Valentino

por | May 29, 2024 | Blog | 0 Comentarios

Valentino

Mi primer encuentro con Natalia Ginzburg ha sido de esos en los que saltan chispas y el estómago se retuerce de gusto. Un flechazo en toda regla.

Habiendo leído bastante sobre ella, nunca había leído nada de ella, (paradojas de una lectora poco cuerda) y como últimamente sufro de una deshonrosa pereza, decidí optar por algo breve que me llevara a la conclusión de si valía la pena conocernos mejor. A veces mi torpeza alcanza metas siderales…

En fin, que “Valentino” me pareció la candidata ideal: menos de cien páginas de una trama aparentemente inofensiva para entrar en calor con la autora italiana. ¡Vaya meneo me ha dado!

Podría decir, así, para empezar, que la Ginzburg practica una prodigiosa economía semántica que debería servir de ejemplo en cualquier escuela de narrativa que se precie e inspirar a todo escritor consciente de su incontinencia retórica (a tenor de la extensión de mis reseñas; yo misma).

A cada palabra la emoción que toca

El arte de la concisión, de decir en cada momento lo que hay que decir, sin adornos superfluos, o sin la estética literaria que en otros escritores podría dejar deslavada la prosa, con ella es un talentazo descomunal. Porque Natalia Ginzburg le pone a cada palabra la emoción que toca, o a veces sencillamente la deja en el aire para que tú la atrapes, y las une con la destreza de un prestidigitador para ofrecer en cada línea dos y hasta tres lecturas. Resultado: nos atrapa desde la primera página; nos perfila hasta siete personajes con todos sus matices dándoles una entidad humana envidiable, y nos cuenta varias historias en una sola, de tal modo que cuando acabas la lectura tienes la sensación de que la autora ha puesto el punto final en medio de una gran carcajada consciente de que nos ha manejado a su antojo.

En este novelón la autora nos pone al falso protagonista, Valentino, en el foco, como si fuera un saco de boxeo para que tú como lector, o sea yo misma, le demos de hostias hasta el carnet de identidad: por vago, por egoísta, por vanidoso y por fatuo. Es el único hijo varón de una humilde familia en cuya figura se vuelcan los padres para que estudie y les saque de la pobreza. La historia la narra la hermana pequeña, Caterina, en un tono tan escalofriantemente neutro que por momentos también te dan ganas de abofetearla a ella.

Caterina nos desvela la noticia de que Valentino, de pronto, se va a casar con una mujer mayor que él, poco agraciada pero muy rica, y ahí empieza todo.

Bajo esta premisa, y en ese tono de fría imparcialidad que exhibe la narradora, de desafección total por lo que está contando, que a ratos sí y a ratos también es durísimo, vamos saboreando la sátira, la acidez lanzada en misiles de caramelo, la crítica a la ignorancia, las hostilidades que se viven en cualquier familia, las envidias, la hipocresía, el desencanto. Y con esa audaz treta de hacernos mirar hacia un lado, de empañar nuestros ojos con los enredos domésticos de una trama costumbrista, desenfocamos completamente lo que subyace, lo que está por llegar y que llega con un puñetazo en toda la cara para reinterpretar completamente la novela.

Natalia Ginzburg nos conduce hábilmente por una tragedia sin aspecto trágico, por una historia que nos embauca en la astuta arquitectura argumental, narrada muy poco a poco, desde lo mínimo, para dejarnos al final con la boca abierta.

Señora Ginzburg ¡a sus pies!

Como dicta la cita de la foto: Leer a Natalia Ginzburg es darse cuenta de lo amanerada que es la prosa actual.

No sé si estarás de acuerdo…

 

Valentino

Mi primer encuentro con Natalia Ginzburg ha sido de esos en los que saltan chispas y el estómago se retuerce de gusto. Un flechazo en toda regla.

Habiendo leído bastante sobre ella, nunca había leído nada de ella, (paradojas de una lectora poco cuerda) y como últimamente sufro de una deshonrosa pereza, decidí optar por algo breve que me llevara a la conclusión de si valía la pena conocernos mejor. A veces mi torpeza alcanza metas siderales…

En fin, que “Valentino” me pareció la candidata ideal: menos de cien páginas de una trama aparentemente inofensiva para entrar en calor con la autora italiana. ¡Vaya meneo me ha dado!

Podría decir, así, para empezar, que la Ginzburg practica una prodigiosa economía semántica que debería servir de ejemplo en cualquier escuela de narrativa que se precie e inspirar a todo escritor consciente de su incontinencia retórica (a tenor de la extensión de mis reseñas; yo misma).

A cada palabra la emoción que toca

El arte de la concisión, de decir en cada momento lo que hay que decir, sin adornos superfluos, o sin la estética literaria que en otros escritores podría dejar deslavada la prosa, con ella es un talentazo descomunal. Porque Natalia Ginzburg le pone a cada palabra la emoción que toca, o a veces sencillamente la deja en el aire para que tú la atrapes, y las une con la destreza de un prestidigitador para ofrecer en cada línea dos y hasta tres lecturas. Resultado: nos atrapa desde la primera página; nos perfila hasta siete personajes con todos sus matices dándoles una entidad humana envidiable, y nos cuenta varias historias en una sola, de tal modo que cuando acabas la lectura tienes la sensación de que la autora ha puesto el punto final en medio de una gran carcajada consciente de que nos ha manejado a su antojo.

En este novelón la autora nos pone al falso protagonista, Valentino, en el foco, como si fuera un saco de boxeo para que tú como lector, o sea yo misma, le demos de hostias hasta el carnet de identidad: por vago, por egoísta, por vanidoso y por fatuo. Es el único hijo varón de una humilde familia en cuya figura se vuelcan los padres para que estudie y les saque de la pobreza. La historia la narra la hermana pequeña, Caterina, en un tono tan escalofriantemente neutro que por momentos también te dan ganas de abofetearla a ella.

Caterina nos desvela la noticia de que Valentino, de pronto, se va a casar con una mujer mayor que él, poco agraciada pero muy rica, y ahí empieza todo.

Bajo esta premisa, y en ese tono de fría imparcialidad que exhibe la narradora, de desafección total por lo que está contando, que a ratos sí y a ratos también es durísimo, vamos saboreando la sátira, la acidez lanzada en misiles de caramelo, la crítica a la ignorancia, las hostilidades que se viven en cualquier familia, las envidias, la hipocresía, el desencanto. Y con esa audaz treta de hacernos mirar hacia un lado, de empañar nuestros ojos con los enredos domésticos de una trama costumbrista, desenfocamos completamente lo que subyace, lo que está por llegar y que llega con un puñetazo en toda la cara para reinterpretar completamente la novela.

Natalia Ginzburg nos conduce hábilmente por una tragedia sin aspecto trágico, por una historia que nos embauca en la astuta arquitectura argumental, narrada muy poco a poco, desde lo mínimo, para dejarnos al final con la boca abierta.

Señora Ginzburg ¡a sus pies!

Como dicta la cita de la foto: Leer a Natalia Ginzburg es darse cuenta de lo amanerada que es la prosa actual.

No sé si estarás de acuerdo…

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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