Cultura del respeto
Abrazado a su aún pequeña estatura, 2026 agita la varita mágica de su inocencia para atiborrarnos de bienintencionados propósitos que, como volutas de humo surgidas de una aromática taza de café, aspiramos con deleite sabiendo que antes del primer sorbo van a desaparecer. Esta vacuna que nos ponemos a primeros de año es tan efímera que apenas deja un rastro de tramposa ilusión en la piel, así que más allá del dormir más y gastar menos, del hacer más deporte, usar menos el móvil y otras vaguedades limitadas a su breve caducidad, quizás podríamos poner el acento en asuntos de más “altura”, de una trascendencia que supere nuestro egocentrismo natural. Se me ocurre, por ejemplo, instaurar un automatismo anti cultura del odio en nuestra conducta.
¿Te suena, verdad, lo de la cultura del odio?

Cultura del respeto
Universo fragmentado
Esta sociedad de hoy en día centrifuga su actividad a través de un universo de pequeños cosmos a los que nos adherimos por aquello del sentimiento de pertenencia. Compramos la entrada de acceso a una burbuja particular (léase de carácter político o sobre el ritual de la paella, da igual), y una vez formamos parte de esa comunidad estanca firme defensora de una realidad que nos cautiva, vamos gravitando por ahí con la bandera de nuestras razones al viento.
Jugamos a chocar con otras burbujas orgullosos de la atmósfera que respiramos en el interior, y con la fuerza que nos da el que todos nos veamos tan guapos desde dentro, vamos a la caza del contrario, del disidente, del majadero o del necio.
Universo fragmentado
De cada burbuja salen seductoras pompas armadas con brillantes opiniones que defendemos cada vez con mayor vehemencia, con más pasión, con menos tolerancia y transigencia cero. De ahí a la violencia verbal, al insulto y la agresividad, al caldo de cultivo que fomenta y propaga ese odio que se esparce como un virus infeccioso solo media nuestra voluntad. Casi una quimera mientras «nos ponga» tanto deshumanizar y vestir con cuernos y rabo al que no piensa igual. Aquello del «estás conmigo o contra mí» es solo un reflejo de nuestro inconmensurable patetismo. Querer ver solo lo que nos diferencia de esa fragmentación, natural por otra parte, no se me ocurre nada más aburrido que un pensamiento homógeneo universal, es como taparse un ojo, como anular la parte del cerebro que nos ayuda al discernimiento y que nos permite saltar entre burbujas sin necesidad de destruirlas, o sin que comprender razonamientos discordantes con el mío suponga mi autodestrucción.

Diferencias entre iguales
El mundo a través de mi cerradura
Presumimos de una superioridad moral tan intachablemente virtuosa que ya no sabemos discrepar sin insultar porque, y esto es lo más preocupante, consideramos que respetar al contrario es un signo de debilidad. Hay que machacar al “otro” con apelaciones personales, con zascas humillantes, cuando no soeces, que nada tienen que ver con el asunto en discordia. Insultamos por adelantado, preventivamente, por si acaso, no vayas a creer que soy un blandengue, un flojo de carácter, un pusilánime, un idiota, y hacemos de nuestras opiniones dogmas de fe que defendemos por la sencilla razón de que son nuestras. Es mi bando, mi bandera, mi trinchera. Es “mi” opinión y ¡es inapelable!
Nos da miedo escuchar. Es tan simple la explicación que analizarlo sonroja. Tememos abrir un debate cuya reflexión nos lleve a una indeseable claudicación, o a algo tan humano como la empatización con el oponente y sus argumentos, a pesar de posicionamientos divergentes. La renuncia es inadmisible en mi burbuja estanca, no hay duda que valga. La comprensión tampoco nos ayuda a seguir gravitando así que la consigna es defender a muerte la postura que tanto nos cautivó. Técnica a seguir: cerrar las orejas y blasfemar. La discusión adulta, madura y serena para los que van de intelectuales por la vida. Luego, eso sí, la polarización es cosa de los demás… Somos unos papanatas.

El mundo por una cerradura
Nos conformamos con el mundo que vemos a través de la estrecha cerradura en la que ponemos el ojo, renunciando voluntariamente a lo que hay más allá, a la panorámica, a la perspectiva, al bosque que se abre tras el árbol. Una diversidad cromática que rechazamos por miedo, por ignorancia, por fanatismo, porque odiar otorga al cutis un barniz de superioridad tan adictivo que necesitamos chutes diarios.
Rechazo al odio
La cultura del odio, expresión que acota en el concepto un matiz de inevitabilidad inasumible, como si fuera un comportamiento ya inmutable de nuestra sociedad, se combate, por definición, con su antónimo: cultura del respeto, que bien podría ser del roce, del afecto, del debate, de la armonía, del diálogo, del interés y de la escucha activa. Seré tachada de cándida, de buenismo pueril… Pues vale. Sea. No estoy descubriendo nada nuevo, pero ahí va mi acción candorosa 2026.
Siempre he evitado, por sistema, entrar al trapo de estos exabruptos discursivos que dejan los argumentos en la cuneta de los cobardes para hablar solo con las vísceras, y que sacan su ponzoñosa bilis especialmente en redes sociales. Y sigo creyendo que la indiferencia es la mejor respuesta, pero ahora voy a hacerla más gráfica. La voy a subrayar con un emoticono/sticker que sirva al mismo tiempo de protesta y de señalamiento discreto. Es algo así como marcharse de un lugar tóxico con un pequeño portazo.


No a la cultura del odio
La imagen no requiere muchas pistas. Si de pronto nos descubrimos en el meollo de una discusión sin fundamento (por lo agresiva) con mucha gente mirando por sus estrechas cerraduras; si nos están insultando, si el odio mana de las palabras como una salsa indigesta, sugiero una despedida discreta, rotunda y muy visual. Es el momento de colocar el emoticono que elijas para tu protesta y adiós muy buenas. A buen entendedor pocas palabras bastan. En este caso no es necesaria ni una.
Como acción añadida para completar este buen propósito, podemos incentivar la cultura del respeto dando apoyo a periodistas, divulgadores o influencers que pongan el foco en la cultura, con mayúsculas, en aquellas expresiones artísticas, literarias, musicales, deportivas, científicas que enfaticen nuestra capacidad creativa por encima de nuestra estupidez; que subraye el factor humano que nos permite avanzar y no consumirnos en la recíproca aniquilación. Te invito a compartir y comentar en este 2026 todos aquellos contenidos que nos unen por encima de los que nos degradan.
No voy a trascender por mi originalidad, ya lo sé. Es lo que tenemos los cándidos, que nos cuesta dejar de creer en las personas.
Qué dices…, ¿te unes?
Abrazado a su aún pequeña estatura, 2026 agita la varita mágica de su inocencia para atiborrarnos de bienintencionados propósitos que, como volutas de humo surgidas de una aromática taza de café, aspiramos con deleite sabiendo que antes del primer sorbo van a desaparecer. Esta vacuna que nos ponemos a primeros de año es tan efímera que apenas deja un rastro de tramposa ilusión en la piel, así que más allá del dormir más y gastar menos, del hacer más deporte, usar menos el móvil y otras vaguedades limitadas a su breve caducidad, quizás podríamos poner el acento en asuntos de más “altura”, de una trascendencia que supere nuestro egocentrismo natural. Se me ocurre, por ejemplo, instaurar un automatismo anti cultura del odio en nuestra conducta.
¿Te suena, verdad, lo de la cultura del odio?

Cultura del respeto
Universo fragmentado
Esta sociedad de hoy en día centrifuga su actividad a través de un universo de pequeños cosmos a los que nos adherimos por aquello del sentimiento de pertenencia. Compramos la entrada de acceso a una burbuja particular (léase de carácter político o sobre el ritual de la paella, da igual), y una vez formamos parte de esa comunidad estanca firme defensora de una realidad que nos cautiva, vamos gravitando por ahí con la bandera de nuestras razones al viento.
Jugamos a chocar con otras burbujas orgullosos de la atmósfera que respiramos en el interior, y con la fuerza que nos da el que todos nos veamos tan guapos desde dentro, vamos a la caza del contrario, del disidente, del majadero o del necio.
Universo fragmentado
De cada burbuja salen seductoras pompas armadas con brillantes opiniones que defendemos cada vez con mayor vehemencia, con más pasión, con menos tolerancia y transigencia cero. De ahí a la violencia verbal, al insulto y la agresividad, al caldo de cultivo que fomenta y propaga ese odio que se esparce como un virus infeccioso solo media nuestra voluntad. Casi una quimera mientras «nos ponga» tanto deshumanizar y vestir con cuernos y rabo al que no piensa igual. Aquello del «estás conmigo o contra mí» es solo un reflejo de nuestro inconmensurable patetismo. Querer ver solo lo que nos diferencia de esa fragmentación, natural por otra parte, no se me ocurre nada más aburrido que un pensamiento homógeneo universal, es como taparse un ojo, como anular la parte del cerebro que nos ayuda al discernimiento y que nos permite saltar entre burbujas sin necesidad de destruirlas, o sin que comprender razonamientos discordantes con el mío suponga mi autodestrucción.

Diferencias entre iguales
El mundo a través de mi cerradura
Presumimos de una superioridad moral tan intachablemente virtuosa que ya no sabemos discrepar sin insultar porque, y esto es lo más preocupante, consideramos que respetar al contrario es un signo de debilidad. Hay que machacar al “otro” con apelaciones personales, con zascas humillantes, cuando no soeces, que nada tienen que ver con el asunto en discordia. Insultamos por adelantado, preventivamente, por si acaso, no vayas a creer que soy un blandengue, un flojo de carácter, un pusilánime, un idiota, y hacemos de nuestras opiniones dogmas de fe que defendemos por la sencilla razón de que son nuestras. Es mi bando, mi bandera, mi trinchera. Es “mi” opinión y ¡es inapelable!
Nos da miedo escuchar. Es tan simple la explicación que analizarlo sonroja. Tememos abrir un debate cuya reflexión nos lleve a una indeseable claudicación, o a algo tan humano como la empatización con el oponente y sus argumentos, a pesar de posicionamientos divergentes. La renuncia es inadmisible en mi burbuja estanca, no hay duda que valga. La comprensión tampoco nos ayuda a seguir gravitando así que la consigna es defender a muerte la postura que tanto nos cautivó. Técnica a seguir: cerrar las orejas y blasfemar. La discusión adulta, madura y serena para los que van de intelectuales por la vida. Luego, eso sí, la polarización es cosa de los demás… Somos unos papanatas.

El mundo por una cerradura
Nos conformamos con el mundo que vemos a través de la estrecha cerradura en la que ponemos el ojo, renunciando voluntariamente a lo que hay más allá, a la panorámica, a la perspectiva, al bosque que se abre tras el árbol. Una diversidad cromática que rechazamos por miedo, por ignorancia, por fanatismo, porque odiar otorga al cutis un barniz de superioridad tan adictivo que necesitamos chutes diarios.
Rechazo al odio
La cultura del odio, expresión que acota en el concepto un matiz de inevitabilidad inasumible, como si fuera un comportamiento ya inmutable de nuestra sociedad, se combate, por definición, con su antónimo: cultura del respeto, que bien podría ser del roce, del afecto, del debate, de la armonía, del diálogo, del interés y de la escucha activa. Seré tachada de cándida, de buenismo pueril… Pues vale. Sea. No estoy descubriendo nada nuevo, pero ahí va mi acción candorosa 2026.
Siempre he evitado, por sistema, entrar al trapo de estos exabruptos discursivos que dejan los argumentos en la cuneta de los cobardes para hablar solo con las vísceras, y que sacan su ponzoñosa bilis especialmente en redes sociales. Y sigo creyendo que la indiferencia es la mejor respuesta, pero ahora voy a hacerla más gráfica. La voy a subrayar con un emoticono/sticker que sirva al mismo tiempo de protesta y de señalamiento discreto. Es algo así como marcharse de un lugar tóxico con un pequeño portazo.


No a la cultura del odio
La imagen no requiere muchas pistas. Si de pronto nos descubrimos en el meollo de una discusión sin fundamento (por lo agresiva) con mucha gente mirando por sus estrechas cerraduras; si nos están insultando, si el odio mana de las palabras como una salsa indigesta, sugiero una despedida discreta, rotunda y muy visual. Es el momento de colocar el emoticono que elijas para tu protesta y adiós muy buenas. A buen entendedor pocas palabras bastan. En este caso no es necesaria ni una.
Como acción añadida para completar este buen propósito, podemos incentivar la cultura del respeto dando apoyo a periodistas, divulgadores o influencers que pongan el foco en la cultura, con mayúsculas, en aquellas expresiones artísticas, literarias, musicales, deportivas, científicas que enfaticen nuestra capacidad creativa por encima de nuestra estupidez; que subraye el factor humano que nos permite avanzar y no consumirnos en la recíproca aniquilación. Te invito a compartir y comentar en este 2026 todos aquellos contenidos que nos unen por encima de los que nos degradan.
No voy a trascender por mi originalidad, ya lo sé. Es lo que tenemos los cándidos, que nos cuesta dejar de creer en las personas.
Qué dices…, ¿te unes?



Hola, Matilde. Estoy de acuerdo con lo que dices, aunque yo ya soy incapaz de creer en las personas. Desde el principio de los tiempos venimos haciendo lo mejor y lo peor. Y desde que aparecieron las redes sociales, tenemos ocasión de demostrarlo y dejar prueba flagrante e innegable de ello; sobre todo en lo peor. Creo que solo nos resta filtrar mucho y elegir muy bien en qué y con quién gastamos el tiempo. Lo demás son batallas perdidas de antemano.
¡Ayyyy! Es que soy una cándida…
No te quito la razón, pero no puedo dejar de intentarlo.
Un abrazo… y gracias por pasarte
Matilde
Hola mi queridísima Mati. Me siento identificada con esa gente que habla con las vísceras y soy consciente de no poder tener un discurso moderado en ver como el mundo se resquebraja ante los pobres de espíritu y condición social. Conforme cumplo años voy a peor porque la inocencia y la esperanza se me agotan. Es cierto que no tengo y por ello no utilizo al máximo las redes sociales, pero de un grupo de wasap me anularon. La polarización es resultado de una estrechez de mente y falta de respeto, pero hay temas que, desde mi punto de vista no se deben dejar pasar. Yo me altero con acciones de los políticos que son contrarios a los derechos humanos, sociedad del bienestar y la falta de libertad. Y sí, cuando los veo des digo improperios que me salen del alma. No estoy dichosa por ello ni me creo en la condución de poseer la verdad absoluta. Para disculparme a mí misma me digo que sin movimientos revolucionarios el progreso es nulo. Mati no dejes de ser una persona tan brillante y una colega incondicional.
Querida Eulalia
Ser vehementes defensores de nuestras ideas no nos da derecho a menospreciar a los demás, esa postura dice más de nosotros que del contrario. Retrata nuestra torpeza para esgrimir argumentos, nuestra vileza al sustituirlos por insultos y nuestra intransigencia al considerarnos siempre en posesión de la verdad.
Convertir en saco de boxeo al que no piensa como yo para descargar sobre él un desprecio irracional, sinceramente, no sé para qué sirve. A mí no me sirve.
Hoy hay corrientes de pensamiento que nos invitan a ello, a las vísceras, a la ofensa gratuita, a la humillación, al ultraje, a la mofa y a la provocación.
Mi propuesta es señalar en silencio estas conductas de odio, no persuadir a nadie de cambie de opinión. En el fondo soy consciente de que todos vamos por ahí embriagados de nuestra propia elocuencia.
Un beso enorme, amiga.