Fin de temporada
Leo en una entrevista a Ignacio Martínez de Pisón: «Fin de temporada es una tragedia tan menor que pasar, pasar, no pasa nada». Y es cierto, pasar, pasa poco, así lo he sentido, aunque tiene momentos de lograda tensión dramática que dejan su inequívoco poso.
A ver cómo te explico los desencuentros que he tenido con esta novela sin desmerecerla.
Para empezar, estamos ante dos grandes amores. Uno, el de Rosa y Juan (1977), con ellos arranca la historia dirigiéndose a una clínica abortista a la que no llegan por un fatal accidente que se lleva a él por delante. Dos, el de Rosa e Iván, veinte años después; una relación madre-hijo de indudable afecto que, a medida que la trama discurre, se enturbia.
En medio el trasfondo histórico de una España despertando a la democracia, con aquella sociedad tan llena de prejuicios que lleva a Rosa a una huida hacia adelante para echar raíces en cualquier lugar donde su hijo no sufra el estigma de una madre soltera. En medio también Mabel, la amiga que todos deseamos en nuestra vida y Celine, la dulce novia de Iván.
Y ahora te explico cómo he ido dando tumbos, a veces arriba, con mi atención entregada al relato, y otras, siento decirlo, a medio camino entre el bostezo y la desconexión.
Cuando el autor se centra en sus personajes y juega con la desestabilización de los mismos, con el conflicto de identidad de Iván o la toxicidad de los lazos de sangre, el drama te atrapa en su livianísima tela de araña. Porque la historia perfila muy bien esas luchas internas que tenemos cuando el pasado no está resuelto, así como la inevitable transformación que experimentamos al revelarse. La verdad es que los personajes son lo mejor de la novela, están muy bien construidos y la evolución, sobre todo de Iván, me parece portentosa.
Sin embargo, cuando el narrador cambia el foco para hablarnos de lo cotidiano el tono es tan premeditadamente neutral que se me hace de noche. Sospecho que Pisón ha elegido esta modulación libre de exageradas palpitaciones para alejarse del melodrama, cosa que ha conseguido, por cierto. El último tercio de la novela, de hecho, maneja con astucia la tensión psicológica y te mantiene en vilo hasta el punto y final, punto con el que esta servidora y su impresionable alma se habrían conformado. Pero Pisón no iba a ponernos las cosas tan fáciles y nos cuela un implacable epílogo de inquietante desenlace que desemboca en un Fin (este sí definitivo) lleno de preguntas.
Confidencia. He hecho trampas. Como la historia finaliza en los años 90 le he concedido a Iván permiso para cumplir los cincuenta que tendría ahora, es decir, unos cuantos lustros de por medio para…, reescribir un nuevo epílogo. Para algo se nos concede a los lectores libertad interpretativa, ¿no?
Antes de finalizar quería hacer un reconocimiento a la apoteósica voz del narrador de este audiolibro, Iván Cánovas, @ivan_locutor_doblaje pues logra con éxito esa distancia deliberada con la que el autor narra la historia. Y muy especialmente por hacer el esfuerzo de tararear las múltiples canciones que se citan en el texto, con sus estribillos en inglés, francés o castellano, y que han aportado un valor añadido de gran mérito cuando la historia se espesaba.
Ya tienes el cóctel. Tú decides…
Leo en una entrevista a Ignacio Martínez de Pisón: «Fin de temporada es una tragedia tan menor que pasar, pasar, no pasa nada». Y es cierto, pasar, pasa poco, así lo he sentido, aunque tiene momentos de lograda tensión dramática que dejan su inequívoco poso.
A ver cómo te explico los desencuentros que he tenido con esta novela sin desmerecerla.
Para empezar, estamos ante dos grandes amores. Uno, el de Rosa y Juan (1977), con ellos arranca la historia dirigiéndose a una clínica abortista a la que no llegan por un fatal accidente que se lleva a él por delante. Dos, el de Rosa e Iván, veinte años después; una relación madre-hijo de indudable afecto que, a medida que la trama discurre, se enturbia.
En medio el trasfondo histórico de una España despertando a la democracia, con aquella sociedad tan llena de prejuicios que lleva a Rosa a una huida hacia adelante para echar raíces en cualquier lugar donde su hijo no sufra el estigma de una madre soltera. En medio también Mabel, la amiga que todos deseamos en nuestra vida y Celine, la dulce novia de Iván.
Y ahora te explico cómo he ido dando tumbos, a veces arriba, con mi atención entregada al relato, y otras, siento decirlo, a medio camino entre el bostezo y la desconexión.
Cuando el autor se centra en sus personajes y juega con la desestabilización de los mismos, con el conflicto de identidad de Iván o la toxicidad de los lazos de sangre, el drama te atrapa en su livianísima tela de araña. Porque la historia perfila muy bien esas luchas internas que tenemos cuando el pasado no está resuelto, así como la inevitable transformación que experimentamos al revelarse. La verdad es que los personajes son lo mejor de la novela, están muy bien construidos y la evolución, sobre todo de Iván, me parece portentosa.
Sin embargo, cuando el narrador cambia el foco para hablarnos de lo cotidiano el tono es tan premeditadamente neutral que se me hace de noche. Sospecho que Pisón ha elegido esta modulación libre de exageradas palpitaciones para alejarse del melodrama, cosa que ha conseguido, por cierto. El último tercio de la novela, de hecho, maneja con astucia la tensión psicológica y te mantiene en vilo hasta el punto y final, punto con el que esta servidora y su impresionable alma se habrían conformado. Pero Pisón no iba a ponernos las cosas tan fáciles y nos cuela un implacable epílogo de inquietante desenlace que desemboca en un Fin (este sí definitivo) lleno de preguntas.
Confidencia. He hecho trampas. Como la historia finaliza en los años 90 le he concedido a Iván permiso para cumplir los cincuenta que tendría ahora, es decir, unos cuantos lustros de por medio para…, reescribir un nuevo epílogo. Para algo se nos concede a los lectores libertad interpretativa, ¿no?
Antes de finalizar quería hacer un reconocimiento a la apoteósica voz del narrador de este audiolibro, Iván Cánovas, @ivan_locutor_doblaje pues logra con éxito esa distancia deliberada con la que el autor narra la historia. Y muy especialmente por hacer el esfuerzo de tararear las múltiples canciones que se citan en el texto, con sus estribillos en inglés, francés o castellano, y que han aportado un valor añadido de gran mérito cuando la historia se espesaba.
Ya tienes el cóctel. Tú decides…

