No todo es vanidad

por | Sep 21, 2022 | Blog | 4 Comentarios

vanidad

No todo lo que fluye por redes sociales es vanidad, grosería, mercantilismo o frivolidad, y mira que entre los escritores la vanidad es uno de los pecados capitales más recurrentes, pero hay vida más allá del ego. A veces el universo moldea su geometría para que en sus vértices coincidan personas cuyo interés huye del morbo, del relumbrón de esos focos de luz excesiva, y se centra en el aprendizaje y el descubrimiento del talento creativo. Sin más.

Gentes que, tras unos cuantos intercambios de ideas, lecturas mutuas y reflexiones varias, establecen esos lazos con los que se va construyendo la amistad. Diría, en este punto, que exactamente igual que en la vida offline.

Apasionante debate este de escudriñar si podemos hablar de amistad con alguien con quien “solo” has mantenido deliberaciones literarias; puede que alguna consideración filosófica cuando lo humano y lo divino se entromete, e incluso algún chascarrillo…, asuntos todos que, invariablemente, tiran del hilo de la escritura como nexo de unión.

¿Se puede “hacer amigos” en la red, entonces? ¡Hombre!, dirás, si hoy día sirve para generar negocio, lanzar iniciativas filantrópicas, promover el terraplanismo, invertir en criptomonedas o consolidar parejas sentimentales…, ¿por qué no iba a producirse el extraño fenómeno de la amistad?

La verdad es que la amistad, como concepto, me parece dificilísimo de definir.

Solemos decir que los mejores amigos son aquellos de la infancia, y es cierto que es la época en que forjamos, tal vez, las relaciones más sólidas y a la postre mejor entrenadas para solventar posibles desencuentros. Pero sería muy triste reducir los buenos amigos exclusivamente a los que hicimos de niños. Yo, por ejemplo, que no soy precisamente un derroche de virtudes en el arte de socializar, he hecho algunos muy buenos amigos en mi vida adulta. No demasiados, es cierto. Pero buenos, leales y entrañables. La pregunta es si este salto es posible en la red. O si es un salto sin red. Disculpa el juego de palabras, no lo he podido evitar. A mí, desde luego, no me parece tan sencillo.

Y aquí viene el porqué de toda esta divagación.

Resulta que mi “conocido, tal vez amigo en ciernes” de redes sociales Alfredo Martín Gómez, me ha hecho reflexionar en voz alta a raíz de la reseña que recientemente ha publicado de mi libro Desde el salón de mi alma. Él avisa, refiriéndose a mí: “La conozco”, por aquello de las suspicacias que puedan generarse si alguien detecta que nos hemos regalado algunos “me gusta” en nuestras cuentas de Twitter. Y no deja de causarme perplejidad la forma en que nos vemos obligados a cubrirnos las espaldas para que no se ponga en tela de juicio nuestra profesionalidad.

Desde el salón de mi alma

Cualquier maledicencia torticera, en este caso, queda desacreditada con solo echar un vistazo a su blog. La calidad de sus publicaciones hablan por sí mismas, pero no tienes que hacer caso de lo que yo diga. Entra y juzga por ti mismo.

Sin embargo, todos sabemos cómo funciona esto. Una polémica a tiempo puede ser un filón: de seguidores y de puntual audiencia. Hay que ir con cuidado de no caer en estas emboscadas.

Puedo decir que he tenido y sostengo otras felices coincidencias en la red gracias a la literatura, y no voy a pedir perdón por ello. Amigos, conocidos o avatares digitales, hay tanta gente con talento por descubrir y con los que compartir buenas “vibras” que bien vale la pena hacer el esfuerzo de ”conocerse”. El tiempo dirá si esta aproximación fructifica en eso que llamamos amistad, siempre más delicada y complicada de mantener.

Es cierto, no obstante, que a veces ese mercantilismo con el que lo embadurnamos todo nos impide distinguir la línea entre el “betún” y la admiración sincera.

Entonces solo se me ocurre un modo de no acabar siendo títeres engullidos por la impostura: mojarnos y formarnos nuestro propio juicio, o sea, leer “amigo” mío. Leer.

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No todo lo que fluye por redes sociales es vanidad, grosería, mercantilismo o frivolidad, y mira que entre los escritores la vanidad es uno de los pecados capitales más recurrentes, pero hay vida más allá del ego. A veces el universo moldea su geometría para que en sus vértices coincidan personas cuyo interés huye del morbo, del relumbrón de esos focos de luz excesiva, y se centra en el aprendizaje y el descubrimiento del talento creativo. Sin más.

Gentes que, tras unos cuantos intercambios de ideas, lecturas mutuas y reflexiones varias, establecen esos lazos con los que se va construyendo la amistad. Diría, en este punto, que exactamente igual que en la vida offline.

Apasionante debate este de escudriñar si podemos hablar de amistad con alguien con quien “solo” has mantenido deliberaciones literarias; puede que alguna consideración filosófica cuando lo humano y lo divino se entromete, e incluso algún chascarrillo…, asuntos todos que, invariablemente, tiran del hilo de la escritura como nexo de unión.

¿Se puede “hacer amigos” en la red, entonces? ¡Hombre!, dirás, si hoy día sirve para generar negocio, lanzar iniciativas filantrópicas, promover el terraplanismo, invertir en criptomonedas o consolidar parejas sentimentales…, ¿por qué no iba a producirse el extraño fenómeno de la amistad?

La verdad es que la amistad, como concepto, me parece dificilísimo de definir.

Solemos decir que los mejores amigos son aquellos de la infancia, y es cierto que es la época en que forjamos, tal vez, las relaciones más sólidas y a la postre mejor entrenadas para solventar posibles desencuentros. Pero sería muy triste reducir los buenos amigos exclusivamente a los que hicimos de niños. Yo, por ejemplo, que no soy precisamente un derroche de virtudes en el arte de socializar, he hecho algunos muy buenos amigos en mi vida adulta. No demasiados, es cierto. Pero buenos, leales y entrañables. La pregunta es si este salto es posible en la red. O si es un salto sin red. Disculpa el juego de palabras, no lo he podido evitar. A mí, desde luego, no me parece tan sencillo.

Y aquí viene el porqué de toda esta divagación.

Resulta que mi “conocido, tal vez amigo en ciernes” de redes sociales Alfredo Martín Gómez, me ha hecho reflexionar en voz alta a raíz de la reseña que recientemente ha publicado de mi libro Desde el salón de mi alma. Él avisa, refiriéndose a mí: “La conozco”, por aquello de las suspicacias que puedan generarse si alguien detecta que nos hemos regalado algunos “me gusta” en nuestras cuentas de Twitter. Y no deja de causarme perplejidad la forma en que nos vemos obligados a cubrirnos las espaldas para que no se ponga en tela de juicio nuestra profesionalidad.

Desde el salón de mi alma

Cualquier maledicencia torticera, en este caso, queda desacreditada con solo echar un vistazo a su blog. La calidad de sus publicaciones hablan por sí mismas, pero no tienes que hacer caso de lo que yo diga. Entra y juzga por ti mismo.

Sin embargo, todos sabemos cómo funciona esto. Una polémica a tiempo puede ser un filón: de seguidores y de puntual audiencia. Hay que ir con cuidado de no caer en estas emboscadas.

Puedo decir que he tenido y sostengo otras felices coincidencias en la red gracias a la literatura, y no voy a pedir perdón por ello. Amigos, conocidos o avatares digitales, hay tanta gente con talento por descubrir y con los que compartir buenas “vibras” que bien vale la pena hacer el esfuerzo de ”conocerse”. El tiempo dirá si esta aproximación fructifica en eso que llamamos amistad, siempre más delicada y complicada de mantener.

Es cierto, no obstante, que a veces ese mercantilismo con el que lo embadurnamos todo nos impide distinguir la línea entre el “betún” y la admiración sincera.

Entonces solo se me ocurre un modo de no acabar siendo títeres engullidos por la impostura: mojarnos y formarnos nuestro propio juicio, o sea, leer “amigo” mío. Leer.

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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