La importancia de llamarse Ernesto
¿Si me he reído? ¡Por Dios! No voy a ser tan tacaña. Me lo he pasado en grande con este inmenso, perspicaz, sublime y gozoso texto.
La importancia de llamarse Ernesto es una brillante metáfora sobre la necesidad de liberar a nuestro alter ego de vez en cuando, de dejar fluir al transgresor y desacomplejado yo que habita en la trastienda y que, en definitiva, completa los 360º de quiénes somos en realidad.
En el relato tenemos a dos personajes principales, Jack y Archivaldo, vividores y bocachanclas de pro, que nos llevan de paseo por su doble vida. Uno se ha inventado a un hermano, Ernesto, para sus perrerías en la ciudad; otro a un amigo moribundo, Bunbury, para “bunburizar” y practicar el “bunburismo” en el campo, que no es otra cosa que hacer lo que le a uno le da la real gana mostrando sus instintos y bajezas sin cortapisas. En medio conoceremos a Susanna y Cecilia, las jovencitas de las que se enamoran y, por supuesto, la inefable y genuina tía Augusta. La creatividad con la que este personaje manifiesta su mezquindad es extraordinaria. Lo he adorado todo en ella, su lengua viperina, su alma de bruja, su incontinencia verbal… “Siento el retraso. No había ido a visitar a Lady Harbury desde que falleció su marido. En mi vida había visto cosa igual, parece veinte años más joven”
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Un enredo de altísimo nivel en el que Wilde reparte zascas a diestro y siniestro con un inconmensurable doble y triple sentido en la narración. Con un sentido del humor soberbio y una punzante agudeza en sus aseveraciones. “La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si alguna vez me caso haré todo lo posible por olvidarlo”.
Estamos en el s. XIX, pero como si fuera hoy, oye. El autor irlandés se ríe de la rigidez de las apariencias, de la hipocresía y la doble moral, de los convencionalismos sociales, del prejuicio y los juicios gratuitos… Eleva la sátira a su máxima expresión y crea una comedia inteligentísima en la que no desperdicia ni una sola palabra, pues todas y cada una de ellas se asocian de forma endiablada para lograr no solo un texto cinco estrellas, sino ese rasgo exclusivo y reservado a solo unos pocos: la genialidad.
¿Si me he reído? ¡Por Dios! No voy a ser tan tacaña. Me lo he pasado en grande con este inmenso, perspicaz, sublime y gozoso texto.
La importancia de llamarse Ernesto es una brillante metáfora sobre la necesidad de liberar a nuestro alter ego de vez en cuando, de dejar fluir al transgresor y desacomplejado yo que habita en la trastienda y que, en definitiva, completa los 360º de quiénes somos en realidad.
En el relato tenemos a dos personajes principales, Jack y Archivaldo, vividores y bocachanclas de pro, que nos llevan de paseo por su doble vida. Uno se ha inventado a un hermano, Ernesto, para sus perrerías en la ciudad; otro a un amigo moribundo, Bunbury, para “bunburizar” y practicar el “bunburismo” en el campo, que no es otra cosa que hacer lo que le a uno le da la real gana mostrando sus instintos y bajezas sin cortapisas. En medio conoceremos a Susanna y Cecilia, las jovencitas de las que se enamoran y, por supuesto, la inefable y genuina tía Augusta. La creatividad con la que este personaje manifiesta su mezquindad es extraordinaria. Lo he adorado todo en ella, su lengua viperina, su alma de bruja, su incontinencia verbal… “Siento el retraso. No había ido a visitar a Lady Harbury desde que falleció su marido. En mi vida había visto cosa igual, parece veinte años más joven”
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Un enredo de altísimo nivel en el que Wilde reparte zascas a diestro y siniestro con un inconmensurable doble y triple sentido en la narración. Con un sentido del humor soberbio y una punzante agudeza en sus aseveraciones. “La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si alguna vez me caso haré todo lo posible por olvidarlo”.
Estamos en el s. XIX, pero como si fuera hoy, oye. El autor irlandés se ríe de la rigidez de las apariencias, de la hipocresía y la doble moral, de los convencionalismos sociales, del prejuicio y los juicios gratuitos… Eleva la sátira a su máxima expresión y crea una comedia inteligentísima en la que no desperdicia ni una sola palabra, pues todas y cada una de ellas se asocian de forma endiablada para lograr no solo un texto cinco estrellas, sino ese rasgo exclusivo y reservado a solo unos pocos: la genialidad.

