La ridícula idea de no volver a verte

por | Nov 28, 2024 | Blog | 4 Comentarios

La ridícula idea de no volver a verte

¿Tienes el dedo anular más largo que el índice?

Si es así, y además eres mujer, (en los hombres es lo normal) significa que tu cerebro es más varonil. La ciencia dice que la longitud de los dedos se debe al nivel de testosterona al que uno estuvo expuesto en el útero.

Hasta aquí uno de los datos curiosos que ofrece Rosa Montero en este magnífico título que he escuchado de su propia voz (porque escucharla es un valor añadido) y que transcribo para justificar la distensión y maestría con las que ha hablado del duelo.

¿Duelo, he dicho? ¡No, qué va! Se sirve de él, es cierto, para trasladarnos el perfil de Marie Curie a través del diario que escribió la eminente científica tras la pérdida de su marido Pierre. Y de forma muy astuta se coge de la mano de Curie para explorar sus sentimientos tras la muerte de su propio marido, Pablo. Y así, con una naturalizada muerte de excusa, Montero traza un magistral y reconfortante texto entre el ensayo y la biografía, entre la evocación íntima y la ficción, en el que pone la lupa sobre temas como la toxicidad de algunas relaciones padres-hijos; sobre el complicado ejercicio de aquel feminismo embrionario; sobre la superación personal y la ansiedad por el conocimiento; sobre las relaciones entre hombres y mujeres; sobre la capacidad sanadora de la escritura; sobre el esplendor del sexo, la familia y la libertad individual…

 “Sólo si eres totalmente libre serás capaz de bailar bien, de hacer bien el amor y de escribir bien”. En la sencillez de esta oración tan fácil de leer hay una verdad tan difícil de aplicar que me ha parecido oportuno reproducir.

La mayor virtud de Rosa Montero, en mi opinión, es que salva todas las distancias con ese lector temeroso que se acerca a la defensiva (yo). Es sutil, ingeniosa y locuaz. Mientras habla del desgarro de Curie se expone a sí misma y con un agradecido sentido del humor te tira un cabo a ver qué pasa. Amarrarse a él y dejarse llevar es tan fácil que todavía estoy atónita. Muerte y pérdida son términos definitivos que ahuyentan, especialmente, al lector aludido, al interpelado, al que conoce ese dolor que no deja de quemar por mucho que la herida cicatrice. Desde su experiencia personal, Montero conecta con esa furia irracional que sentimos con nuestros muertos por haberse ido; con la vulnerabilidad indescriptible que provoca la pérdida; con la frustración de la ausencia.

Me he sentido como si Rosa Montero hablara en exclusiva para mí, como si hubiera escarbado en mis entrañas para leer lo que a mí siempre me cuesta contar. Con una naturalidad luminosa, con una profundidad auténtica, con una precisión exquisita en el lenguaje y sobre todo, con una alegría y una emoción indefinibles.

Y volviendo al dedo… La literatura, que hay mucha, relaciona esta singularidad (la de tener el anular más largo que el índice) con la conducta, la vocación y con algunas enfermedades. Mi anular de la mano izquierda es más largo que el índice, mientras que el de la derecha es exactamente igual. Me he preguntado cómo serían los anulares de los que se me fueron, pero siempre están. Y me he sorprendido sonriendo.

¡Gracias, Rosa Montero!

#Laridículaideadenovolveraverte #RosaMontero

La ridícula idea de no volver a verte

¿Tienes el dedo anular más largo que el índice?

Si es así, y además eres mujer, (en los hombres es lo normal) significa que tu cerebro es más varonil. La ciencia dice que la longitud de los dedos se debe al nivel de testosterona al que uno estuvo expuesto en el útero.

Hasta aquí uno de los datos curiosos que ofrece Rosa Montero en este magnífico título que he escuchado de su propia voz (porque escucharla es un valor añadido) y que transcribo para justificar la distensión y maestría con las que ha hablado del duelo.

¿Duelo, he dicho? ¡No, qué va! Se sirve de él, es cierto, para trasladarnos el perfil de Marie Curie a través del diario que escribió la eminente científica tras la pérdida de su marido Pierre. Y de forma muy astuta se coge de la mano de Curie para explorar sus sentimientos tras la muerte de su propio marido, Pablo. Y así, con una naturalizada muerte de excusa, Montero traza un magistral y reconfortante texto entre el ensayo y la biografía, entre la evocación íntima y la ficción, en el que pone la lupa sobre temas como la toxicidad de algunas relaciones padres-hijos; sobre el complicado ejercicio de aquel feminismo embrionario; sobre la superación personal y la ansiedad por el conocimiento; sobre las relaciones entre hombres y mujeres; sobre la capacidad sanadora de la escritura; sobre el esplendor del sexo, la familia y la libertad individual…

 “Sólo si eres totalmente libre serás capaz de bailar bien, de hacer bien el amor y de escribir bien”. En la sencillez de esta oración tan fácil de leer hay una verdad tan difícil de aplicar que me ha parecido oportuno reproducir.

La mayor virtud de Rosa Montero, en mi opinión, es que salva todas las distancias con ese lector temeroso que se acerca a la defensiva (yo). Es sutil, ingeniosa y locuaz. Mientras habla del desgarro de Curie se expone a sí misma y con un agradecido sentido del humor te tira un cabo a ver qué pasa. Amarrarse a él y dejarse llevar es tan fácil que todavía estoy atónita. Muerte y pérdida son términos definitivos que ahuyentan, especialmente, al lector aludido, al interpelado, al que conoce ese dolor que no deja de quemar por mucho que la herida cicatrice. Desde su experiencia personal, Montero conecta con esa furia irracional que sentimos con nuestros muertos por haberse ido; con la vulnerabilidad indescriptible que provoca la pérdida; con la frustración de la ausencia.

Me he sentido como si Rosa Montero hablara en exclusiva para mí, como si hubiera escarbado en mis entrañas para leer lo que a mí siempre me cuesta contar. Con una naturalidad luminosa, con una profundidad auténtica, con una precisión exquisita en el lenguaje y sobre todo, con una alegría y una emoción indefinibles.

Y volviendo al dedo… La literatura, que hay mucha, relaciona esta singularidad (la de tener el anular más largo que el índice) con la conducta, la vocación y con algunas enfermedades. Mi anular de la mano izquierda es más largo que el índice, mientras que el de la derecha es exactamente igual. Me he preguntado cómo serían los anulares de los que se me fueron, pero siempre están. Y me he sorprendido sonriendo.

¡Gracias, Rosa Montero!

#Laridículaideadenovolveraverte #RosaMontero

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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