Un día más en Trottamare

por | Abr 8, 2026 | Ficción | 2 Comentarios

Un día más en Trottamare

Escribes por prescripción médica. Para evadirte. A mano. Con letras que se empeñan en cierta floritura infantil, a pesar de las canas que ya clarean tus sienes. Te preguntas a qué viene esa absurda caligrafía redondita y de trazo grueso, pero, a tenor de los personajillos que pueblan tus historias consideras que queda bien. Tampoco recuerdas exactamente cómo escribías antes, te mientes, mientras das nombre a tu nueva protagonista: Úrsula, la cigala motorizada.

TrottaMare es un universo acuático de luz ambarina y corrientes luminosas donde los duendecillos marinos conjugan el verbo respirar por ti, y tú retribuyes su generosidad inventándoles historias dirigidas a la niña que un día fuiste y que nunca te contaron. Como si se hubiera generado una dimensión paralela entre la tinta que tú les dedicas y el oxígeno que ellos te dan. Así nació Lucas, el centollo que eructa; Basilia, la ballena con piel de cocodrilo o el pulpo miope Ros. Úrsula es una camarona vacilona conocida por sus deseos de ser una gran estrella del mar.

Estás pensando en un socio para tu personaje con la vista clavada en la ventana, hoy entumecida por el sobrio octubre que desenfoca, al otro lado, una pequeña alameda salpicada de banquitos solitarios como si fuera la escena congelada de una postal. Cuando el agua empieza a embestir los cristales te arranca definitivamente del abrazo de Úrsula, que se desdibuja en el fondo de las primeras líneas haciendo un mohín con sus bigotitos.

camarón

La lluvia te traslada al salón de la casa de tu madre. Estás escribiendo con uno de sus bolis sobre su vieja mesa de roble francés. Sola. Triste. Devastada. Crees que fue ayer, hace un rato, pero podría ser hace un siglo.

Te fijas en la presión de tu mano, en la letra afilada y picuda, en las palabras que nacen sigilosas para fluir precipitadas por ese papel inhóspito que cosquillea tu piel con mudo descuido, como un testigo accidental de tu determinación. Echas un vistazo a sus llaves, abandonadas para siempre en la estantería desde la que Jane Eyre, intuyendo la pesada ausencia, se ha vencido ligeramente sobre el resto de libros, anticipándose a la nostalgia de unas manos que ya no regresarán más en busca del señor Rochester.

Observas a tu madre contigo disfrazada cuando eras pequeña, contigo de vacaciones, contigo en tu graduación. Solas desde tus trece años, con el escudo anti fantasmas siempre activado. Admiras su pose en la fotografía de tu boda, cuando ella rebosaba salud y tú felicidad, escurridizas sirenas orgullosas de su intangible fugacidad. Prendida del balcón de ese inmortal encuadre sus ojos, inquisitivos y desafiantes, son dos lunas escrutadoras al acecho. Y no lo soportas. No soportas que te haya abandonado. No soportas tu inconfesable egoísmo. No te soportas.

Andrés desordena la amargura de ese momento con su obstinada vibración. El teléfono agita su nombre en la pantalla y lo acerca al bote de pastillas. Luego, harto de insistir, enmudece, para pronunciarse pocos segundos después en un mensaje: «Sólo quería saber cómo estabas. Si necesitas algo aquí me tienes. A». 

El papel donde habías hilado dos frases rotas protesta tu rabia y se retuerce ante una lágrima a la fuga. Lo estrujas y lo estampas contra la ventana desfigurada por la violencia del agua.

—¡No quiero tu puta compasión! —gritan en tus oídos aquellas palabras magulladas por tu renuncia—. ¡Si al menos hubieras tenido la decencia de ser un indeseable conmigo! ¡Pero no! Andrés y su bondad incorruptible. Andrés y su infinita paciencia con mi ineptitud. Con mi culpa. El bueno de Andrés, con su nueva mujer y su recién estrenado hijo, preocupado por una ex consumida por sus abismos… ¡Ojalá pudiera odiarte!, te oyes con toda claridad en la penumbra de aquella tarde turbia.

«Tere, siempre me tendrás como amigo», resuena la voz de Andrés cuando te sustituyó por una mujer más cabal. Más inteligente. Más viva. Más todo.

Úrsula te devuelve al presente con el gesto de sus tenacillas en jarras de impaciencia. Le has prometido surfear sobre olas inagotables de diversión y amenaza con la insubordinación. Quieres reencontrarte con su gracia sanadora, pero hoy este temporal azaroso te mantiene anclada a la casa de tu infancia.

camarón, Trottamare

Sobrepasada por un volumen desmedido, una de las dos grandes bolsas de basura que has llenado con la ropa de tu madre, y que presiden el comedor como macabros trofeos fúnebres, se vuelca y desparrama el relato de una vida por el suelo. La otra sopesa la imitación, pero aguanta erguida como el último soldado de una batalla perdida. Ni te inmutas. Aportará belleza a la escena, piensas con una mueca que estrangula tus labios.

Imaginas la perplejidad en el despacho. Ese tipo de sorpresas que conmocionan durante, aproximadamente, diez segundos. «Ya sabes, era muy reservada», señalará algún piadoso compañero antes de abrir un expediente. Y sí, te ves torturándote por no haber abandonado esa ratonera, por tu debilidad, por haber creído que defenderías causas de gente real mientras te consumías resolviendo litigios de sociedades mercantiles. Siempre te interesó más la filosofía o la literatura que el derecho. De niña solías emigrar a las lunas de pelusilla que vivían entre tus sábanas para echar el cerrojo a la realidad, una vez adulta te conformaste con la trinchera de los cobardes.

Reconstruyes lo que estabas escribiendo con el pulso apretado y la voluntad definitiva. Añades un punto al final de la línea y luego un gélido Tere. El boli muere junto a ese trozo de papel sin destinatario. Tu nombre queda descolgado en el margen derecho, huérfano también, un poco arqueado como la curva de tu juicio, pero perfectamente legible. Tere.

Coges el botecito, descargas un puñado de cápsulas de un insulso azul claro en la mano izquierda, y recuerdas tu sed…

—Tere, la medicación —te rescata del trance Sagrario, la enfermera, y espera diligentemente hasta que la tomas—. Recuerda que a las doce te espera el doctor Hernández —añade de forma aséptica.

Te sometes a Sagrario sin rechistar y luego rescatas a Úrsula de su abandono. Has decidido que va a hacer “bodyvante”, que no es otra cosa que planear sobre el bogavante Emilio. Sonríes sin querer. Ya llevas dos cuentos en los que sonreír no te parece una contorsión grotesca de tu rostro.

En silencio, el doctor Hernández resulta enigmático. De mediana edad, pero aspecto jovial, de mirada rotunda pero amable, de maneras imprecisas pero elegantes… Todo en él exige una relectura cuando su voz, de una sutileza indescifrable, entra en juego. Con su actitud deliberadamente indeterminada entre la ambigüedad y el desafío se planta en el umbral de tu personalidad hasta que tú, poco hábil en la custodia de difuntos, le dejas pasar barriendo a una orilla tus despojos. Tampoco sabes si es un ardid propio de estos profesionales pues, a tus cuarenta y dos años, es la primera vez que te asiste un psiquiatra.

—¿Cómo va el ejercicio? —pregunta en tu quinta sesión.
—Difícil —admites—. No sabía que escribir me iba a producir…
—¿Agujetas…?

Miras hacia la ventana descargada ya del torrente que obstruía los cristales horas antes, y tropiezas con tus propios ojos. Acuosos, vacilantes, todavía extraños. Todavía descreídos. El doctor dice que solo tú sabrás cuándo salir de la crisálida. Tú crees que ya tienes una mano fuera, la que maneja el boli literario.

Regresas a Trottamare y encuentras a Úrsula jugando al yoyó con una medusa de largos tentáculos fosforitos. Cuando te ve aparecer menea la parte superior de los anillos de la cola y la riza en tirabuzón. Te hace reír. Te pregunta a qué viene tanto retraso. Le dices que estabas matando monstruos. ¡Yo quiero uno! espeta toda festiva y sientes la tentación de compartir con ella el engendro de las siete bocas que por la noche te cerraba los cuentos, pero un correoso silencio impone todavía su ley.

Convences a Úrsula de que ya habrá tiempo para la guerra y, dispuesta a resarcirla de la frustración de tu censura, te la llevas a un concierto de crustáceos roqueros felices de habitar un mundo donde son prescindibles los pies.

 

Acceso a la noticia de la Mención Especial

con las palabras que dedicaron a mi relato

 

 

 

 

 

Un día más en Trottamare

Escribes por prescripción médica. Para evadirte. A mano. Con letras que se empeñan en cierta floritura infantil, a pesar de las canas que ya clarean tus sienes. Te preguntas a qué viene esa absurda caligrafía redondita y de trazo grueso, pero, a tenor de los personajillos que pueblan tus historias consideras que queda bien. Tampoco recuerdas exactamente cómo escribías antes, te mientes, mientras das nombre a tu nueva protagonista: Úrsula, la cigala motorizada.

TrottaMare es un universo acuático de luz ambarina y corrientes luminosas donde los duendecillos marinos conjugan el verbo respirar por ti, y tú retribuyes su generosidad inventándoles historias dirigidas a la niña que un día fuiste y que nunca te contaron. Como si se hubiera generado una dimensión paralela entre la tinta que tú les dedicas y el oxígeno que ellos te dan. Así nació Lucas, el centollo que eructa; Basilia, la ballena con piel de cocodrilo o el pulpo miope Ros. Úrsula es una camarona vacilona conocida por sus deseos de ser una gran estrella del mar.

Estás pensando en un socio para tu personaje con la vista clavada en la ventana, hoy entumecida por el sobrio octubre que desenfoca, al otro lado, una pequeña alameda salpicada de banquitos solitarios como si fuera la escena congelada de una postal. Cuando el agua empieza a embestir los cristales te arranca definitivamente del abrazo de Úrsula, que se desdibuja en el fondo de las primeras líneas haciendo un mohín con sus bigotitos.

camarón

La lluvia te traslada al salón de la casa de tu madre. Estás escribiendo con uno de sus bolis sobre su vieja mesa de roble francés. Sola. Triste. Devastada. Crees que fue ayer, hace un rato, pero podría ser hace un siglo.

Te fijas en la presión de tu mano, en la letra afilada y picuda, en las palabras que nacen sigilosas para fluir precipitadas por ese papel inhóspito que cosquillea tu piel con mudo descuido, como un testigo accidental de tu determinación. Echas un vistazo a sus llaves, abandonadas para siempre en la estantería desde la que Jane Eyre, intuyendo la pesada ausencia, se ha vencido ligeramente sobre el resto de libros, anticipándose a la nostalgia de unas manos que ya no regresarán más en busca del señor Rochester.

Observas a tu madre contigo disfrazada cuando eras pequeña, contigo de vacaciones, contigo en tu graduación. Solas desde tus trece años, con el escudo anti fantasmas siempre activado. Admiras su pose en la fotografía de tu boda, cuando ella rebosaba salud y tú felicidad, escurridizas sirenas orgullosas de su intangible fugacidad. Prendida del balcón de ese inmortal encuadre sus ojos, inquisitivos y desafiantes, son dos lunas escrutadoras al acecho. Y no lo soportas. No soportas que te haya abandonado. No soportas tu inconfesable egoísmo. No te soportas.

Andrés desordena la amargura de ese momento con su obstinada vibración. El teléfono agita su nombre en la pantalla y lo acerca al bote de pastillas. Luego, harto de insistir, enmudece, para pronunciarse pocos segundos después en un mensaje: «Sólo quería saber cómo estabas. Si necesitas algo aquí me tienes. A». 

El papel donde habías hilado dos frases rotas protesta tu rabia y se retuerce ante una lágrima a la fuga. Lo estrujas y lo estampas contra la ventana desfigurada por la violencia del agua.

—¡No quiero tu puta compasión! —gritan en tus oídos aquellas palabras magulladas por tu renuncia—. ¡Si al menos hubieras tenido la decencia de ser un indeseable conmigo! ¡Pero no! Andrés y su bondad incorruptible. Andrés y su infinita paciencia con mi ineptitud. Con mi culpa. El bueno de Andrés, con su nueva mujer y su recién estrenado hijo, preocupado por una ex consumida por sus abismos… ¡Ojalá pudiera odiarte!, te oyes con toda claridad en la penumbra de aquella tarde turbia.

«Tere, siempre me tendrás como amigo», resuena la voz de Andrés cuando te sustituyó por una mujer más cabal. Más inteligente. Más viva. Más todo.

Úrsula te devuelve al presente con el gesto de sus tenacillas en jarras de impaciencia. Le has prometido surfear sobre olas inagotables de diversión y amenaza con la insubordinación. Quieres reencontrarte con su gracia sanadora, pero hoy este temporal azaroso te mantiene anclada a la casa de tu infancia.

camarón, Trottamare

Sobrepasada por un volumen desmedido, una de las dos grandes bolsas de basura que has llenado con la ropa de tu madre, y que presiden el comedor como macabros trofeos fúnebres, se vuelca y desparrama el relato de una vida por el suelo. La otra sopesa la imitación, pero aguanta erguida como el último soldado de una batalla perdida. Ni te inmutas. Aportará belleza a la escena, piensas con una mueca que estrangula tus labios.

Imaginas la perplejidad en el despacho. Ese tipo de sorpresas que conmocionan durante, aproximadamente, diez segundos. «Ya sabes, era muy reservada», señalará algún piadoso compañero antes de abrir un expediente. Y sí, te ves torturándote por no haber abandonado esa ratonera, por tu debilidad, por haber creído que defenderías causas de gente real mientras te consumías resolviendo litigios de sociedades mercantiles. Siempre te interesó más la filosofía o la literatura que el derecho. De niña solías emigrar a las lunas de pelusilla que vivían entre tus sábanas para echar el cerrojo a la realidad, una vez adulta te conformaste con la trinchera de los cobardes.

Reconstruyes lo que estabas escribiendo con el pulso apretado y la voluntad definitiva. Añades un punto al final de la línea y luego un gélido Tere. El boli muere junto a ese trozo de papel sin destinatario. Tu nombre queda descolgado en el margen derecho, huérfano también, un poco arqueado como la curva de tu juicio, pero perfectamente legible. Tere.

Coges el botecito, descargas un puñado de cápsulas de un insulso azul claro en la mano izquierda, y recuerdas tu sed…

—Tere, la medicación —te rescata del trance Sagrario, la enfermera, y espera diligentemente hasta que la tomas—. Recuerda que a las doce te espera el doctor Hernández —añade de forma aséptica.

Te sometes a Sagrario sin rechistar y luego rescatas a Úrsula de su abandono. Has decidido que va a hacer “bodyvante”, que no es otra cosa que planear sobre el bogavante Emilio. Sonríes sin querer. Ya llevas dos cuentos en los que sonreír no te parece una contorsión grotesca de tu rostro.

En silencio, el doctor Hernández resulta enigmático. De mediana edad, pero aspecto jovial, de mirada rotunda pero amable, de maneras imprecisas pero elegantes… Todo en él exige una relectura cuando su voz, de una sutileza indescifrable, entra en juego. Con su actitud deliberadamente indeterminada entre la ambigüedad y el desafío se planta en el umbral de tu personalidad hasta que tú, poco hábil en la custodia de difuntos, le dejas pasar barriendo a una orilla tus despojos. Tampoco sabes si es un ardid propio de estos profesionales pues, a tus cuarenta y dos años, es la primera vez que te asiste un psiquiatra.

—¿Cómo va el ejercicio? —pregunta en tu quinta sesión.
—Difícil —admites—. No sabía que escribir me iba a producir…
—¿Agujetas…?

Miras hacia la ventana descargada ya del torrente que obstruía los cristales horas antes, y tropiezas con tus propios ojos. Acuosos, vacilantes, todavía extraños. Todavía descreídos. El doctor dice que solo tú sabrás cuándo salir de la crisálida. Tú crees que ya tienes una mano fuera, la que maneja el boli literario.

Regresas a Trottamare y encuentras a Úrsula jugando al yoyó con una medusa de largos tentáculos fosforitos. Cuando te ve aparecer menea la parte superior de los anillos de la cola y la riza en tirabuzón. Te hace reír. Te pregunta a qué viene tanto retraso. Le dices que estabas matando monstruos. ¡Yo quiero uno! espeta toda festiva y sientes la tentación de compartir con ella el engendro de las siete bocas que por la noche te cerraba los cuentos, pero un correoso silencio impone todavía su ley.

Convences a Úrsula de que ya habrá tiempo para la guerra y, dispuesta a resarcirla de la frustración de tu censura, te la llevas a un concierto de crustáceos roqueros felices de habitar un mundo donde son prescindibles los pies.

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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