¡Y qué bien sienta leer!

por | Ago 27, 2026 | Blog | 0 Comentarios

Desde el salón de mi alma

No, efectivamente, no soy mejor porque me guste leer, pero ¡oye qué bien me sienta!

Ante esos eslóganes gratuitos que inundan las redes con disruptivas sentencias poco documentadas, que quizás solo buscan un subidón de clicks, lo más “saludable” siempre es apuntarse a la ciencia. Anne Laure Le Cunff, doctora en Psicología y Neurociencia investiga la neurociencia de la curiosidad y sus aplicaciones al TDAH, la IA, la salud mental y el aprendizaje permanente.

Le Cunff dice: “Leer no es solo descifrar signos en una página, es una intervención neuroquímica en tiempo real. La lectura tiene el poder de reconfigurar nuestra biología, estabilizando el ritmo cardiaco y modulando nuestras hormonas. Es quizás la herramienta más efectiva que tenemos para desplazar el sistema nervioso del estado de alerta (estrés) al de restauración (calma). Cuando nos sumergimos en el tiempo del libro, la transformación es evidente. El corazón recupera un latido pausado y pasamos a respirar de forma rítmica y profunda, pero sobre todo, liberamos la tensión muscular. Se podría decir que leer es un acto de desobediencia biológica frente a la tiranía de la urgencia”.

¿Y por qué me ando hoy por las ramas? Pues porque voy a hablar de los libros que me han acompañado estas vacaciones, y no lo hago por postureo, ni por alardear de no sé qué, sino porque verdaderamente me han procurado un sosiego necesario y gratificante en esos tránsitos estivales a veces agotadores.

Empiezo.

Me serví de una de mis autoras fetiche para cubrir el viaje Barcelona Granada, donde haría una breve escala en mi periplo veraniego. De Vigan no falla nunca. Cada encuentro con ella es un argumento de peso para consolidar mi admiración por su talento y su convincente forma de narrar. Si en citas previas novelaba historias reales, en esta “Basada en hechos reales” viste de relato verídico una ficción. O puede que no. Puede que solo realice un acto de magistral malabarismo literario para crear un thriller psicológico verdaderamente atrapante que además cuestiona el papel del escritor en la actualidad.

Me ha mareado en sus idas y venidas por esa asimétrica relación entre la escritora bloqueada, Delphine, y su nueva y misteriosa amiga: L. Personaje intrigante, atmósfera perturbadora, relato inteligentísimo. De verdad, fascinante.

Cita:

«Si no captas la pequeña vena de la locura de alguien, no puedes amarlo. Si no captas su punto de demencia, has perdido la ocasión. El punto de demencia de alguien es la fuente de su encanto»

Romancero gitano

Con Lorca me citaba para dormir, o para soportar el insomnio de las inclementes noches tropicales. El 90 aniversario de su asesinato lo colocó en todos los titulares de prensa así que fui en su busca al bulevar de la granadina Avenida de la Constitución. Verle allí sentado con las piernas cruzadas, las manos entrelazadas y la mirada al frente, tan joven e inmortal como será siempre, resulta paradójico, pero me inspiró esperanza. Será que los poetas dominan como nadie eso de embellecer la realidad.

Me recitó al oído algún que otro verso (en serio, hay foto), y correspondí contándole un par de secretillos que prometió llevarse a la tumba. ¡Anda, es verdad! Que no sabemos dónde “muertea” y por eso sus estatuas van recogiendo nuestro errante llanto. Son las cosas de esta desmemoriada y dolorida Iberia, que diría Uclés.

 

El jardinero y la muerte

Le he tomado prestado el neologismo, el de “muertear”, a Gueorgui Gospodínov, autor de pluma incisiva y franca que resulta que sabe hacer poesía con la muerte y nos lleva de la mano de su jardinero fiel a las fauces de esa glotona que genera la pérdida: la ausencia. Si has habitado ese paisaje te mimetizarás con el narrador hasta tal punto que notarás cómo se inflama el callo del alma. Afortunadamente sigue doliendo. ¿Acaso no es lo que más tememos, olvidarnos de los que se fueron?

Y he aquí la frase lapidaria que lo resume todo:

Es en el futuro donde el árbol de la tristeza florecerá, dará fruto y echará más y más ramas”.

Porque el tiempo no cura nada (dichosa frase) solo se compadece con un poco de perspectiva para que la vida siga floreciendo a nuestro alrededor. La tristeza es una casquivana que echa raíces allá donde las lágrimas prometen para crecer a su antojo. Conviene podarla con mimo para que no se asilvestre, pero es quien mantiene eternos a los nuestros y nos regala una vida más consciente.

Quizás te parezcan lecturas demasiado intensas. Lo son. Por alguna razón que aún se me escapa, o todavía no quiero ver, este verano es lo que necesitaba. Y sí, leer me sienta tan bien que en ocasiones, incluso, me convence de que soy mejor persona.

Gracias a los tres por vuestras impagables dádivas.

 

 

Desde el salón de mi alma

No, efectivamente, no soy mejor porque me guste leer, pero ¡oye qué bien me sienta!

Ante esos eslóganes gratuitos que inundan las redes con disruptivas sentencias poco documentadas, que quizás solo buscan un subidón de clicks, lo más “saludable” siempre es apuntarse a la ciencia. Anne Laure Le Cunff, doctora en Psicología y Neurociencia investiga la neurociencia de la curiosidad y sus aplicaciones al TDAH, la IA, la salud mental y el aprendizaje permanente.

Le Cunff dice: “Leer no es solo descifrar signos en una página, es una intervención neuroquímica en tiempo real. La lectura tiene el poder de reconfigurar nuestra biología, estabilizando el ritmo cardiaco y modulando nuestras hormonas. Es quizás la herramienta más efectiva que tenemos para desplazar el sistema nervioso del estado de alerta (estrés) al de restauración (calma). Cuando nos sumergimos en el tiempo del libro, la transformación es evidente. El corazón recupera un latido pausado y pasamos a respirar de forma rítmica y profunda, pero sobre todo, liberamos la tensión muscular. Se podría decir que leer es un acto de desobediencia biológica frente a la tiranía de la urgencia”.

¿Y por qué me ando hoy por las ramas? Pues porque voy a hablar de los libros que me han acompañado estas vacaciones, y no lo hago por postureo, ni por alardear de no sé qué, sino porque verdaderamente me han procurado un sosiego necesario y gratificante en esos tránsitos estivales a veces agotadores.

Empiezo.

Me serví de una de mis autoras fetiche para cubrir el viaje Barcelona Granada, donde haría una breve escala en mi periplo veraniego. De Vigan no falla nunca. Cada encuentro con ella es un argumento de peso para consolidar mi admiración por su talento y su convincente forma de narrar. Si en citas previas novelaba historias reales, en esta “Basada en hechos reales” viste de relato verídico una ficción. O puede que no. Puede que solo realice un acto de magistral malabarismo literario para crear un thriller psicológico verdaderamente atrapante que además cuestiona el papel del escritor en la actualidad.

Me ha mareado en sus idas y venidas por esa asimétrica relación entre la escritora bloqueada, Delphine, y su nueva y misteriosa amiga: L. Personaje intrigante, atmósfera perturbadora, relato inteligentísimo. De verdad, fascinante.

Cita:

«Si no captas la pequeña vena de la locura de alguien, no puedes amarlo. Si no captas su punto de demencia, has perdido la ocasión. El punto de demencia de alguien es la fuente de su encanto»

Romancero gitano

Con Lorca me citaba para dormir, o para soportar el insomnio de las inclementes noches tropicales. El 90 aniversario de su asesinato lo colocó en todos los titulares de prensa así que fui en su busca al bulevar de la granadina Avenida de la Constitución. Verle allí sentado con las piernas cruzadas, las manos entrelazadas y la mirada al frente, tan joven e inmortal como será siempre, resulta paradójico, pero me inspiró esperanza. Será que los poetas dominan como nadie eso de embellecer la realidad.

Me recitó al oído algún que otro verso (en serio, hay foto), y correspondí contándole un par de secretillos que prometió llevarse a la tumba. ¡Anda, es verdad! Que no sabemos dónde “muertea” y por eso sus estatuas van recogiendo nuestro errante llanto. Son las cosas de esta desmemoriada y dolorida Iberia, que diría Uclés.

 

El jardinero y la muerte

Le he tomado prestado el neologismo, el de “muertear”, a Gueorgui Gospodínov, autor de pluma incisiva y franca que resulta que sabe hacer poesía con la muerte y nos lleva de la mano de su jardinero fiel a las fauces de esa glotona que genera la pérdida: la ausencia. Si has habitado ese paisaje te mimetizarás con el narrador hasta tal punto que notarás cómo se inflama el callo del alma. Afortunadamente sigue doliendo. ¿Acaso no es lo que más tememos, olvidarnos de los que se fueron?

Y he aquí la frase lapidaria que lo resume todo:

Es en el futuro donde el árbol de la tristeza florecerá, dará fruto y echará más y más ramas”.

Porque el tiempo no cura nada (dichosa frase) solo se compadece con un poco de perspectiva para que la vida siga floreciendo a nuestro alrededor. La tristeza es una casquivana que echa raíces allá donde las lágrimas prometen para crecer a su antojo. Conviene podarla con mimo para que no se asilvestre, pero es quien mantiene eternos a los nuestros y nos regala una vida más consciente.

Quizás te parezcan lecturas demasiado intensas. Lo son. Por alguna razón que aún se me escapa, o todavía no quiero ver, este verano es lo que necesitaba. Y sí, leer me sienta tan bien que en ocasiones, incluso, me convence de que soy mejor persona.

Gracias a los tres por vuestras impagables dádivas.

 

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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