Nubosidad variable
Hay una belleza intangible en esta historia, una especie de abrasión emocional y progresiva de la piel difícil de explicar si nos ceñimos, únicamente, al relato de una amistad entre dos mujeres de mediana edad que un día dejaron de tratarse. El talento de la autora nos invita a ir mucho más allá del distanciamiento de una relación que empezó en la infancia.
Carmen Martín Gaite tiró de este hilo, el de la amistad, para deshacer el gran ovillo de nuestra identidad y crear una preciosa metáfora sobre la fragilidad humana y sobre cómo se ajusta nuestra biografía, o no, al guion que un día escribimos para nosotros mismos.
Mariana y Sofía se reencuentran de modo casual tras muchos años de separación y se desafían a diseccionarse a través de la escritura, afición compartida por ambas. Un juego narrativo en el que cada una se radiografía a sí misma en cuadernos manuscritos que solo compartirán al final. Y es en este relato epistolar donde el destripe de cada una de las protagonistas nos lleva a amarlas en toda su imperfección, porque ambas se someten a una rendición de cuentas con la vida con una franqueza luminosa y reparadora.
Si Mariana, una psiquiatra de reconocido éxito, trata de huir de una relación autodestructiva con un expaciente chupasangre; en Sofía encontramos un retrato del desencanto de una ama de casa aburguesada peligrosamente acomodada al desinterés.
En medio, una bellísima reflexión sobre la inconsistencia de nuestro ecosistema personal, sobre cómo fluctúa la voluntad a merced de nuestra indomable volatilidad, de esa indeterminación que muy a menudo nos lleva a postergarlo todo, a estar en permanente transición o en impasible punto muerto.
En medio una mirada sobre la soledad, el paso del tiempo y el imprescindible diálogo interior que hace de contrapeso para que no nos alejemos demasiado de nosotros mismos.
La novela transita en esa nubosidad variable que nos acecha y de la que no podemos o no sabemos sustraernos, que nos arrastra o nos bloquea a la espera de la energía suficiente para ejercer uno de los más complicados talentos del libre albedrío: tomar decisiones.
Y sobrevolando toda la obra la magistral narrativa de Martín Gaite, que nos empapa como un sirimiri de esos que parece que no moja, pero cala hasta los huesos. Despliega una capacidad tan soberbia para invocar al lector entre líneas, para hablar consigo misma y con sus propios personajes, que consigue que nos sintamos como en una reconfortante sobremesa entre esa clase de amigos con los que resulta fácil hablar de todo.
Su dominio del juego metaliterario es sublime y amarra con prodigiosa maestría eso de lo que hablaba al principio, esa belleza inasible que todo escritor desea regalar a su lector en forma de radiante trascendencia.
A sus pies, señora.
Hay una belleza intangible en esta historia, una especie de abrasión emocional y progresiva de la piel difícil de explicar si nos ceñimos, únicamente, al relato de una amistad entre dos mujeres de mediana edad que un día dejaron de tratarse. El talento de la autora nos invita a ir mucho más allá del distanciamiento de una relación que empezó en la infancia.
Carmen Martín Gaite tiró de este hilo, el de la amistad, para deshacer el gran ovillo de nuestra identidad y crear una preciosa metáfora sobre la fragilidad humana y sobre cómo se ajusta nuestra biografía, o no, al guion que un día escribimos para nosotros mismos.
Mariana y Sofía se reencuentran de modo casual tras muchos años de separación y se desafían a diseccionarse a través de la escritura, afición compartida por ambas. Un juego narrativo en el que cada una se radiografía a sí misma en cuadernos manuscritos que solo compartirán al final. Y es en este relato epistolar donde el destripe de cada una de las protagonistas nos lleva a amarlas en toda su imperfección, porque ambas se someten a una rendición de cuentas con la vida con una franqueza luminosa y reparadora.
Si Mariana, una psiquiatra de reconocido éxito, trata de huir de una relación autodestructiva con un expaciente chupasangre; en Sofía encontramos un retrato del desencanto de una ama de casa aburguesada peligrosamente acomodada al desinterés.
En medio, una bellísima reflexión sobre la inconsistencia de nuestro ecosistema personal, sobre cómo fluctúa la voluntad a merced de nuestra indomable volatilidad, de esa indeterminación que muy a menudo nos lleva a postergarlo todo, a estar en permanente transición o en impasible punto muerto.
En medio una mirada sobre la soledad, el paso del tiempo y el imprescindible diálogo interior que hace de contrapeso para que no nos alejemos demasiado de nosotros mismos.
La novela transita en esa nubosidad variable que nos acecha y de la que no podemos o no sabemos sustraernos, que nos arrastra o nos bloquea a la espera de la energía suficiente para ejercer uno de los más complicados talentos del libre albedrío: tomar decisiones.
Y sobrevolando toda la obra la magistral narrativa de Martín Gaite, que nos empapa como un sirimiri de esos que parece que no moja, pero cala hasta los huesos. Despliega una capacidad tan soberbia para invocar al lector entre líneas, para hablar consigo misma y con sus propios personajes, que consigue que nos sintamos como en una reconfortante sobremesa entre esa clase de amigos con los que resulta fácil hablar de todo.
Su dominio del juego metaliterario es sublime y amarra con prodigiosa maestría eso de lo que hablaba al principio, esa belleza inasible que todo escritor desea regalar a su lector en forma de radiante trascendencia.
A sus pies, señora.

