Sin cobertura

por | Ene 17, 2024 | Blog | 8 Comentarios

Fin de año Elíseos

El postureo es la nueva religión de culto que moviliza las masas; una doctrina que se retroalimenta a sí misma, haciendo de sus adeptos protagonistas ficticios de una realidad paralela cinco estrellas.

Por Matilde Bello
Imagen de gpointstudio/Freepik

 

La imagen dio la vuelta al mundo. Miles de móviles, o sea, miles de personas móvil en ristre, grabando el fin de año 2023 en los Campos Elíseos de París. O sea, viéndolo por un objetivo. Una gran manada de gente anónima enviando señales eléctricas de su existencia ficticia a un indeterminado público también anónimo.

¡Bienvenidos al metaverso!, que diría Tamara Falcó.

Y digo bien: existencia ficticia, porque lo relevante del asunto no es el nanosegundo, los diez minutos, las tres horas o los quince días que te pasas con el móvil en la mano para capturar esta u otra imagen. Lo preocupante es hacerlo para ganar esos frívolos likes, corazones sin latido que nos pagan un viaje alucinante al ciberespacio del narcisismo.

Este castellano nuestro, siempre tan fértil, ha lanzado una palabra impepinable para calificar este peripatético ejercicio: postureo. Decir he estado allí, fingir que ha sido “lo más” independientemente de que haya sido la experiencia de tu vida o el muermo del siglo es lo que cuenta. Lo que prevalece sobre cualquier especulación. Y aquí se abre un campo de reflexión muy interesante. Desde luego, la imagen de esa marabunta de luciérnagas haciendo la ola y brillando al unísono da para abrir uno, no; treinta melones.

Dopamina

Parece ser que vivir en ese entorno paralelo, abusando a capricho de nuestro avatar digital le gusta a nuestro cerebro. La audiencia que generan esas historias sobreactuadas de euforia que el disparador congela para que los seguidores se las crean, “le ponen” al cerebro. Cuantos más me gusta recibimos más dopamina segregamos, pero para ello hay que seguir lanzando estímulos, de modo que publicamos, y publicamos, y volvemos a publicar, y forzamos tenaces instantes de felicidad superlativa en busca de un estado multiorgásmico mental perpetuo. Menos fatigoso que el orgasmo convencional, sin duda, pero también más insustancial. Quien diga lo contrario que pida ayuda de inmediato, por favor.

Claro, regresar mansamente a la rutina después de estos gozosos festines neuronales tiene su qué. La realidad, siempre más ordinaria, más implacable, más insulsa y oscura que el brilli brilli del mundo virtual, nos pone en nuestro sitio. Y entonces aparece lo que ya está a la orden del día: depresión, inadaptación, intolerancia a la frustración y todo tipo de problemas mentales, cada vez más frecuentes y cada vez más relacionados con los jóvenes, asociados al aislamiento que provoca el enganche digital y que trae de rebote la falta de socialización y madurez. ¡Tiene su enjundia hablar de misantropía en la era de la comunicación global!

Sin cobertura

Pensamiento único

A riesgo de parecer un engendro del pleistoceno, debo decir que no entiendo ese empeño borreguil. Ese porfiar en hacer lo que todos hacen para caer en una sandez anodina cuyo mérito, por lo visto, es pertenecer a la masa. Entrar en ese pensamiento único tan orwelliano y, por cierto, tan actual. Que sí, que yo tengo móvil, uso el móvil y a veces también me ensimismo como todo hijo de vecino, pero puedo prometer y prometo, que decía aquel, que no pierdo el norte por un puñado de likes; que no hay cosa que me guste más que cotillear con mis amigas o mi familia ante un café analógico bien cargado de complicidad, de besuqueos y toqueteos múltiples.

La ecuación móvil + redes sociales = egocentrismo es un hecho. Una fórmula fácil, muchas veces ridícula, extremadamente contagiosa y despiadadamente perversa, pues arrasa en silencio como un virus en una epidemia. El culto a uno mismo para posturear ante los demás es la religión que moviliza las masas. La ruina más nefasta, quedarse sin cobertura o sin batería, cosa que puede llegar a un ataque de nervios si se pierde el móvil. Fotografiarnos infatigablemente con selfies hasta aburrir, hasta la extenuación es la oración a practicar a diario: haciendo morritos o la V de victoria, sacando la lengua, guiñando el ojo o sonriendo como un jocker que un día olvidó qué le hacía tanta gracia, pero, oye, es lo que mola compartir.

Una religión como todas, dogmática y paradigmática, porque si todos lo hacen…

La elevación del yo digital sobre el yo auténtico nos camela con su fantasía sideral para luego pasarnos factura. Quiero creer que dentro de ese incondicional enjambre de replicantes de nosotros mismos hay una conciencia crítica y autocrítica. También es cierto que los que ya estamos un poco pasados de rosca debemos predicar con el ejemplo y enseñar que no todo vale en redes sociales. Que hay que ser muy exigente con el influencer, (curiosa profesión de titulación autoimpuesta) que cree que por tener una lista de seguidores de más de seis cifras puede sentar cátedra sobre los más inverosímiles asuntos y sin formación previa. Ojo, que hay profesionales y divulgadores extraordinarios en redes sociales, de todas las materias. Que no se me malinterprete, sabes lo que quiero decir.

¿No?

Pues lo que quiero decir, y que ya he insinuado en esta exposición discutible de vaguedades, es que la vida, amigo mío, por mucho que quieras retratarla, es lo que sucede mientras tú tienes el ojo en el objetivo.

Fin de año Elíseos

El postureo es la nueva religión de culto que moviliza las masas; una doctrina que se retroalimenta a sí misma, haciendo de sus adeptos protagonistas ficticios de una realidad paralela cinco estrellas.

Por Matilde Bello
Imagen de gpointstudio/Freepik

 

La imagen dio la vuelta al mundo. Miles de móviles, o sea, miles de personas móvil en ristre, grabando el fin de año 2023 en los Campos Elíseos de París. O sea, viéndolo por un objetivo. Una gran manada de gente anónima enviando señales eléctricas de su existencia ficticia a un indeterminado público también anónimo.

¡Bienvenidos al metaverso!, que diría Tamara Falcó.

Y digo bien: existencia ficticia, porque lo relevante del asunto no es el nanosegundo, los diez minutos, las tres horas o los quince días que te pasas con el móvil en la mano para capturar esta u otra imagen. Lo preocupante es hacerlo para ganar esos frívolos likes, corazones sin latido que nos pagan un viaje alucinante al ciberespacio del narcisismo.

Este castellano nuestro, siempre tan fértil, ha lanzado una palabra impepinable para calificar este peripatético ejercicio: postureo. Decir he estado allí, fingir que ha sido “lo más” independientemente de que haya sido la experiencia de tu vida o el muermo del siglo es lo que cuenta. Lo que prevalece sobre cualquier especulación. Y aquí se abre un campo de reflexión muy interesante. Desde luego, la imagen de esa marabunta de luciérnagas haciendo la ola y brillando al unísono da para abrir uno, no; treinta melones.

Dopamina

Parece ser que vivir en ese entorno paralelo, abusando a capricho de nuestro avatar digital le gusta a nuestro cerebro. La audiencia que generan esas historias sobreactuadas de euforia que el disparador congela para que los seguidores se las crean, “le ponen” al cerebro. Cuantos más me gusta recibimos más dopamina segregamos, pero para ello hay que seguir lanzando estímulos, de modo que publicamos, y publicamos, y volvemos a publicar, y forzamos tenaces instantes de felicidad superlativa en busca de un estado multiorgásmico mental perpetuo. Menos fatigoso que el orgasmo convencional, sin duda, pero también más insustancial. Quien diga lo contrario que pida ayuda de inmediato, por favor.

Claro, regresar mansamente a la rutina después de estos gozosos festines neuronales tiene su qué. La realidad, siempre más ordinaria, más implacable, más insulsa y oscura que el brilli brilli del mundo virtual, nos pone en nuestro sitio. Y entonces aparece lo que ya está a la orden del día: depresión, inadaptación, intolerancia a la frustración y todo tipo de problemas mentales, cada vez más frecuentes y cada vez más relacionados con los jóvenes, asociados al aislamiento que provoca el enganche digital y que trae de rebote la falta de socialización y madurez. ¡Tiene su enjundia hablar de misantropía en la era de la comunicación global!

Sin cobertura

Pensamiento único

A riesgo de parecer un engendro del pleistoceno, debo decir que no entiendo ese empeño borreguil. Ese porfiar en hacer lo que todos hacen para caer en una sandez anodina cuyo mérito, por lo visto, es pertenecer a la masa. Entrar en ese pensamiento único tan orwelliano y, por cierto, tan actual. Que sí, que yo tengo móvil, uso el móvil y a veces también me ensimismo como todo hijo de vecino, pero puedo prometer y prometo, que decía aquel, que no pierdo el norte por un puñado de likes; que no hay cosa que me guste más que cotillear con mis amigas o mi familia ante un café analógico bien cargado de complicidad, de besuqueos y toqueteos múltiples.

La ecuación móvil + redes sociales = egocentrismo es un hecho. Una fórmula fácil, muchas veces ridícula, extremadamente contagiosa y despiadadamente perversa, pues arrasa en silencio como un virus en una epidemia. El culto a uno mismo para posturear ante los demás es la religión que moviliza las masas. La ruina más nefasta, quedarse sin cobertura o sin batería, cosa que puede llegar a un ataque de nervios si se pierde el móvil. Fotografiarnos infatigablemente con selfies hasta aburrir, hasta la extenuación es la oración a practicar a diario: haciendo morritos o la V de victoria, sacando la lengua, guiñando el ojo o sonriendo como un jocker que un día olvidó qué le hacía tanta gracia, pero, oye, es lo que mola compartir.

Una religión como todas, dogmática y paradigmática, porque si todos lo hacen…

La elevación del yo digital sobre el yo auténtico nos camela con su fantasía sideral para luego pasarnos factura. Quiero creer que dentro de ese incondicional enjambre de replicantes de nosotros mismos hay una conciencia crítica y autocrítica. También es cierto que los que ya estamos un poco pasados de rosca debemos predicar con el ejemplo y enseñar que no todo vale en redes sociales. Que hay que ser muy exigente con el influencer, (curiosa profesión de titulación autoimpuesta) que cree que por tener una lista de seguidores de más de seis cifras puede sentar cátedra sobre los más inverosímiles asuntos y sin formación previa. Ojo, que hay profesionales y divulgadores extraordinarios en redes sociales, de todas las materias. Que no se me malinterprete, sabes lo que quiero decir.

¿No?

Pues lo que quiero decir, y que ya he insinuado en esta exposición discutible de vaguedades, es que la vida, amigo mío, por mucho que quieras retratarla, es lo que sucede mientras tú tienes el ojo en el objetivo.

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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