya por Dios! La chica de la Paquita se ha escogorziaooo y está espatarrada en el suelo –informó justo cuando un llanto arrancaba a todo pulmón desde la calle.

-¿Qué dices, mamá? –se acercó Luis a la ventana al sentir el volumen del sollozo.

-No me extraña el porrazo –aseveró ella- Va con un biombo en la cabeza y corriendo como si la persiguiera el diablo. ¿Se habrá prendido el campanario y se ha puesto el cubo en la cabeza para ir más ligera? Pero no se oyen las campanas –se dijo a sí misma-. ¡Claro! Si el fuego ya está subiendo habrán cerrado la boca, por si las moscas…

-Mamá va en patines y lleva un casco.

-¿Un qué? ¡Bah! –Hizo un gesto de desprecio con la mano-. No digas sandeces Hipólito. Taparse los ojos con un incendio calentándote el culo es de ignorantes –rumió ella confundiendo a su hijo con su hermano pequeño-  Tampoco es para llorar así, ¡válgame Dios! Yo era más chica cuando me caí del tractor y padre lo solucionó con una rodaja queso. Mira, por allí va la señora Piedad arreando la mula, ¡y qué garbo…!

-¡¿Qué mula?! Es una niña en bici junto a su madre. Igual deberíamos ir al oculista cuando todo esto acabe –pensó Luis.

-Cada día anda más suelto ese animal, oye, qué le dará de comer, ayer mismito estaba cojo, que lo vi pasar por la fuente del caño, a regañadientes y rebuznando. No va a ir cantando ópera, diría padre –murmuraba y le sonreía a su hijo-.  ¡Pues sí que me gotea la caldera!
¡Fíjate! Hoy parece un semental. Si no puede seguir el ritmo la pobre Piedad…  -Divagaba Guillermina desde el fondo de aquel Alzheimer sin retorno.

-Mamá –preguntó Luis al ver a su madre especialmente nostálgica-. ¿Te gustaría volver a Buenaserena?

Cuando aquel nombre quedó suspendido en el aire Guillermina miró a su hijo con la solemnidad que recordaba en su madre de toda la vida. Sus ojos regresaron del bosque pantanoso en el que solían estar recluidos y conectaron fugazmente con los de Luis: sagaces, briosos, determinantes y llenos de fuerza. Apenas fueron unos segundos de reconocimiento mutuo, pero había tanta certeza en aquella mirada que Luis no tuvo dudas de la autenticidad del momento.

Guillermina y Alfonso huyeron del campo de un bonito pueblo castellano cuando el horizonte auguraba un futuro más ventajoso para los hijos que vendrían. El destino no había avisado de que las complicaciones en el parto de Luis dejarían a la mujer sin más capacidad reproductiva. Así vinieron las cosas, y así hubo que aceptarlas, le había explicado su madre cuando le preguntó por qué no tenía hermanos.

Se instalaron en un pequeño piso del extrarradio de la ciudad en el que ella ejerció de costurera en la sombra muchos años, mientras Alfonso trabajaba en la construcción. Vivían sin excesos, pero sin penurias. Le dieron a Luis los estudios que quiso y viajaban todos los veranos a Buenaserena, adónde un día regresarían, porque era un hecho que allí se sorprendían a diario con el alma encendida, la piel rejuvenecida y la ilusión correteando por los caminos.

Pero el corazón traicionó a Alfonso con 68 años. Guillermina lo odió por frustrar sus planes, por dejarla en la estacada con el petate lleno de ese renacer postrero que habían planeado juntos. Y luego lo echó de menos con un dolor que arañaba sus entrañas, porque nadie como él apaciguaba las explosiones de su temperamento, y solo él había sabido amarla con la quietud de las amapolas en verano. Después se divorció Luis, se mudó a vivir con ella, y consideró que su hijo la necesitaba más que su pueblo. Así que Buenaserena aguardaba su regreso con el silencio de sus inviernos pintando sonatas en su corazón, con la paciencia de una madre que espera con los brazos abiertos sin quejarse.

-Mira, mamá, la semana próxima ya empezaremos a salir tú y yo y en poco tiempo podremos ir al pueblo y ¿sabes qué? Este año pasaremos todo el verano allí ¿Qué te parece?

-Buenaserena…. –Dijo ella por toda respuesta mirando hacia la calle con una sonrisa en los labios

-Sí. Podrás ver a la Paquita, a la señora Dominga… comeremos esas tortas de azúcar tan ricas que prepara la Leandra…

-¿Le quedarán mantecados? –Preguntó su madre con los ojos encendidos-. Si no te apuras, Hipólito, el tragón ese que siempre va con el morro sucio se los merienda de una atacada. ¡Si lo sabré yo! –Dijo llevándose el dedo índice al ojo derecho- Antes de que el gallo cante a misa ya está el barrabás ese por las calles engullendo dulces de siete por cuatro hasta treinta seis, que lo he visto yo.

-No te preocupes, mamá. Los encargaremos –aclaró él viendo que se alteraba un poco.

-¡Qué te digo que se los zampa! –Insistió elevando la voz- Tiene tantas lorzas bajo el ombligo que debe ir de pesca cada vez que necesita orinar. ¿Y eso por qué es? Dime, por qué es, que como tú está esmirriado no te enteras –interpeló a Luis.

-Pues me imagino que su madre le dará bien de comer –respondió divertido por la ocurrencia de su madre.

De pronto Guillermina sorprendió a su hijo con un cachete en la coronilla mientras se levantaba de su sillón y caminaba arriba y abajo del comedor visiblemente irritada. Y es que el tema de los dulces era territorio sensible en la lista de puntos débiles de esta mujer de 83 años, cuya mente dispersa no era óbice para exhibir una energía física que ya quisieran para sí algunas treintañeras.

-Mira Hipólito, no te arreo más fuerte porque ya eres casi un hombre –dijo con voz indignada-. Por mi,su madre ya le puede poner un cochino cada día en el plato, al horno, o abierto en canal en una hogaza. Como si le enchufa a presión la leche de todas las ovejas con una manguera –gritaba ya-. Pero que se atiborre con todas las rosquillas que hace la Leandra los domingos, ¡eso NO! ¿Quién se ha creído ese tunante, Herodes el Grande? Una buena tunda le daba yo por egoísta. –y enfatizó la negación para que fuera bien notoria la altura de la ofensa.

-Está bien –concedió Luis viendo el calibre del enfado-. Enseguida voy, pero cálmate y siéntate. Mira cuántos niños hay hoy en la calle.

Guillermina ocupó de nuevo su lugar favorito en aquel piso y su vista se perdió en el tumulto de una ciudad que recuperaba el aliento. Desde la altura de ese segundo piso la sombra que la luz dibujaba en las fachadas era hechizante, como si jugara al escondite con los niños, envidiosa de su recién recuperada libertad. Luis, de pie tras la silla de su madre, le puso la mano en el hombro y pensó que la primavera por fin había entrado en casa.

-¡Ah! –exclamó de pronto ella-. Cuando llegues a la cuesta de la panadería vigila los hielos. Con el rocío se pone aquello muy escurridizo y no hay quien dé un paso seguro –y luego bajó un poco el tono de voz-. Con la muerte de madre ya tenemos bastante desgracia en la familia.

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa
Capítulo 3: Lo que daría por unos huevos…
Capítulo 4: ¿Por qué no te lo pones tú…?

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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