Cara de pan, espejo de nuestros prejuicios
No se le puede negar audacia a la autora. Sara Mesa ha construido una embarazosa historia que transita hábilmente por el abismo de nuestros prejuicios y nos la arroja a la cara, a ver qué pasa. Nosotros, pobres lectores incautos a merced de nuestras irracionales bajezas, la sujetamos como si fuera el balancín de un equilibrista y empezamos a movernos por el fino alambre de la suspicacia sin saber qué hacer con semejante propuesta.
Cara de Pan (Anagrama) es una lectura incómoda. Desasosegante. El mero hecho de decir que se narra la relación entre una niña de casi trece años, Casi, y un cincuentón con una problemática vida a sus espaldas, el Viejo, ya nos pone en guardia.
Es fácil sospechar, arrugar el entrecejo. Y he aquí la virtud de la escritora: dejar que el lector apechugue con sus tabúes. Ella solo cuenta una historia con una neutralidad implacable; somos nosotros los que llenamos de aristas el argumento. Ella diseña una atmósfera en una calculada penumbra, nosotros decidimos las zonas de sol y las de sombra.
Y de este modo conocemos a ese Viejo al que le gusta contemplar pájaros y escuchar a Nina Simone, que no trabaja y no inspira confianza. Y descubrimos a una Casi lidiando con su gordura y su cara de pan, que odia el instituto y cuyo tránsito a la madurez está resultando agotador. El encuentro de ambos protagonistas es el de dos soledades que huyen de esas miradas que invisibilizan y agreden, y que crean en su parque una realidad confortable a la medida. Un refugio para el desarraigo. Se reconocen en esos pájaros sin patas “que solo bajan a la tierra para morir”: “Hay muchísima gente que sueña con ser como esos pájaros, volar y volar siempre, sin tener que mancharse de tierra”.
El férreo control que Sara Mesa ejerce sobre su prosa, tan milimétricamente medida, es el que nos lleva a asomarnos a ese precipicio desde donde nuestro propio reflejo camina de puntillas entre lo inocente y lo depravado. La estigmatización preventiva y la sospecha por defecto me ha salpicado en la jeta sin remedio.
¿Por qué las cosas más simples son tan difíciles de explicar? Se pregunta Casi.
Me voy a permitir la licencia:
Porque estamos contaminados por el ruido de la corrupción de unos pocos (que siempre son demasiados).
Porque la marginación espontánea y el prejuicio son gratuitos comparado con el esfuerzo de la comprensión.
Porque nos cuesta creer que la nobleza se pueda dar. Sin más. Sin nada a cambio. O, mejor dicho, a cambio de ese afecto incondicional y sincero que todos perseguimos.
No se le puede negar audacia a la autora. Sara Mesa ha construido una embarazosa historia que transita hábilmente por el abismo de nuestros prejuicios y nos la arroja a la cara, a ver qué pasa. Nosotros, pobres lectores incautos a merced de nuestras irracionales bajezas, la sujetamos como si fuera el balancín de un equilibrista y empezamos a movernos por el fino alambre de la suspicacia sin saber qué hacer con semejante propuesta.
Cara de Pan (Anagrama) es una lectura incómoda. Desasosegante. El mero hecho de decir que se narra la relación entre una niña de casi trece años, Casi, y un cincuentón con una problemática vida a sus espaldas, el Viejo, ya nos pone en guardia.
Es fácil sospechar, arrugar el entrecejo. Y he aquí la virtud de la escritora: dejar que el lector apechugue con sus tabúes. Ella solo cuenta una historia con una neutralidad implacable; somos nosotros los que llenamos de aristas el argumento. Ella diseña una atmósfera en una calculada penumbra, nosotros decidimos las zonas de sol y las de sombra.
Y de este modo conocemos a ese Viejo al que le gusta contemplar pájaros y escuchar a Nina Simone, que no trabaja y no inspira confianza. Y descubrimos a una Casi lidiando con su gordura y su cara de pan, que odia el instituto y cuyo tránsito a la madurez está resultando agotador. El encuentro de ambos protagonistas es el de dos soledades que huyen de esas miradas que invisibilizan y agreden, y que crean en su parque una realidad confortable a la medida. Un refugio para el desarraigo. Se reconocen en esos pájaros sin patas “que solo bajan a la tierra para morir”: “Hay muchísima gente que sueña con ser como esos pájaros, volar y volar siempre, sin tener que mancharse de tierra”.
El férreo control que Sara Mesa ejerce sobre su prosa, tan milimétricamente medida, es el que nos lleva a asomarnos a ese precipicio desde donde nuestro propio reflejo camina de puntillas entre lo inocente y lo depravado. La estigmatización preventiva y la sospecha por defecto me ha salpicado en la jeta sin remedio.
¿Por qué las cosas más simples son tan difíciles de explicar? Se pregunta Casi.
Me voy a permitir la licencia:
Porque estamos contaminados por el ruido de la corrupción de unos pocos (que siempre son demasiados).
Porque la marginación espontánea y el prejuicio son gratuitos comparado con el esfuerzo de la comprensión.
Porque nos cuesta creer que la nobleza se pueda dar. Sin más. Sin nada a cambio. O, mejor dicho, a cambio de ese afecto incondicional y sincero que todos perseguimos.


¡Hola, Matilde! Pues chapeau para la autora. Ha sido valiente y se ha enfrentado a la moralidad imperante, como en su momento hizo Nabukov con Lolita. Comparto plenamente tus reflexiones finales y que sirven de diagnóstico para detectar cuando una sociedad es débil, miedosa y vulnerable (que mira que me gusta poco esta palabreja tan sobada por los políticos). Una sociedad es débil cuando precisa de consignas morales sencillas: esto está bien y esto está mal. Sin tener en cuenta que el ser humano es mucho más. Que la realidad es una infinita gama de grises y que si somos incapaces de verla así es porque nos da pereza la reflexión o tenemos miedo a enfrentarnos a los problemas con la complejidad y contradicciones que muchas veces suponen.
Como el caso que plantea la autora. ¿Acaso la naturaleza no ha fijado la madurez sexual a los trece o catorce años? Eso quiere decir que a partir de esa edad cualquier persona puede sentir atracción y deseo. Y cada persona es un mundo a poco que excavas. Reducir las relaciones humanas a lo que marque el código penal de cada época es algo demasiado simple.
Precisamente, creo que este mes se estrena una película sobre el caso de una profesora que fue condenada por mantener una relación con un menor de trece años. Una relación a la que ambos se entregaron voluntaria y amorosamente.
El abuso, el sometimiento de pedófilos y demás siempre será repugnante y condenable, pero que eso no nos limite a juzgar con implacable dedo acusador que también pueden darse relaciones como las que presenta la autora que nada tienen que ver.
En fin, bravo por la autora y por la reseña de la novela.
Un abrazo!!
Hola, David
Este libro es eso. Un dedo acusador sobre nosotros mismos. Sobre nuestros prejuicios por defecto y juicios gratuitos. ¡Es tan fácil estigmatizar a los demás! Y la autora, la verdad, hace un verdadero ejercicio con su prosa para evitar precisamente eso que dices de postulados sobre eel bien y el mal. Su narrador huye de panfletos ejemplarizantes o del tono dogmático que otros esperarían y resulta un soplo de aire fresco, dicho sea de paso.
Muchas gracias, David
Un abrazo