Cara de pan, espejo de nuestros prejuicios

por | Feb 25, 2024 | Blog | 2 Comentarios

Cara de pan

No se le puede negar audacia a la autora. Sara Mesa ha construido una embarazosa historia que transita hábilmente por el abismo de nuestros prejuicios y nos la arroja a la cara, a ver qué pasa. Nosotros, pobres lectores incautos a merced de nuestras irracionales bajezas, la sujetamos como si fuera el balancín de un equilibrista y empezamos a movernos por el fino alambre de la suspicacia sin saber qué hacer con semejante propuesta.

Cara de Pan (Anagrama) es una lectura incómoda. Desasosegante. El mero hecho de decir que se narra la relación entre una niña de casi trece años, Casi, y un cincuentón con una problemática vida a sus espaldas, el Viejo, ya nos pone en guardia.

Es fácil sospechar, arrugar el entrecejo. Y he aquí la virtud de la escritora: dejar que el lector apechugue con sus tabúes. Ella solo cuenta una historia con una neutralidad implacable; somos nosotros los que llenamos de aristas el argumento. Ella diseña una atmósfera en una calculada penumbra, nosotros decidimos las zonas de sol y las de sombra.

Y de este modo conocemos a ese Viejo al que le gusta contemplar pájaros y escuchar a Nina Simone, que no trabaja y no inspira confianza. Y descubrimos a una Casi lidiando con su gordura y su cara de pan, que odia el instituto y cuyo tránsito a la madurez está resultando agotador. El encuentro de ambos protagonistas es el de dos soledades que huyen de esas miradas que invisibilizan y agreden, y que crean en su parque una realidad confortable a la medida. Un refugio para el desarraigo. Se reconocen en esos pájaros sin patas “que solo bajan a la tierra para morir”: “Hay muchísima gente que sueña con ser como esos pájaros, volar y volar siempre, sin tener que mancharse de tierra”.

El férreo control que Sara Mesa ejerce sobre su prosa, tan milimétricamente medida, es el que nos lleva a asomarnos a ese precipicio desde donde nuestro propio reflejo camina de puntillas entre lo inocente y lo depravado. La estigmatización preventiva y la sospecha por defecto me ha salpicado en la jeta sin remedio.

¿Por qué las cosas más simples son tan difíciles de explicar? Se pregunta Casi.

Me voy a permitir la licencia:

Porque estamos contaminados por el ruido de la corrupción de unos pocos (que siempre son demasiados).

Porque la marginación espontánea y el prejuicio son gratuitos comparado con el esfuerzo de la comprensión.

Porque nos cuesta creer que la nobleza se pueda dar. Sin más. Sin nada a cambio. O, mejor dicho, a cambio de ese afecto incondicional y sincero que todos perseguimos.

 

 

 

 

 

Cara de pan

No se le puede negar audacia a la autora. Sara Mesa ha construido una embarazosa historia que transita hábilmente por el abismo de nuestros prejuicios y nos la arroja a la cara, a ver qué pasa. Nosotros, pobres lectores incautos a merced de nuestras irracionales bajezas, la sujetamos como si fuera el balancín de un equilibrista y empezamos a movernos por el fino alambre de la suspicacia sin saber qué hacer con semejante propuesta.

Cara de Pan (Anagrama) es una lectura incómoda. Desasosegante. El mero hecho de decir que se narra la relación entre una niña de casi trece años, Casi, y un cincuentón con una problemática vida a sus espaldas, el Viejo, ya nos pone en guardia.

Es fácil sospechar, arrugar el entrecejo. Y he aquí la virtud de la escritora: dejar que el lector apechugue con sus tabúes. Ella solo cuenta una historia con una neutralidad implacable; somos nosotros los que llenamos de aristas el argumento. Ella diseña una atmósfera en una calculada penumbra, nosotros decidimos las zonas de sol y las de sombra.

Y de este modo conocemos a ese Viejo al que le gusta contemplar pájaros y escuchar a Nina Simone, que no trabaja y no inspira confianza. Y descubrimos a una Casi lidiando con su gordura y su cara de pan, que odia el instituto y cuyo tránsito a la madurez está resultando agotador. El encuentro de ambos protagonistas es el de dos soledades que huyen de esas miradas que invisibilizan y agreden, y que crean en su parque una realidad confortable a la medida. Un refugio para el desarraigo. Se reconocen en esos pájaros sin patas “que solo bajan a la tierra para morir”: “Hay muchísima gente que sueña con ser como esos pájaros, volar y volar siempre, sin tener que mancharse de tierra”.

El férreo control que Sara Mesa ejerce sobre su prosa, tan milimétricamente medida, es el que nos lleva a asomarnos a ese precipicio desde donde nuestro propio reflejo camina de puntillas entre lo inocente y lo depravado. La estigmatización preventiva y la sospecha por defecto me ha salpicado en la jeta sin remedio.

¿Por qué las cosas más simples son tan difíciles de explicar? Se pregunta Casi.

Me voy a permitir la licencia:

Porque estamos contaminados por el ruido de la corrupción de unos pocos (que siempre son demasiados).

Porque la marginación espontánea y el prejuicio son gratuitos comparado con el esfuerzo de la comprensión.

Porque nos cuesta creer que la nobleza se pueda dar. Sin más. Sin nada a cambio. O, mejor dicho, a cambio de ese afecto incondicional y sincero que todos perseguimos.

 

 

 

 

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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