Amélie Nothomb y lo inverosímil de Los Aerostatos

por | Abr 17, 2024 | Blog | 8 Comentarios

Amélie Nothomb, Los Aerostatos

Aviso. SPOILER.
La reseña va en negativo y necesito argumentar mi posición.

Amélie Nothomb es un nombre que suena y resuena con reseñas que denotan, en general, una adoración casi ciega por la autora franco belga. Yo misma, tras leer preciosas críticas de sus libros, pensé: esta escritora es para mí.
La intuición no siempre atina.

Tengo una batería de razones para declarar mi renuncia definitiva, tras dos intentos, a su pluma, pero la mayor y principal es que me resulta absolutamente inverosímil. Y que no se me malinterprete. Soy del todo consciente de la teoría del absurdo que practica en su narrativa, de que juega con tramas poco ortodoxas y con la provocación como premisa. A mí me gusta eso. Me gusta el riesgo de lo transgresor, el impacto de lo surrealista. El descoloque.

El problema, básicamente, es que a Nothomb no me la creo.
Déjame profundizar.

Creo que esta autora, de cuyo talento no dudo, prescinde de eso que llamamos tejido narrativo, es decir, de la urdimbre en la que se sustenta toda trama para que personajes y escenas conecten y la historia desarrolle su propio universo veraz, por muy fantasioso, irracional o extravagante que sea. Lo que en Harry Potter sería todo su mundo de magia, por poner un ejemplo fácil, el pálpito visceral de las historias de Bukowski o, si nos ponemos más profundos, la genial atmósfera creada por Kafka en La Metamorfosis.

Vamos con Los Aerostatos

En esta novela Ange, la protagonista y narradora, es una joven estudiante de filología que imparte clases a un adolescente, Pie (luego voy con él).

Nuestro personaje principal exhibe una disonancia que, premeditada o no, a mí me chirría hasta el infinito. Tan sumisa con su compañera de piso como directa y sin complejos con su jefe (el padre de su alumno), resulta que, como estudiante, a ella (poco sociable pero aparentemente inofensiva)  la detesta todo el mundo. Los motivos no he llegado a descubrirlos, pero el odio que inspira en sus compañeros le viene bien a su profesor de Mitología Comparada para empatizar con ella y, de paso, confesarse enamorado hasta las trancas de su aura de Atenea. Contra todo pronóstico, Ange decide iniciar una relación con él.

Lo sé. Sé que todo lo que acabo de describir es perfectamente “novelable” ¿acaso no hablamos de ficción? El problema es que se narra como a impulsos, como si se fuera dando bandazos de un lado para otro sin criterio ninguno, salvo el de buscar a cada paso un contrasentido mayor que el anterior. 

Voy con Pie, el alumno de Ange

Aquí tenemos a un jovencito de 16 años que odia a sus padres y que jamás ha leído una novela por un presunto problema de dislexia tratado, por cierto, con frivolidad gratuita. Pues nada, en un día lee La Iliada; la Odisea en cuatro y muchas otras obras maestras en tiempo récord gracias a nuestra heroína. No solo eso. Nos apabulla con unas disertaciones literarias a la altura del más versado de los eruditos.

Y aquí entra en juego otro motivo que te cortocircuita. Las ampulosas diatribas del muchacho le dan a la narración un halo de trascendencia tan pretencioso que, en el rocambolesco contexto de la trama, a mi juicio, desafinan hasta hastiar. Oda a la literatura, he leído frecuentemente al respecto, lo que muestra lo antagónico de mi postura con el sentir general. A mí me ha resultado bastante pedante, la verdad.

En el giro final de la historia, cuando el alumno asesina a sus padres, Ange exhibe la última de sus disonancias, invierte el rol con el adolescente y adopta el papel de alumna, de persona menor de edad, dejando al lector a la deriva de su despropósito. Insisto, no cuestiono lo que se narra, sino cómo se narra. Mi impresión final ha sido,  ¿pero qué me quieres contar? 

En lo que respecta a los personajes Nothomb lleva la batuta en todo momento, les concede poco albedrío. Quiero decir, da la sensación de que están encerrados en burbujas independientes y estancas, cada uno en su cosmos particular y con poco margen para interactuar. No veo a los personajes. Veo a la autora. ¿Se me entiende?

En definitiva, echo en falta esa corriente eléctrica que emana de la propia novela, el pulso, el imán que te arrastra de cabeza a su universo y que te hace empatizar con él, por muy disparatado que sea. La narrativa de Nothomb es impetuosa y creativa, pero también es brusca e irreflexiva. Y ese caminar como pollo sin cabeza es lo que, a mi juicio, hace que la historia no fluya. Aunque solo es un punto vista más y tú tienes todo el albedrío del mundo para darle la validez que consideres.

Solo puedo decir que tras Sed y Los Aerostatosdesisto. Se me apagó la luz con esta escritora.

Amélie Nothomb, Los Aerostatos

Aviso. SPOILER.
La reseña va en negativo y necesito argumentar mi posición.

Amélie Nothomb es un nombre que suena y resuena con reseñas que denotan, en general, una adoración casi ciega por la autora franco belga. Yo misma, tras leer preciosas críticas de sus libros, pensé: esta escritora es para mí.
La intuición no siempre atina.

Tengo una batería de razones para declarar mi renuncia definitiva, tras dos intentos, a su pluma, pero la mayor y principal es que me resulta absolutamente inverosímil. Y que no se me malinterprete. Soy del todo consciente de la teoría del absurdo que practica en su narrativa, de que juega con tramas poco ortodoxas y con la provocación como premisa. A mí me gusta eso. Me gusta el riesgo de lo transgresor, el impacto de lo surrealista. El descoloque.

El problema, básicamente, es que a Nothomb no me la creo.
Déjame profundizar.

Creo que esta autora, de cuyo talento no dudo, prescinde de eso que llamamos tejido narrativo, es decir, de la urdimbre en la que se sustenta toda trama para que personajes y escenas conecten y la historia desarrolle su propio universo veraz, por muy fantasioso, irracional o extravagante que sea. Lo que en Harry Potter sería todo su mundo de magia, por poner un ejemplo fácil, el pálpito visceral de las historias de Bukowski o, si nos ponemos más profundos, la genial atmósfera creada por Kafka en La Metamorfosis.

Vamos con Los Aerostatos

En esta novela Ange, la protagonista y narradora, es una joven estudiante de filología que imparte clases a un adolescente, Pie (luego voy con él).

Nuestro personaje principal exhibe una disonancia que, premeditada o no, a mí me chirría hasta el infinito. Tan sumisa con su compañera de piso como directa y sin complejos con su jefe (el padre de su alumno), resulta que, como estudiante, a ella (poco sociable pero aparentemente inofensiva)  la detesta todo el mundo. Los motivos no he llegado a descubrirlos, pero el odio que inspira en sus compañeros le viene bien a su profesor de Mitología Comparada para empatizar con ella y, de paso, confesarse enamorado hasta las trancas de su aura de Atenea. Contra todo pronóstico, Ange decide iniciar una relación con él.

Lo sé. Sé que todo lo que acabo de describir es perfectamente “novelable” ¿acaso no hablamos de ficción? El problema es que se narra como a impulsos, como si se fuera dando bandazos de un lado para otro sin criterio ninguno, salvo el de buscar a cada paso un contrasentido mayor que el anterior. 

Voy con Pie, el alumno de Ange

Aquí tenemos a un jovencito de 16 años que odia a sus padres y que jamás ha leído una novela por un presunto problema de dislexia tratado, por cierto, con frivolidad gratuita. Pues nada, en un día lee La Iliada; la Odisea en cuatro y muchas otras obras maestras en tiempo récord gracias a nuestra heroína. No solo eso. Nos apabulla con unas disertaciones literarias a la altura del más versado de los eruditos.

Y aquí entra en juego otro motivo que te cortocircuita. Las ampulosas diatribas del muchacho le dan a la narración un halo de trascendencia tan pretencioso que, en el rocambolesco contexto de la trama, a mi juicio, desafinan hasta hastiar. Oda a la literatura, he leído frecuentemente al respecto, lo que muestra lo antagónico de mi postura con el sentir general. A mí me ha resultado bastante pedante, la verdad.

En el giro final de la historia, cuando el alumno asesina a sus padres, Ange exhibe la última de sus disonancias, invierte el rol con el adolescente y adopta el papel de alumna, de persona menor de edad, dejando al lector a la deriva de su despropósito. Insisto, no cuestiono lo que se narra, sino cómo se narra. Mi impresión final ha sido,  ¿pero qué me quieres contar? 

En lo que respecta a los personajes Nothomb lleva la batuta en todo momento, les concede poco albedrío. Quiero decir, da la sensación de que están encerrados en burbujas independientes y estancas, cada uno en su cosmos particular y con poco margen para interactuar. No veo a los personajes. Veo a la autora. ¿Se me entiende?

En definitiva, echo en falta esa corriente eléctrica que emana de la propia novela, el pulso, el imán que te arrastra de cabeza a su universo y que te hace empatizar con él, por muy disparatado que sea. La narrativa de Nothomb es impetuosa y creativa, pero también es brusca e irreflexiva. Y ese caminar como pollo sin cabeza es lo que, a mi juicio, hace que la historia no fluya. Aunque solo es un punto vista más y tú tienes todo el albedrío del mundo para darle la validez que consideres.

Solo puedo decir que tras Sed y Los Aerostatosdesisto. Se me apagó la luz con esta escritora.

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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