Las costuras del miedo

por | Mar 5, 2020 | Ficción | 6 Comentarios

Imagen de Stefan Keller en Pixabay

Julio, 2019

¡Aceptada!  Y ahora qué…

 “Sra Claudia Bernioz Olite, por medio de la presente se le informa de que ha sido aceptada en el Grado de Ingeniería de Sistemas de Telecomunicación de la Universidad…”  bla, bla, bla.

Me siento como si me hubiera empeñado en tirarme en paracaídas y ahora que estoy en el avión el vértigo no me dejara respirar. Bueno, es lo que quería, ¿no? …¿O tal vez solo quería demostrar al mundo que podía conseguirlo?

En ese momento la bombilla que dormía en la estantería despertó reverberando un bonito tono malva.

¡Ya estás aquí! –Pensó-. Bien mamá, a ver qué te parece la noticia.

Claudia era sordomuda de nacimiento y hasta hacía dos años su madre entraba en su habitación con la naturalidad propia de años de rutina. Aquel fatídico día la sorprendió, a su espalda, leyendo el diario que escribía en el ordenador.

No es que Olga despreciara su privacidad, pero ver las palabras “te quiero” en mayúsculas, varias veces, y en una misma línea es un cebo irresistible para cualquier madre que se precie. La bronca de la niña fue monumental; desplegó en un momento su amplio repertorio en el arte de la indignación por signos. Arrepentida por su intromisión, Olga repetía una y otra vez el gesto de su mano derecha sobre el dorso de la izquierda solicitando un perdón que, en aquel instante, no sirvió para mitigar la ofensa.

Cuando las aguas volvieron mansas a su cauce idearon el sistema de la bombilla con dos sencillos códigos. Si Olga la pulsaba una vez quería decir que había llegado a casa, o que la llamaba para algo. Si se encendía dos veces estaba pidiendo permiso a su hija para entrar en su habitación. En sentido inverso, cuando Claudia pulsaba una vez era aquello de ¡Oído cocina! Y si la accionaba dos veces significaba que le daba permiso a su madre para entrar. Desde entonces, su intimidad había ganado muchos enteros.

Claudia dio una vez al interruptor, cogió la carta y salió a hablar con su madre.

Apenas leyó la primera línea Olga entró en estado de frenesí con efusivos saltos de alegría y abrazos a Claudia. Entonces vio a su hija en modo estatua:

-¿Estás preocupada por algo?

– No sé si realmente es lo que quiero, mamá. Llevo días dándole vueltas. Cada paso en mi vida ha supuesto una lucha constante contra obstáculos invisibles para el mundo.  Lo sabes mejor que yo –decía con sus manos-. Estos estudios me van a llevar al límite, y no sé si estoy preparada para afrontarlo. Tal vez sería más útil ayudando a que otras personas como yo no sean invisibles.

Olga miró a los ojos de su hija y mantuvo el contacto visual para contestar.

-¿Todo este tiempo trabajando tanto para conseguir tu sueño… No era lo que querías?

-¿Es mi sueño, mamá, o es una proyección de los tuyos? –Dijo a la defensiva.

-No trates de herirme con argumentos indefendibles. –Su madre era implacable en el análisis-. Lo único que he hecho siempre es apoyarte en todas tus decisiones, y si he proyectado algo sobre ti es la confianza en tus capacidades para que no quedaran ocultas tras una disfunción física.

Claudia sabía que había sido injusta con su madre, experta en renunciar a todo por su hija, también a sus sueños, desde que su padre las abandonara cuando tenía dos años.

-Estoy confundida…. –Se rindió, sacudiendo los hombros con evidentes síntomas de pánico contenido.

Olga le hizo esperar un momento y se presentó poco después con dos grandes álbumes de fotos en los que solía trabajar, aunque Claudia nunca les había prestado mucha atención. –Son cosas de madres-. Pensaba

Abrió el de las tapas fucsia.

-Mira –le señaló- Esta foto te la hizo tu profesora de primaria.  –Claudia estaba en el suelo rodeada de varias figuras de dinosaurios-. Tuvimos que investigar los signos de sus nombres. Te los aprendiste todos con cinco años. En esta otra enseñabas a tus compañeros a comunicarse contigo. Tenías 10 años.  Y aquí –Claudia bailaba en una fiesta de fin de curso- demostrando cómo seguir el ritmo de una canción a través de la vibración.

Olga cogió el segundo álbum.

-¿Te acuerdas? Nuestra primera manifestación para conseguir una intérprete de signos en el instituto. –Claudia y su madre en primer plano de una noticia del periódico con los brazos en alto-. Y aquí con el premio al mejor proyecto de Ciencias de 4º de la ESO; y en esta otra con tu intérprete defendiendo el proyecto de investigación de bachillerato.

Claudia repasaba su vida a golpe de retales conmovida por el mimo que había puesto su madre en ello. Algunas fotos llevaban una pequeña descripción en letras doradas, otras se enmarcaban en papel de celofán o cenefas pintadas a mano. Las reivindicativas las había adornado con dibujos de la lengua de signos y en las académicas había hecho ingeniosos collages de sus múltiples éxitos con distintos compañeros de estudios.

Entonces se miraron y Olga le dijo a su hija lo que necesitaba oír.

-Hija, has llegado hasta aquí porque siempre has sabido lo que querías. Tú marcabas el camino, yo solo te he acompañado derribando obstáculos. Voy a apoyarte decidas lo que decidas, lo sabes, pero quiero que recuerdes una cosa: Tienes todo el derecho a sentir miedo; pero no a poner excusas.

Septiembre, 2019

Los nervios tenían su cuerpo en estado de gelatina. Una señora de mediana edad no daba abasto en el área de Admisiones de la Facultad de “Telecos” y había fruncido el ceño cuando Claudia le puso el iPad delante, preguntando por la intérprete que tenía asignada. En ese momento una mano le tocó el hombro, se giró y una joven de unos 30 años se presentó en lengua de signos. Conectó inmediatamente con aquel rostro amable y magnético y tuvo como un deja vu, la certeza de un empoderamiento que le decía que lo mejor estaba por llegar.

Imagen de Stefan Keller en Pixabay

Julio, 2019

¡Aceptada!  Y ahora qué…

 “Sra Claudia Bernioz Olite, por medio de la presente se le informa de que ha sido aceptada en el Grado de Ingeniería de Sistemas de Telecomunicación de la Universidad…”  bla, bla, bla.

Me siento como si me hubiera empeñado en tirarme en paracaídas y ahora que estoy en el avión el vértigo no me dejara respirar. Bueno, es lo que quería, ¿no? …¿O tal vez solo quería demostrar al mundo que podía conseguirlo?

En ese momento la bombilla que dormía en la estantería despertó reverberando un bonito tono malva.

¡Ya estás aquí! –Pensó-. Bien mamá, a ver qué te parece la noticia.

Claudia era sordomuda de nacimiento y hasta hacía dos años su madre entraba en su habitación con la naturalidad propia de años de rutina. Aquel fatídico día la sorprendió, a su espalda, leyendo el diario que escribía en el ordenador.

No es que Olga despreciara su privacidad, pero ver las palabras TE QUIERO en mayúsculas, varias veces, y en una misma línea es un cebo irresistible para cualquier madre que se precie. La bronca de la niña fue monumental; desplegó en un momento su amplio repertorio en el arte de la indignación por signos. Arrepentida por su intromisión, Olga repetía una y otra vez el gesto de su mano derecha sobre el dorso de la izquierda solicitando un perdón que, en ese instante, no servía para mitigar la ofensa.

Cuando las aguas volvieron mansas a su cauce idearon el sistema de la bombilla con dos sencillos códigos. Si Olga la pulsaba una vez quería decir que había llegado a casa, o que la llamaba para algo. Si se encendía dos veces estaba pidiendo permiso a su hija para entrar en su habitación. En sentido inverso, cuando Claudia pulsaba una vez era aquello de ¡Oído cocina! Y si la accionaba dos veces significaba que le daba permiso a su madre para entrar. Desde entonces, su intimidad había ganado muchos enteros.

Claudia dio una vez al interruptor, cogió la carta y salió a hablar con su madre.

Apenas leyó la primera línea Olga entró en estado de frenesí con efusivos saltos de alegría y abrazos a Claudia. Entonces vio a su hija en modo estatua:

-¿Estás preocupada por algo?

– No sé si realmente es lo que quiero, mamá. Llevo días dándole vueltas. Cada paso en mi vida ha supuesto una lucha constante contra obstáculos invisibles para el mundo.  Lo sabes mejor que yo –decía con sus manos-. Estos estudios me van a llevar al límite, y no sé si estoy preparada para afrontarlo. Tal vez sería más útil ayudando a que otras personas como yo no sean invisibles.

Olga miró a los ojos de su hija y mantuvo el contacto visual para contestar.

-¿Todo este tiempo trabajando tanto para conseguir tu sueño… No era lo que querías?

-¿Es mi sueño, mamá, o es una proyección de los tuyos? –Dijo a la defensiva.

-No trates de herirme con argumentos indefendibles. –Su madre era implacable en el análisis-. Lo único que he hecho siempre es apoyarte en todas tus decisiones, y si he proyectado algo sobre ti es la confianza en tus capacidades para que no quedaran ocultas tras una disfunción física.

Claudia sabía que había sido injusta con su madre, experta en renunciar a todo por su hija, también a sus sueños, desde que su padre las abandonara cuando tenía dos años.

-Estoy confundida…. –Se rindió, sacudiendo los hombros con evidentes síntomas de pánico contenido.

Olga le hizo esperar un momento y se presentó poco después con dos grandes álbumes de fotos en los que solía trabajar, aunque Claudia nunca les había prestado mucha atención. –Son cosas de madres-. Pensaba

Abrió el de las tapas fucsia.

-Mira –le señaló- Esta foto te la hizo tu profesora de primaria.  –Claudia estaba en el suelo rodeada de varias figuras de dinosaurios-. Tuvimos que investigar los signos de sus nombres. Te los aprendiste todos con cinco años. En esta otra enseñabas a tus compañeros a comunicarse contigo. Tenías 10 años.  Y aquí –Claudia bailaba en una fiesta de fin de curso- demostrando cómo seguir el ritmo de una canción a través de la vibración.

Olga cogió el segundo álbum.

-¿Te acuerdas? Nuestra primera manifestación para conseguir una intérprete de signos en el instituto. –Claudia y su madre en primer plano de una noticia del periódico con los brazos en alto-. Y aquí con el premio al mejor proyecto de Ciencias de 4º de la ESO; y en esta otra con tu intérprete defendiendo el proyecto de investigación de bachillerato.

Claudia repasaba su vida a golpe de retales conmovida por el mimo que había puesto su madre en ello. Algunas fotos llevaban una pequeña descripción en letras doradas, otras se enmarcaban en papel de celofán o cenefas pintadas a mano. Las reivindicativas las había adornado con dibujos de la lengua de signos y en las académicas había hecho ingeniosos collages de sus múltiples éxitos con distintos compañeros de estudios.

Entonces se miraron y Olga le dijo a su hija lo que necesitaba oír.

-Hija, has llegado hasta aquí porque siempre has sabido lo que querías. Tú marcabas el camino, yo solo te he acompañado derribando obstáculos. Voy a apoyarte decidas lo que decidas, lo sabes, pero quiero que recuerdes una cosa: Tienes todo el derecho a sentir miedo; pero no a poner excusas.

Septiembre, 2019

Los nervios tenían su cuerpo en estado de gelatina. Una señora de mediana edad no daba abasto en el área de Admisiones de la Facultad de “Telecos” y había fruncido el ceño cuando Claudia le puso el iPad delante, preguntando por la intérprete que tenía asignada. En ese momento una mano le tocó el hombro, se giró y una joven de unos 30 años se presentó en lengua de signos. Conectó inmediatamente con aquel rostro amable y magnético y tuvo como un deja vu, la certeza de un empoderamiento que le decía que lo mejor estaba por llegar.

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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