Por qué no me ha convencido «Comerás flores»

por | Mar 19, 2026 | Blog | 4 Comentarios

Comerás flores

A papá, en un año, no le había dado tiempo a convencernos de su muerte, y yo, en ese mismo año, me había enamorado, me había enfadado con mi mejor amiga y me había mudado a la casa más bonita que había visto nunca. Tantas cosas y papá muerto en todas.

Así resume Marina su vida en los últimos doce meses, soslayando lo peor que le ha pasado; y así revela “Comerás flores” el tono, a mi juicio, algo infantil bajo el que brota y crece la novela. No es un reproche, al fin y al cabo, la narradora y protagonista de la historia tiene veinticuatro años.

¿Me ha gustado? Sí, pero no me ha convencido. ¿Por qué? Básicamente, porque no he sentido la atmósfera opresiva de esa relación tóxica que Marina mantiene con Jaime.

La narración, sin duda, deslumbra por lo refrescante y ágil que resulta. Es lo mejor. Como cuando echas una de esas pastillas efervescentes en un vaso de agua y al instante se pone a chisporrotear. Así es la escritura de Lucía Solla, sencilla, cotidiana, familiar incluso, pero envuelta en una plasticidad y un ritmo que chisporrotean en los oídos. Consigue desde las primeras páginas unas imágenes retóricas muy potentes, bien empastadas en un molde que prescinde de guionizar diálogos y de otros abalorios gramaticales para trasladar, con el lenguaje, una sensación de impetuosidad muy fresca y original. Sin embargo, no sé si esta forma de narrar tan burbujeante ha restado profundidad a la novela, o soy yo que me he distraído tanto en la singularidad de la escritura que se me ha desdibujado el fondo.

La invisibilidad de Marina

La anulación de Marina como persona y su vulnerabilidad están bien resueltas por parte de la autora, porque Marina habla mucho del padre que adoraba, del aburrimiento con sus ex parejas; de su amiga Diana a la que no abraza porque siempre la quiso (¿?); de su madre, de sus hermanos y su compañero de trabajo. Pero Marina se esconde de Marina de tal modo que no tengo una idea muy clara de quién es al término de la novela. De hecho, creo que la única que conoce bien a la protagonista del relato es su perra Frida. Así que percibo su invisibilidad, pero no la causa que la provoca. Es ahí donde desconecto.

El cliché de Jaime

Y en este punto tal vez tenga algo que ver el personaje de Jaime, embutido en el cliché de hombre cautivador, guapísimo y de acomodada posición. Con un gran coche, un gran piso, un gran trabajo y un todo a lo grande Jaime es de esos tipos que te endiosan para conquistar y te llenan de obsequios para retener. A Marina la agasaja con cenas exclusivas, viajes inolvidables, un vestidor para ella sola en la casa más bonita del mundo y dos, no uno, dos anillos de compromiso con pedruscos incrustados. Una especie de Christian Grey en versión low cost.

Supongo que esta forma de romantizar la toxicidad con caballeros poco reales favorece un rápido enganche del lector con la ficción, en este caso especialmente del público femenino más joven. A mí me ha sacado un poco de la historia. Así que leo el hostigamiento que ejerce sobre Marina, pero no me llega; leo cómo se agiganta su figura de maltratador, cómo crece su influencia sobre ella, cómo la va sometiendo, cómo tiraniza su comportamiento, pero no siento el ahogo, ni la tensión de ese silencio que gasifica el ambiente cuando él la castiga con el ninguneo. En algún momento me perdí y se produce un desencuentro entre los sentimientos que relata la protagonista y la falta de respuesta en mi piel.

Comportamientos tóxicos

A esta Marina que se le llenan los mofletes de flores, y de una nostalgia anticipada porque aún no sabe qué echar de menos, le queda bien la ruptura, es una Marina inevitablemente  frágil, pero más sana que la sometida y, personalmente, es la joven a la que me hubiera gustado acompañar mientras se reconstruye. Quizás para otra ocasión. En todo caso, me alegra sinceramente el éxito del libro en el mercado español y su función didáctica para detectar comportamientos tóxicos, sobre todo entre los más jóvenes. Y aunque a mí no me ha producido el impacto que leo en otros, debo reconocer que me ha gustado la luminosa narrativa de Lucía Solla, a quien me encantará seguir descubriendo en próximas novelas.

 

 

Comerás flores

A papá, en un año, no le había dado tiempo a convencernos de su muerte, y yo, en ese mismo año, me había enamorado, me había enfadado con mi mejor amiga y me había mudado a la casa más bonita que había visto nunca. Tantas cosas y papá muerto en todas.

Así resume Marina su vida en los últimos doce meses, soslayando lo peor que le ha pasado; y así revela “Comerás flores” el tono, a mi juicio, algo infantil bajo el que brota y crece la novela. No es un reproche, al fin y al cabo, la narradora y protagonista de la historia tiene veinticuatro años.

¿Me ha gustado? Sí, pero no me ha convencido. ¿Por qué? Básicamente, porque no he sentido la atmósfera opresiva de esa relación tóxica que Marina mantiene con Jaime.

La narración, sin duda, deslumbra por lo refrescante y ágil que resulta. Es lo mejor. Como cuando echas una de esas pastillas efervescentes en un vaso de agua y al instante se pone a chisporrotear. Así es la escritura de Lucía Solla, sencilla, cotidiana, familiar incluso, pero envuelta en una plasticidad y un ritmo que chisporrotean en los oídos. Consigue desde las primeras páginas unas imágenes retóricas muy potentes, bien empastadas en un molde que prescinde de guionizar diálogos y de otros abalorios gramaticales para trasladar, con el lenguaje, una sensación de impetuosidad muy fresca y original. Sin embargo, no sé si esta forma de narrar tan burbujeante ha restado profundidad a la novela, o soy yo que me he distraído tanto en la singularidad de la escritura que se me ha desdibujado el fondo.

La invisibilidad de Marina

La anulación de Marina como persona y su vulnerabilidad están nbien resueltas por parte de la autora, porque Marina habla mucho del padre que adoraba, del aburrimiento con sus ex parejas; de su amiga Diana a la que no abraza porque siempre la quiso (¿?); de su madre, de sus hermanos y su compañero de trabajo. Pero Marina se esconde de Marina de tal modo que no tengo una idea muy clara de quién es al término de la novela. De hecho, creo que la única que conoce bien a la protagonista del relato es su perra Frida. Así que percibo su invisibilidad, pero no la causa que la provoca. Es ahí donde desconecto.

El cliché de Jaime

Y en este punto tal vez tenga algo que ver el personaje de Jaime, embutido en el cliché de hombre cautivador, guapísimo y de acomodada posición. Con un gran coche, un gran piso, un gran trabajo y un todo a lo grande Jaime es de esos tipos que te endiosan para conquistar y te llenan de obsequios para retener. A Marina la agasaja con cenas exclusivas, viajes inolvidables, un vestidor para ella sola en la casa más bonita del mundo y dos, no uno, dos anillos de compromiso con pedruscos incrustados. Una especie de Christian Grey en versión low cost.

Supongo que esta forma de romantizar la toxicidad con caballeros poco reales favorece un rápido enganche del lector con la ficción, en este caso especialmente del público femenino más joven. A mí me ha sacado un poco de la historia. Así que leo el hostigamiento que ejerce sobre Marina, pero no me llega; leo cómo se agiganta su figura de maltratador, cómo crece su influencia sobre ella, cómo la va sometiendo, cómo tiraniza su comportamiento, pero no siento el ahogo, ni la tensión de ese silencio que gasifica el ambiente cuando él la castiga con el ninguneo. En algún momento me perdí y se produce un desencuentro entre los sentimientos que relata la protagonista y la falta de respuesta en mi piel.

Comportamientos tóxicos

A esta Marina que se le llenan los mofletes de flores, y de una nostalgia anticipada porque aún no sabe qué echar de menos, le queda bien la ruptura, es una Marina inevitablemente  frágil, pero más sana que la sometida y, personalmente, es la joven a la que me hubiera gustado acompañar mientras se reconstruye. Quizás para otra ocasión. En todo caso, me alegra sinceramente el éxito del libro en el mercado español y su función didáctica para detectar comportamientos tóxicos, sobre todo entre los más jóvenes. Y aunque a mí no me ha producido el impacto que leo en otros, debo reconocer que me ha gustado la luminosa narrativa de Lucía Solla, a quien me encantará seguir descubriendo en próximas novelas.

 

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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