Mi nombre es Celestina
Coge al mito y lo humaniza.
Eso es lo que hace Desirée Baudel con La Celestina para decirnos que la alcahueta fue moza antes que vieja y mujer antes que bruja; y para descubrirnos que en aquella Salamanca del s. XV, bajo una poderosa ley del silencio, la sororidad se practicaba, casi exclusivamente, como fórmula de supervivencia porque no había tiempo para más.
Despojada de todo lazo afectivo, de la infancia, de protección, incluso de dignidad y un futuro más allá del roído presente, La Celestina va creciendo ante nuestros ojos como la persona que pudo ser, y nunca será.
La niña trae de serie una inocencia que alimenta a la muchacha del primer amor con el que se consiente incluso soñar, hasta ahí llega la pulcritud de su alma, porque pronto se dará cuenta de que no tiene ni vida ni voz propias. De hecho, cuánto más trata de alejarse de Sancha, la vieja que la compró a su madre, que asiste partos y abortos y vende hechizos para subsistir, más se ve en el espejo de lo que finalmente será: una déspota codiciosa, egoísta y sin escrúpulos que vende su alma al diablo por un nuevo amanecer. Sobrevivir es el verbo que se conjuga a cualquier hora del día en un mundo de hombres donde lo único realmente suyo es la soledad.

Mi nombre es Celestina
El personaje, auténtico y con una piel porosa que se pega a nuestros huesos al primer contacto, sostiene con equilibrio sus imperfecciones para, a pesar de todo, empatizar con el lector. Llega a ser cruel, inmisericorde y odioso y, aun así, lo matizamos bajo la lupa de la comprensión porque en la baraja de su destino, sencillamente, no había comodín alguno.
La pluma de Baudel es hábil, muy inteligente, y su narrativa luminosa. Sobresaliente, la forma de jugar con el léxico para contextualizar a La Celestina en aquella época en que el castellono trotaba brioso por el lenguaje con una riqueza que ya quisiéramos ahora, y que ha dado al relato un natural abrigo temporal. Fabuloso golpe de efecto, además, el cameo del mismísimo Fernando de Rojas en una escena de perfecto encaje en el desarrollo de la trama.

Entre líneas, la historia de Mi nombre es Celestina navega en femenino, se construye visibilizando la carrera de obstáculos que nos ha tocado superar desde el principio de los tiempos: como objetos, como entes anónimos, como complementos de algo o pertenecientes a alguien hasta conquistar el derecho a ser sujetos activos que nos cuestionan por el mero hecho de ser mujeres.
Y en otro plano no menos relevante, el relato apela a esa soledad que traspasa edad, género, tiempo y fronteras.
Una verdadera delicia de obra.
Coge al mito y lo humaniza.
Eso es lo que hace Desirée Baudel con La Celestina para decirnos que la alcahueta fue moza antes que vieja y mujer antes que bruja; y para descubrirnos que en aquella Salamanca del s. XV, bajo una poderosa ley del silencio, la sororidad se practicaba, casi exclusivamente, como fórmula de supervivencia porque no había tiempo para más.
Despojada de todo lazo afectivo, de la infancia, de protección, incluso de dignidad y un futuro más allá del roído presente, La Celestina va creciendo ante nuestros ojos como la persona que pudo ser, y nunca será.
La niña trae de serie una inocencia que alimenta a la muchacha del primer amor con el que se consiente incluso soñar, hasta ahí llega la pulcritud de su alma, porque pronto se dará cuenta de que no tiene ni vida ni voz propias. De hecho, cuánto más trata de alejarse de Sancha, la vieja que la compró a su madre, que asiste partos y abortos y vende hechizos para subsistir, más se ve en el espejo de lo que finalmente será: una déspota codiciosa, egoísta y sin escrúpulos que vende su alma al diablo por un nuevo amanecer. Sobrevivir es el verbo que se conjuga a cualquier hora del día en un mundo de hombres donde lo único realmente suyo es la soledad.

Mi nombre es Celestina
El personaje, auténtico y con una piel porosa que se pega a nuestros huesos al primer contacto, sostiene con equilibrio sus imperfecciones para, a pesar de todo, empatizar con el lector. Llega a ser cruel, inmisericorde y odioso y, aun así, lo matizamos bajo la lupa de la comprensión porque en la baraja de su destino, sencillamente, no había comodín alguno.
La pluma de Baudel es hábil, muy inteligente, y su narrativa luminosa. Sobresaliente, la forma de jugar con el léxico para contextualizar a La Celestina en aquella época en que el castellono trotaba brioso por el lenguaje con una riqueza que ya quisiéramos ahora, y que ha dado al relato un natural abrigo temporal. Fabuloso golpe de efecto, además, el cameo del mismísimo Fernando de Rojas en una escena de perfecto encaje en el desarrollo de la trama.

Entre líneas, la historia de Mi nombre es Celestina navega en femenino, se construye visibilizando la carrera de obstáculos que nos ha tocado superar desde el principio de los tiempos: como objetos, como entes anónimos, como complementos de algo o pertenecientes a alguien hasta conquistar el derecho a ser sujetos activos que nos cuestionan por el mero hecho de ser mujeres.
Y en otro plano no menos relevante, el relato apela a esa soledad que traspasa edad, género, tiempo y fronteras.
Una verdadera delicia de obra.

