La península de las casas vacías
Difícil asomarse a un fenómeno literario como este, «Es lo mejor que he leído en muchísimos años» (Iñaki Gabilondo), o «Ninguna novela contemporánea me ha conmovido tanto como La península de las casas vacías» (Ian Gibson) sin que las expectativas previas condicionen la lectura.
Lo primero que quiero poner en valor del joven David Uclés (35 años) es su ambición narrativa. Y no hablo solo de cómo cubre el horror de nuestra cruenta Guerra Civil con un manto de astuta fantasía para favorecer la digestión de tanta barbarie autodestructiva, sino también del uso que hace del narrador: omnipresente, intrusivo incluso, transgresor y locuaz. Un figurante destacado de la obra que conversa con nosotros, con sus personajes ficticios y reales (Unamuno, García Lorca, Miguel Hernádez, Franco…) y que valiéndose de su posición dominante del relato nos hace pequeños guiños proféticos que aligeran lo turbio como si fueran treguas para respirar. «No me detengo más en la descripción porque, en apenas unas líneas, voy a quemarlo todo».
Este audaz juego metaliterario, que según leo algunos encuentran pueril y otros lo consideran un factor distanciador de la historia, a mí personalmente me ha convencido por lo tierno y hasta divertido que resulta. Es cierto que se inmiscuye en nuestra experiencia lectora para romper el hilo, una invocación a la pausa, a tomarse un respiro y hacernos cómplices de la fatiga narrativa que provoca tanta ignominia.
Realismo mágico
David Uclés hace un retrato de la Guerra Civil a través de la disgregación de una familia cuyos personajes nos llevarán al universo rural de la época, a los episodios más sanguinarios y al encuentro con las figuras más relevantes de la contienda y de la sociedad de aquellos años. Todo visto por los ojos de un artista que pinta las heridas, que se columpia en lo sobrenatural para vencer al terror, que se sirve de lo absurdo para describir lo inconfesable, del humor para tragar la deshumanización, y narrado con un cuidado lirismo para transformar la realidad en una imagen poética de la violencia, en un salvavidas de lo personal y lo colectivo.
Es esto lo que en mi opinión muchos no perdonan a Uclés, que se haya atrevido a relatar un Macondo íbero, que haya tenido la desfachatez de inspirarse en García Márquez, de recurrir a su estrategia mágica para contar un horror parecido, porque todas las guerras, al final, hablan del mismo fracaso y la misma aniquilación. De esa estupidez humana que si no se adereza con magia a veces se hace indigerible.
Confieso que La península de las casas vacías se me ha hecho larga por momentos, que algunos episodios los hubiera dejado en unas cuantas páginas menos, pero oye, David Uclés tiene una escritura tan musical que tampoco nos vamos a poner estupendos. Su Jándula es un pueblo que bebe de la superstición popular con absoluto magnetismo; en la familia de Odisto encontramos madres y padres, primos, hermanos, tíos, o abuelos en los que reconocernos, esa mirada onírica sobre el entorno y su talento creativo teje un tapiz tan hipnótico y simbólico que a mí, qué quieres que te diga, me ha conquistado.

«Aquel pintor de lutos conocía las tonalidades oscuras mejor que nadie y la duración del pigmento que usaba coincidía con la de la tristeza de los familiares por el fallecido.
«Como sucede en la orilla de una playa cuando se forma una ola, antes de caer la pronosticada lluvia sobre Jándula el cielo se hizo con todo el líquido que pudo para lloverlo después. El pueblo entero sintió la absorción: el botijo de Agustino se vació de golpe mientras su dueño intentaba beber; los pies de Aniceta dejaron de flotar en los dos barreños donde los tenía metidos, agrietándosele nuevamente. […] las lágrimas de las vírgenes de las dos iglesias desaparecieron; las frutas se abrieron en dos; los obesos perdieron los líquidos ac
Difícil asomarse a un fenómeno literario como este, «Es lo mejor que he leído en muchísimos años» (Iñaki Gabilondo), o «Ninguna novela contemporánea me ha conmovido tanto como La península de las casas vacías» (Ian Gibson) sin que las expectativas previas condicionen la lectura.
Lo primero que quiero poner en valor del joven David Uclés (35 años) es su ambición narrativa. Y no hablo solo de cómo cubre el horror de nuestra cruenta Guerra Civil con un manto de astuta fantasía para favorecer la digestión de tanta barbarie autodestructiva, sino también del uso que hace del narrador: omnipresente, intrusivo incluso, transgresor y locuaz. Un figurante destacado de la obra que conversa con nosotros, con sus personajes ficticios y reales (Unamuno, García Lorca, Miguel Hernádez, Franco…) y que valiéndose de su posición dominante del relato nos hace pequeños guiños proféticos que aligeran lo turbio como si fueran treguas para respirar. «No me detengo más en la descripción porque, en apenas unas líneas, voy a quemarlo todo».
Este audaz juego metaliterario, que según leo algunos encuentran pueril y otros lo consideran un factor distanciador de la historia, a mí personalmente me ha convencido por lo tierno y hasta divertido que resulta. Es cierto que se inmiscuye en nuestra experiencia lectora para romper el hilo, una invocación a la pausa, a tomarse un respiro y hacernos cómplices de la fatiga narrativa que provoca tanta ignominia.
Realismo mágico
David Uclés hace un retrato de la Guerra Civil a través de la disgregación de una familia cuyos personajes nos llevarán al universo rural de la época, a los episodios más sanguinarios y al encuentro con las figuras más relevantes de la contienda y de la sociedad de aquellos años. Todo visto por los ojos de un artista que pinta las heridas, que se columpia en lo sobrenatural para vencer al terror, que se sirve de lo absurdo para describir lo inconfesable, del humor para tragar la deshumanización, y narrado con un cuidado lirismo para transformar la realidad en una imagen poética de la violencia, en un salvavidas de lo personal y lo colectivo.
Es esto lo que en mi opinión muchos no perdonan a Uclés, que se haya atrevido a relatar un Macondo íbero, que haya tenido la desfachatez de inspirarse en García Márquez, de recurrir a su estrategia mágica para contar un horror parecido, porque todas las guerras, al final, hablan del mismo fracaso y la misma aniquilación. De esa estupidez humana que si no se adereza con magia a veces se hace indigerible.
Confieso que La península de las casas vacías se me ha hecho larga por momentos, que algunos episodios los hubiera dejado en unas cuantas páginas menos, pero oye, David Uclés tiene una escritura tan musical que tampoco nos vamos a poner estupendos. Su Jándula es un pueblo que bebe de la superstición popular con absoluto magnetismo; en la familia de Odisto encontramos madres y padres, primos, hermanos, tíos, o abuelos en los que reconocernos, esa mirada onírica sobre el entorno y su talento creativo teje un tapiz tan hipnótico y simbólico que a mí, qué quieres que te diga, me ha conquistado.

«Aquel pintor de lutos conocía las tonalidades oscuras mejor que nadie y la duración del pigmento que usaba coincidía con la de la tristeza de los familiares por el fallecido.
«Como sucede en la orilla de una playa cuando se forma una ola, antes de caer la pronosticada lluvia sobre Jándula el cielo se hizo con todo el líquido que pudo para lloverlo después. El pueblo entero sintió la absorción: el botijo de Agustino se vació de golpe mientras su dueño intentaba beber; los pies de Aniceta dejaron de flotar en los dos barreños donde los tenía metidos, agrietándosele nuevamente. […] las lágrimas de las vírgenes de las dos iglesias desaparecieron; las frutas se abrieron en dos; los obesos perdieron los líquidos ac


Magnífica reseña de una novela que también me ha conquistado a mí, Matilde.
David Uclés es como un soplo de aire fresco que nos enseña otra forma de mirar y entender la historia que ya creíamos conocida.
Un abrazo enorme.
Sí. Ahora está en el punto de mira de los haters, así somos las personas, ponemos en el foco a alguien y a por él.
A mí la verdad este libro me ha conmovido y me parece que está maravillosamente escrito y, como persona, cuando le ves en las entrevistas, parece tan de verdad lo que dice y siente que yo creo que es lo que le envidian: su autenticidad.
Un abrazo, Estrella