Suspiros

por | Ene 9, 2020 | Blog | 10 Comentarios

Imagen de Stefan Keller


Vendo suspiros a precio de saldo: media docena por un par de caricias, hasta doce por un gran abrazo, si los quieres por unidades, ofrezco sonrisas a cambio. Los tengo acumulados en el diafragma, esperando turno para salir, de tal forma que cuando se abren compuertas se empujan, se pisan, se saltan la cola, se lanzan en desbandada grabando su impronta en el aire sabiendo que es el último aliento antes de dejar de existir.

No me harán bien si me los guardo, actúan como gas ocupa, perseverante y masificado. Nacen del exceso de presión, de tristeza, de frustración, de preocupación, de recelo, incluso de hambre. Otros, en cambio, surgen eufóricos en torrente, como burbujas bailando un vals en medio de una ovación, chisporroteando de placer, de felicidad, de la simple dicha de escuchar una canción.

La cosecha este año es abundante. Nacen de cópulas contagiosas e inagotables que lanzan algaradas de suspiros por todas partes: en la zona motor, en la cueva de las emociones, en el rincón de pensar, en todos los engranajes.  No me dan las horas para darles vía de escape.

Tengo suspiros alimentándose en ese refugio adictivo llamado nostalgia, donde viven recuerdos infinitos que revolotean por la geografía de mi piel, haciéndome cosquillas en la espalda. Rebuscan en la memoria sin orden ni criterio, se vuelven avariciosos, pertinaces, filtran mi archivo con sus dedos codiciosos, y se alimentan de la cámara de mis secretos sin consultarme.

Entonces mi corazón acelera su latido, se pone en guardia, acompasa el soniquete de su tic tac para custodiar afectos, para imponer templanza, y ordena una urgente evacuación a todos los inquilinos. En la siguiente exhalación un maremoto agitado vacía el pecho de suspiros; un desahogo desnuda el alma, las aguas vuelven mansas al mar, la pausa se instala, el corazón recupera la calma.

Son como la postdata de una carta, el murmullo de la tierra cuando ha llovido, la sacudida de la piel tras un beso, el aire escribiendo tu nombre, despacio, cuando te has ido.

 

Fue cuando comprobé que murallas se quiebran con suspiros y que hay puertas al mar que se abren con palabras

Rafael Alberti

Imagen de Stefan Keller


Vendo suspiros a precio de saldo: media docena por un par de caricias, hasta doce por un gran abrazo, si los quieres por unidades, ofrezco sonrisas a cambio. Los tengo acumulados en el diafragma, esperando turno para salir, de tal forma que cuando se abren compuertas se empujan, se pisan, se saltan la cola, se lanzan en desbandada grabando su impronta en el aire sabiendo que es el último aliento antes de dejar de existir.

No me harán bien si me los guardo, actúan como gas ocupa, perseverante y masificado. Nacen del exceso de presión, de tristeza, de frustración, de preocupación, de recelo, incluso de hambre. Otros, en cambio, surgen eufóricos en torrente, como burbujas bailando un vals en medio de una ovación, chisporroteando de placer, de felicidad, de la simple dicha de escuchar una canción.

La cosecha este año es abundante. Nacen de cópulas contagiosas e inagotables que lanzan algaradas de suspiros por todas partes: en la zona motor, en la cueva de las emociones, en el rincón de pensar, en todos los engranajes.  No me dan las horas para darles vía de escape.

Tengo suspiros alimentándose en ese refugio adictivo llamado nostalgia, donde viven recuerdos infinitos que revolotean por la geografía de mi piel, haciéndome cosquillas en la espalda. Rebuscan en la memoria sin orden ni criterio, se vuelven avariciosos, pertinaces, filtran mi archivo con sus dedos codiciosos, y se alimentan de la cámara de mis secretos sin consultarme.

Entonces mi corazón acelera su latido, se pone en guardia, acompasa el soniquete de su tic tac para custodiar afectos, para imponer templanza, y ordena una urgente evacuación a todos los inquilinos. En la siguiente exhalación un maremoto agitado vacía el pecho de suspiros; un desahogo desnuda el alma, las aguas vuelven mansas al mar, la pausa se instala, el corazón recupera la calma.

Son como la postdata de una carta, el murmullo de la tierra cuando ha llovido, la sacudida de la piel tras un beso, el aire escribiendo tu nombre, despacio, cuando te has ido.

 

Fue cuando comprobé que murallas se quiebran con suspiros y que hay puertas al mar que se abren con palabras

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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