Agnes Grey
No es fácil oponerse a la percepción de un clásico, este ir a contracorriente que a veces experimentamos todos. El caso es que Agnes Grey me ha aburrido.
Puede que yo sea la única responsable de mis sensaciones finales pues me fui a por la pequeña de las hermanas Brönte persiguiendo el magnetismo de Charlotte y esa maravillosa criatura que es Jane Eyre, inteligente, rebelde, casi revolucionaria; o la intensidad de Emily en la creación de la inmensa Cumbres Borrascosas que, por cierto, estrena adaptación cinematográfica el año que viene con Margot Robbie en el papel de Catherine Earnshaw y Jacob Elordi en el de Heathcliff. El caso es que el personaje y la historia, en términos generales, no me ha convencido.
A lo que vamos. Agnes Grey.
El recurrente argumento victoriano de la institutriz que cuida a niños de otras familias, por la precariedad económica que vive la suya propia, no ha sido un problema. Jane Eyre también ejercía de institutriz, de hecho. Vale, me olvido de sus hermanas.
Creo que el problema que he tenido con Agnes Grey ha sido, sobre todo, su inmaculada perfección. Y conste en acta que he tratado de contextualizar, de dar al personaje la entidad correcta teniendo en cuenta que vive a finales del XIX. He entendido su idealismo y he empatizado con su enternecedora inexperiencia laboral, pero la insobornable bondad de sus sentimientos, puros y diáfanos incluso en la intimidad, cuando habla consigo misma (no olvidemos que está escrita en primera persona) es lo que me ha saturado un poco.
La señorita Grey no tiene fisuras. Ni una sola mácula en su proceder, ni un mal pensamiento ni amago, siquiera, de tenerlo, al contrario, toda ella es nobleza de obra y espíritu y esta recalcitrante bonhomía, esta especie de superioridad moral, de la que no alardea, pero que subyace en todo momento, en mi opinión, desdibuja el perfil hasta dejarlo en lo que es, un personaje de novelesca excelencia.
Solo cuando Agnes se enamora, más allá del ecuador del libro, (bendito el ritmo que por fin aparece) nuestra protagonista cae, por ejemplo, en el pecaminoso desliz de pasar dos vanidosos minutos ante el espejo; o en el de pronunciar la frase «No es al hombre, sino su bondad, lo que amo» con la que se disculpa de amar más “a su criatura que al creador”. Este buenismo pertinaz llega a convertirse en algo insidioso.
La lentitud narrativa en una obra no es algo que me importe, pero en Agnes Grey hay exceso de parsimonia en una trama de poca chicha, lo que añadido a la intachable personalidad de la protagonista nos queda un cuento para niños muy piadoso.
Quizás no ha envejecido bien, o quizás el problema soy yo que he sido incapaz de analizar la pluma de Anne sin compararla con sus (para mí) veneradas hermanas. Y ya sabemos que toda comparación es tendenciosa y malvada por definición.
Mis disculpas.
No es fácil oponerse a la percepción de un clásico, este ir a contracorriente que a veces experimentamos todos. El caso es que Agnes Grey me ha aburrido.
Puede que yo sea la única responsable de mis sensaciones finales pues me fui a por la pequeña de las hermanas Brönte persiguiendo el magnetismo de Charlotte y esa maravillosa criatura que es Jane Eyre, inteligente, rebelde, casi revolucionaria; o la intensidad de Emily en la creación de la inmensa Cumbres Borrascosas que, por cierto, estrena adaptación cinematográfica el año que viene con Margot Robbie en el papel de Catherine Earnshaw y Jacob Elordi en el de Heathcliff. El caso es que el personaje y la historia, en términos generales, no me ha convencido.
A lo que vamos. Agnes Grey.
El recurrente argumento victoriano de la institutriz que cuida a niños de otras familias, por la precariedad económica que vive la suya propia, no ha sido un problema. Jane Eyre también ejercía de institutriz, de hecho. Vale, me olvido de sus hermanas.
Creo que el problema que he tenido con Agnes Grey ha sido, sobre todo, su inmaculada perfección. Y conste en acta que he tratado de contextualizar, de dar al personaje la entidad correcta teniendo en cuenta que vive a finales del XIX. He entendido su idealismo y he empatizado con su enternecedora inexperiencia laboral, pero la insobornable bondad de sus sentimientos, puros y diáfanos incluso en la intimidad, cuando habla consigo misma (no olvidemos que está escrita en primera persona) es lo que me ha saturado un poco.
La señorita Grey no tiene fisuras. Ni una sola mácula en su proceder, ni un mal pensamiento ni amago, siquiera, de tenerlo, al contrario, toda ella es nobleza de obra y espíritu y esta recalcitrante bonhomía, esta especie de superioridad moral, de la que no alardea, pero que subyace en todo momento, en mi opinión, desdibuja el perfil hasta dejarlo en lo que es, un personaje de novelesca excelencia.
Solo cuando Agnes se enamora, más allá del ecuador del libro, (bendito el ritmo que por fin aparece) nuestra protagonista cae, por ejemplo, en el pecaminoso desliz de pasar dos vanidosos minutos ante el espejo; o en el de pronunciar la frase «No es al hombre, sino su bondad, lo que amo» con la que se disculpa de amar más “a su criatura que al creador”. Este buenismo pertinaz llega a convertirse en algo insidioso.
La lentitud narrativa en una obra no es algo que me importe, pero en Agnes Grey hay exceso de parsimonia en una trama de poca chicha, lo que añadido a la intachable personalidad de la protagonista nos queda un cuento para niños muy piadoso.
Quizás no ha envejecido bien, o quizás el problema soy yo que he sido incapaz de analizar la pluma de Anne sin compararla con sus (para mí) veneradas hermanas. Y ya sabemos que toda comparación es tendenciosa y malvada por definición.
Mis disculpas.

