La belleza de El Valle de los Templos
Uno de los más maravillosos testimonios del mundo antiguo, una pincelada casi intacta de lo que la Magna Grecia fue capaz de crear y que, afortunadamente para nosotros, sabihondos de esta era moderna narcotizada por la IA, podemos disfrutar como uno de los patrimonios culturales más grandiosos del mundo.
No suelo trasladar públicamente las impresiones de mis viajes privados, pero, por una vez y sin que sirva de precedente, voy a hacer una excepción única y exclusivamente impulsada por las increíbles emociones despertadas en una de las visitas ya más inolvidables de mi vida: El Valle de los Templos, en Agrigento (Sicilia).
El Valle de los Templos es un lugar para reencontrarnos, para reconciliarnos con nuestra condición humana y nuestra capacidad creativa. 1300 hectáreas de viaje al s. VI y V a.C en los que la grandiosidad de lo que vemos es tan imponente que hiere los ojos de pura belleza.
La primera premisa, innegociable, es acudir al valle durante el crepúsculo, en su momento más soberbio, cuando la caída del sol va acompañada de la iluminación nocturna de los templos. En verano el recinto permanece abierto hasta las doce de la noche para que no te agobies con las prisas, pues la visita exige llevar los sentidos con los que cuentes a pleno rendimiento. Y siendo un espectáculo igualmente fascinante, de día es como si el valle durmiera la fatiga de tanta adoración nocturna, como si camuflara bajo la lumbre solar el vibrato de su majestuosidad.
Accesos
No me voy a enredar mucho con detalles técnicos, pero teniendo en cuenta las dimensiones del terreno a visitar si te voy a contar cómo accedimos nosotros. El valle cuenta con dos entradas: La porta Quinta (Oeste del Valle, cerca del pueblo de Realmonte); y la entrada al lado del Templo Juno (Este del Valle). En nuestro caso accedimos por la primera, La Porta Quinta, dejamos el coche en el parking y aceptamos uno de los taxis (3€/persona) que allí se ofrecen para que nos acercaran a la otra entrada (insisto, es una colina, y es muy grande). De este modo nos ahorramos la subida andando e hicimos el recorrido de bajada disfrutando con mucha calma de cada templo hasta regresar al coche. Si no llevas el trajín turístico de muchos kilómetros en las piernas puedes subir y bajar andando (o viceversa, unas cuatro horas). La otra opción es ir en transporte público para entrar por una puerta y salir por la otra sin problemas de coche que recuperar.
Una vez nos dejaron en el acceso de La Porta Quinta, iniciamos la visita que nos llevaría a cinco templos estratégicos: Templo de Juno, Templo de la Concordia, Templo de Hércules, Templo de Zeus (el más deteriorado) y Templo de Dioscuri. Una gran calzada romana atraviesa la colina y desde la misma surgen los desvíos para acercarte a cada punto de interés. Hay necrópolis griegas y romanas y algunas tumbas al margen de los templos, pero yo me centraré solo en estos.
Templo de Hera
El Templo de Hera (esposa de Zeus), conocido como Templo de Juno Lacinia (el equivalente romano de esta diosa griega) es el primero que sale a nuestro encuentro con su orgullosa mirada resquebrajada por el tiempo, pero presumiendo de envergadura y delicadeza a la vez, como si uno temiera su derrumbe con solo apoyar un dedo en sus costuras (cosa imposible porque los templos están acordonados para evitar nuestras maldades). Con seis columnas de ancho y trece de largo, fue incendiado en el 406 a.C. por los cartagineses y luego los romanos lo repararon en el siglo I a. C.

Aquí nos apalancamos sobre una gran roca para hacer las fotos de rigor y ver una inmensa puesta de sol que bronceaba las piedras de Juno en mil tonalidades terrosas entre ocres, anaranjados y rojizos. A pesar del nutrido número de turistas que allí estábamos, todos, en general, mantuvimos un solemne silencio en correspondencia al esplendor de la escena, como si de alguna manera necesitáramos expresar de forma íntima nuestro respeto por la diosa allí venerada.
Cuando el sol se apagó definitivamente y Hera deslumbró renacida con la luz artificial del s. XXI, decidimos continuar la marcha sin contener la tentación de mirar hacia atrás. Resulta muy difícil renunciar a una visión tan extraordinaria y, al ser el primero, avanzábamos como si nuestras pupilas, débiles proyectores de un paisaje que requiere de algo más que la vista para entenderlo, fueran incapaces de retener tan imponente belleza.

Templo de la Concordia
La calzada romana, ligeramente iluminada para no perturbar el descanso de los dioses, nos condujo enseguida al Templo de la Concordia, uno de los mejor conservados del mundo y una de las más perfectas realizaciones de la arquitectura dórica. Su buen estado se debe a que fue consagrado como basílica cristiana en el siglo VI d.C. por lo que ha sido relativamente protegido.

Algo sucede por dentro en cuanto vislumbras su ostentosa silueta, con sus columnas brillando a cobijo de la luz artificial, una mezcla entre incredulidad y exaltación que se expresa en el estómago, con el revoloteo de alegres mariposas manifestando el súbito enamoramiento.

Si con Juno nos costó marcharnos, con el Templo de la Concordia se creó una especie de campo magnético de fervorosa admiración imposible de ignorar. Tuvimos que convencernos de que el valle aguardaba con nuevos tesoros para continuar.

Templo de Hércules
Attribution-ShareAlike [/caption]
Y así descubrimos el más antiguo de todos los situados cerca de la muralla meridional, el Templo de Hércules, que data del 500 a. C, cuya deidad identifica el mismísimo Cicerón, cuestor de Sicilia, en el 75 a. C gracias a una estatua de bronce dedicada a dicho dios. Si Juno fue la sorpresa y Concordia la perfección, el Templo de Hércules es como un desafío a la inteligencia, algo difícil de explicar pues hoy solo mantiene en pie ocho columnas, pero, qué quieres que te diga, a mí fue el que más me impresionó. Había allí una fuerza poderosa flotando en el aire, algo sobrenatural de compleja explicación con las palabras de nuestro alfabeto, aunque también puede ser que una servidora estuviera ya tan sobrecogida por las majestuosas divinidades del entorno que confundiera las emociones que allí se transmitían. El caso es que me quedé con la boca abierta tratando de absorber el regalo que se me estaba dando, y me lo bebí a placer hasta que, de nuevo, se hizo necesario partir y fue, de verdad, la despedida más amarga de todas. Como decir adiós a un amor de esos que sientes para toda la vida.

Templo de Zeus y Templo de Dióscuros
Los dos templos restantes están mucho más fragmentados debido a terremotos y también a saqueos (esa turbia naturaleza nuestra), así que había que hacer un imaginario ejercicio de reconstrucción, pero el efecto visual, desde luego, no es el mismo.
El Templo de Júpiter o Zeus, con unas dimensiones excepcionales de 56,30 × 112,60 m. se cree que es (era) el templo dórico más grande nunca construido, y el tercero entre los templos griegos, hoy apenas queda nada. Se caracterizaba por la presencia de los llamados telamones, estatuas colosales con aspecto humano de unos 8m de alto, si bien hoy en día apenas quedan unos restos en el suelo. En este caso, la noche no favoreció a un templo en el que hay poco que iluminar. No obstante, aquí está la maqueta en la que descansamos nuestra imaginación.
Por poudou99 – CC BY-SA [/caption]
Y del último templo, el de Dióscuros, del s. V a. C para honrar a Cástor y Pólux (los hijos gemelos de Zeus a quienes se atribuye el rol de salvar a los que están en peligro en el mar o en la guerra) quedan en pie unas grandes escalinatas, cuatro columnas y los restos de un altar. También imponente a pesar de su mermada arquitectura, aunque sin la desatada fuerza de los hermanos previos.

El fin de la visita es un choque con la realidad que llega con una sensación de coágulo en la sangre, como si se hubiera quedado estancada ante tanta magnificencia, ante tanta devoción expresada de la forma más sublime posible. Hay también un recogimiento interior, una especie de respetuoso homenaje a aquellos ancestros que articulaban su veneración y su agradecimiento en forma de increíbles construcciones de adoración.
La visita al Valle de los Templos me llevó a entender, con precisión quirúrgica, el síndrome que Stendhal padeció ante la Santa Croce de Florencia.
Totalmente recomendable.
Uno de los más maravillosos testimonios del mundo antiguo, una pincelada casi intacta de lo que la Magna Grecia fue capaz de crear y que, afortunadamente para nosotros, sabihondos de esta era moderna narcotizada por la IA, podemos disfrutar como uno de los patrimonios culturales más grandiosos del mundo.
No suelo trasladar públicamente las impresiones de mis viajes privados, pero, por una vez y sin que sirva de precedente, voy a hacer una excepción única y exclusivamente impulsada por las increíbles emociones despertadas en una de las visitas ya más inolvidables de mi vida: El Valle de los Templos, en Agrigento (Sicilia).
El Valle de los Templos es un lugar para reencontrarnos, para reconciliarnos con nuestra condición humana y nuestra capacidad creativa. 1300 hectáreas de viaje al s. VI y V a.C en los que la grandiosidad de lo que vemos es tan imponente que hiere los ojos de pura belleza.
La primera premisa, innegociable, es acudir al valle durante el crepúsculo, en su momento más soberbio, cuando la caída del sol va acompañada de la iluminación nocturna de los templos. En verano el recinto permanece abierto hasta las doce de la noche para que no te agobies con las prisas, pues la visita exige llevar los sentidos con los que cuentes a pleno rendimiento. Y siendo un espectáculo igualmente fascinante, de día es como si el valle durmiera la fatiga de tanta adoración nocturna, como si camuflara bajo la lumbre solar el vibrato de su majestuosidad.
Accesos
No me voy a enredar mucho con detalles técnicos, pero teniendo en cuenta las dimensiones del terreno a visitar si te voy a contar cómo accedimos nosotros. El valle cuenta con dos entradas: La porta Quinta (Oeste del Valle, cerca del pueblo de Realmonte); y la entrada al lado del Templo Juno (Este del Valle). En nuestro caso accedimos por la primera, La Porta Quinta, dejamos el coche en el parking y aceptamos uno de los taxis (3€/persona) que allí se ofrecen para que nos acercaran a la otra entrada (insisto, es una colina, y es muy grande). De este modo nos ahorramos la subida andando e hicimos el recorrido de bajada disfrutando con mucha calma de cada templo hasta regresar al coche. Si no llevas el trajín turístico de muchos kilómetros en las piernas puedes subir y bajar andando (o viceversa, unas cuatro horas). La otra opción es ir en transporte público para entrar por una puerta y salir por la otra sin problemas de coche que recuperar.
Una vez nos dejaron en el acceso de La Porta Quinta, iniciamos la visita que nos llevaría a cinco templos estratégicos: Templo de Juno, Templo de la Concordia, Templo de Hércules, Templo de Zeus (el más deteriorado) y Templo de Dioscuri. Una gran calzada romana atraviesa la colina y desde la misma surgen los desvíos para acercarte a cada punto de interés. Hay necrópolis griegas y romanas y algunas tumbas al margen de los templos, pero yo me centraré solo en estos.
Templo de Hera
El Templo de Hera (esposa de Zeus), conocido como Templo de Juno Lacinia (el equivalente romano de esta diosa griega) es el primero que sale a nuestro encuentro con su orgullosa mirada resquebrajada por el tiempo, pero presumiendo de envergadura y delicadeza a la vez, como si uno temiera su derrumbe con solo apoyar un dedo en sus costuras (cosa imposible porque los templos están acordonados para evitar nuestras maldades). Con seis columnas de ancho y trece de largo, fue incendiado en el 406 a.C. por los cartagineses y luego los romanos lo repararon en el siglo I a. C.

Aquí nos apalancamos sobre una gran roca para hacer las fotos de rigor y ver una inmensa puesta de sol que bronceaba las piedras de Juno en mil tonalidades terrosas entre ocres, anaranjados y rojizos. A pesar del nutrido número de turistas que allí estábamos, todos, en general, mantuvimos un solemne silencio en correspondencia al esplendor de la escena, como si de alguna manera necesitáramos expresar de forma íntima nuestro respeto por la diosa allí venerada.
Cuando el sol se apagó definitivamente y Hera deslumbró renacida con la luz artificial del s. XXI, decidimos continuar la marcha sin contener la tentación de mirar hacia atrás. Resulta muy difícil renunciar a una visión tan extraordinaria y, al ser el primero, avanzábamos como si nuestras pupilas, débiles proyectores de un paisaje que requiere de algo más que la vista para entenderlo, fueran incapaces de retener tan imponente belleza.

Templo de la Concordia
La calzada romana, ligeramente iluminada para no perturbar el descanso de los dioses, nos condujo enseguida al Templo de la Concordia, uno de los mejor conservados del mundo y una de las más perfectas realizaciones de la arquitectura dórica. Su buen estado se debe a que fue consagrado como basílica cristiana en el siglo VI d.C. por lo que ha sido relativamente protegido.

Algo sucede por dentro en cuanto vislumbras su ostentosa silueta, con sus columnas brillando a cobijo de la luz artificial, una mezcla entre incredulidad y exaltación que se expresa en el estómago, con el revoloteo de alegres mariposas manifestando el súbito enamoramiento.

Si con Juno nos costó marcharnos, con el Templo de la Concordia se creó una especie de campo magnético de fervorosa admiración imposible de ignorar. Tuvimos que convencernos de que el valle aguardaba con nuevos tesoros para continuar.

Templo de Hércules
Attribution-ShareAlike [/caption]
Y así descubrimos el más antiguo de todos los situados cerca de la muralla meridional, el Templo de Hércules, que data del 500 a. C, cuya deidad identifica el mismísimo Cicerón, cuestor de Sicilia, en el 75 a. C gracias a una estatua de bronce dedicada a dicho dios. Si Juno fue la sorpresa y Concordia la perfección, el Templo de Hércules es como un desafío a la inteligencia, algo difícil de explicar pues hoy solo mantiene en pie ocho columnas, pero, qué quieres que te diga, a mí fue el que más me impresionó. Había allí una fuerza poderosa flotando en el aire, algo sobrenatural de compleja explicación con las palabras de nuestro alfabeto, aunque también puede ser que una servidora estuviera ya tan sobrecogida por las majestuosas divinidades del entorno que confundiera las emociones que allí se transmitían. El caso es que me quedé con la boca abierta tratando de absorber el regalo que se me estaba dando, y me lo bebí a placer hasta que, de nuevo, se hizo necesario partir y fue, de verdad, la despedida más amarga de todas. Como decir adiós a un amor de esos que sientes para toda la vida.

Templo de Zeus y Templo de Dióscuros
Los dos templos restantes están mucho más fragmentados debido a terremotos y también a saqueos (esa turbia naturaleza nuestra), así que había que hacer un imaginario ejercicio de reconstrucción, pero el efecto visual, desde luego, no es el mismo.
El Templo de Júpiter o Zeus, con unas dimensiones excepcionales de 56,30 × 112,60 m. se cree que es (era) el templo dórico más grande nunca construido, y el tercero entre los templos griegos, hoy apenas queda nada. Se caracterizaba por la presencia de los llamados telamones, estatuas colosales con aspecto humano de unos 8m de alto, si bien hoy en día apenas quedan unos restos en el suelo. En este caso, la noche no favoreció a un templo en el que hay poco que iluminar. No obstante, aquí está la maqueta en la que descansamos nuestra imaginación.
Por poudou99 – CC BY-SA [/caption]
Y del último templo, el de Dióscuros, del s. V a. C para honrar a Cástor y Pólux (los hijos gemelos de Zeus a quienes se atribuye el rol de salvar a los que están en peligro en el mar o en la guerra) quedan en pie unas grandes escalinatas, cuatro columnas y los restos de un altar. También imponente a pesar de su mermada arquitectura, aunque sin la desatada fuerza de los hermanos previos.

El fin de la visita es un choque con la realidad que llega con una sensación de coágulo en la sangre, como si se hubiera quedado estancada ante tanta magnificencia, ante tanta devoción expresada de la forma más sublime posible. Hay también un recogimiento interior, una especie de respetuoso homenaje a aquellos ancestros que articulaban su veneración y su agradecimiento en forma de increíbles construcciones de adoración.
La visita al Valle de los Templos me llevó a entender, con precisión quirúrgica, el síndrome que Stendhal padeció ante la Santa Croce de Florencia.
Totalmente recomendable.

