El susurro de la cometa
Estaba en la sala de espera, decorando la inmaculada pared principal.
Aquella mujer de perfil resuelto, pero inmóvil sobre un solitario paisaje, era un espejismo reparador; una fugaz distracción en aquella realidad con olor a éter.
El artista había conseguido un sobrecogedor cielo crepuscular que disparaba destellos luminiscentes sobre la melena de su personaje, de un cobrizo indomable al viento. Absorta, la mujer seguía el vuelo de una cometa escarlata que rasgaba alegremente el horizonte, en un susurro infinito y pacificador. Y ahí estaba la magia, en esos ojos empañados que vigilaban el baile de aquel cuerpo hexagonal con tal emoción, que la ilusión de movimiento llenaba toda la escena.
Bruno lo había pintado en lo que él llamaba treguas creativas, y se lo había regalado a Laura, su oncóloga, en la octava sesión de quimioterapia. Quiero que te veas como yo te veo, le había dicho. Ella sintió el grito esperanzador del lienzo. Por eso lo colgó en aquella sala de esperas inciertas donde Bruno, ya dado de alta, aguardaba a Laura para su primera cita.
—No acabo de verme en esa mujer —cuestionó Laura ya a su lado.
—¿Aún no lo has entendido? —observó él—. Tú eres la cometa…
Estaba en la sala de espera, decorando la inmaculada pared principal.
Aquella mujer de perfil resuelto, pero inmóvil sobre un solitario paisaje, era un espejismo reparador; una fugaz distracción en aquella realidad con olor a éter.
El artista había conseguido un sobrecogedor cielo crepuscular que disparaba destellos luminiscentes sobre la melena de su personaje, de un cobrizo indomable al viento. Absorta, la mujer seguía el vuelo de una cometa escarlata que rasgaba alegremente el horizonte, en un susurro infinito y pacificador. Y ahí estaba la magia, en esos ojos empañados que vigilaban el baile de aquel cuerpo hexagonal con tal emoción, que la ilusión de movimiento llenaba toda la escena.
Bruno lo había pintado en lo que él llamaba treguas creativas, y se lo había regalado a Laura, su oncóloga, en la octava sesión de quimioterapia. Quiero que te veas como yo te veo, le había dicho. Ella sintió el grito esperanzador del lienzo. Por eso lo colgó en aquella sala de esperas inciertas donde Bruno, ya dado de alta, aguardaba a Laura para su primera cita.
—No acabo de verme en esa mujer —cuestionó Laura ya a su lado.
—¿Aún no lo has entendido? —observó él—. Tú eres la cometa…


No veo que a Miguel Ángel o a mí nos concierna mucho ese escrito, pero es bello, y no es un juego de palabras. Al leerlo se te llena el cerebro de emociones con la misma facilidad que se llena la boca de cerveza o vino del Duero.
Sin duda habéis sido fuente de inspiración para el relato, de uno u otro modo.
Participé en un concurso que tenía como premisas empezar con la frase literal del inicio del texto y que acabara bien. Se me ocurrió que el arte podía funcionar como hilo conductor para la historia. En eso alguien me vino a la cabeza.
El vinito de Duero lo tengo apuntado para cuando sea menester..
Un abrazo amigo…
WoW, que final tan bello para una preciosa historia. «Tú eres la cometa»… Me encanta. Un abrazo
Gracias Nuria
Un abrazo
Precioso, Matilde. Corto, pero intenso. De los que te llegan y los quieres leer y releer para no perder detalle.
Un abrazo!
Disculpa Pilar
Se me había pasado tu comentario pero quiero agradecerte, una vez más, que te pases por aquí para acompañarme con tu generosidad hacia mis textos.
Feliz de que te haya gustado!!!
Te he encontrado por casualitat buscando reseña de un libro y aquí estoy encantada con esta història tan bonita
¡Benditas casualidades!
Me alegra que hayas disfrutado esta historia. La esperanza tiene tantas caras…
Muchas gracias