Si te vieras con mis ojos
¿Razón o corazón?
Mejor no te posiciones. En definitiva, no hay bando bueno. Pero qué gozada asistir a este reincidente debate de la humanidad a través de su señoría, el rey del raciocinio, Darwin, y un artista coetáneo suyo, el pintor alemán Johann Moritz Rugendas. No te me vayas a asustar. Es un novelón y un gran descubrimiento, por mi parte, el de este escritor chileno, Carlos Franz.
Ambos protagonistas coinciden en tierras chilenas en la primera mitad del s. XIX, uno va en busca de conocimiento y otro de belleza; Darwin, puritano, imberbe y embrión de sabio aún, se dedica a investigar y Rugendas, libertino y experimentado vividor, a sentir; uno es pura razón y otro, pura pasión. Y viene a suceder lo más antiguo de la historia: que se enamoran de la misma volcánica mujer, casada para más datos. Pero que no nos descentre Cupido con sus flechas porque en esta historia de un gran amor lo que trasciende es cómo desde un antagonismo visceral y definitivo el ser humano puede transitar hacia la amistad más noble y leal.

Y qué genialidad la prosa de este hombre, por Dios. Su envolvente forma de narrar provoca auténticos sismos sensoriales. Sirviéndose de un lenguaje casi fragante y contorsionista, verbaliza sustantivos y sustantiva adjetivos con prodigiosa naturalidad para crear imágenes literarias bellísimas. Sin empalagos que empachen la retórica y disfracen la erótica. Y de la mano de su talentosa pluma asistimos a lo que podría llamarse arrebatos narrativos que no tienen precio. Por ejemplo, cuando Darwin da una clase magistral sobre la reproducción de los percebes, “picoroco” en chileno (me encanta esa palabra). ¡Qué fantástica exhibición!; cuando ambos personajes participan en un duelo dialéctico sobre el amor y, muy especialmente, cuando Rugendas describe el terremoto que sufren en el Aconcagua, con tal embriaguez lingüística que el síndrome de Stendhal que experimenta se traslada inequívocamente al lector.

La única pega que le encuentro a la obra tiene más que ver con mis manías literarias que con otra cosa, y es que está narrada en segunda persona, una fórmula que a mí me resulta algo cansina y excluyente. ¿Sabes esa imagen de estar saltando por encima de una multitud para tratar de ver lo que sucede delante? Pues eso me pasa con esta técnica, que me saca a menudo de la ficción y a veces llega a irritarme.
Carlos Franz, no obstante, es un mago de la palabra que ha sorteado muy bien, con su concienzudo y trabajado estilo poético, este complejo mío, dejándome una sensación de plenitud y bendita languidez tras la lectura de su obra.

Muy, muy recomendable.
¿Razón o corazón?
Mejor no te posiciones. En definitiva, no hay bando bueno. Pero qué gozada asistir a este reincidente debate de la humanidad a través de su señoría, el rey del raciocinio, Darwin, y un artista coetáneo suyo, el pintor alemán Johann Moritz Rugendas. No te me vayas a asustar. Es un novelón y un gran descubrimiento, por mi parte, el de este escritor chileno, Carlos Franz.
Ambos protagonistas coinciden en tierras chilenas en la primera mitad del s. XIX, uno va en busca de conocimiento y otro de belleza; Darwin, puritano, imberbe y embrión de sabio aún, se dedica a investigar y Rugendas, libertino y experimentado vividor, a sentir; uno es pura razón y otro, pura pasión. Y viene a suceder lo más antiguo de la historia: que se enamoran de la misma volcánica mujer, casada para más datos. Pero que no nos descentre Cupido con sus flechas porque en esta historia de un gran amor lo que trasciende es cómo desde un antagonismo visceral y definitivo el ser humano puede transitar hacia la amistad más noble y leal.

Y qué genialidad la prosa de este hombre, por Dios. Su envolvente forma de narrar provoca auténticos sismos sensoriales. Sirviéndose de un lenguaje casi fragante y contorsionista, verbaliza sustantivos y sustantiva adjetivos con prodigiosa naturalidad para crear imágenes literarias bellísimas. Sin empalagos que empachen la retórica y disfracen la erótica. Y de la mano de su talentosa pluma asistimos a lo que podría llamarse arrebatos narrativos que no tienen precio. Por ejemplo, cuando Darwin da una clase magistral sobre la reproducción de los percebes, “picoroco” en chileno (me encanta esa palabra). ¡Qué fantástica exhibición!; cuando ambos personajes participan en un duelo dialéctico sobre el amor y, muy especialmente, cuando Rugendas describe el terremoto que sufren en el Aconcagua, con tal embriaguez lingüística que el síndrome de Stendhal que experimenta se traslada inequívocamente al lector.

La única pega que le encuentro a la obra tiene más que ver con mis manías literarias que con otra cosa, y es que está narrada en segunda persona, una fórmula que a mí me resulta algo cansina y excluyente. ¿Sabes esa imagen de estar saltando por encima de una multitud para tratar de ver lo que sucede delante? Pues eso me pasa con esta técnica, que me saca a menudo de la ficción y a veces llega a irritarme.
Carlos Franz, no obstante, es un mago de la palabra que ha sorteado muy bien, con su concienzudo y trabajado estilo poético, este complejo mío, dejándome una sensación de plenitud y bendita languidez tras la lectura de su obra.

Muy, muy recomendable.


Hola, Matilde.
Aunque no me atraían ni el título ni el autor, al leer tu reseña he sentido esa belleza del texto que comentas.
Un fuerte abrazo 🙂
El libro es muy bueno. Está muy bien escrito y la historia me ha parecido curiosa, bellísima y original.
Muy recomendable, la verdad.
Gracias por pasarte