Alexia

por | Dic 10, 2020 | Ficción | 70 Comentarios

chica, Alexia,

Imagen PxHere

¡Si no te cortas el pelo olvídate de la paga!

Álvaro desplazaba los guisantes de un lado a otro del plato creando figuritas geométricas con el tenedor, como si no estuviera conforme con esa disposición desparramada sin ton ni son.

—¿Estás escuchando lo que te digo?

—Si papá —dijo, mirando circunspecto a su padre—, o me corto el pelo, o me cortas las alas.

«O me corto el pelo, o me cortas las alas» —se burló su padre aflautando la voz con retintín, para acto seguido cambiar el tono a otro mucho más imperativo y categórico:

—¡Pues espero que sea antes de… —un plato de sopa, servido con premeditada contundencia por su mujer, lo interrumpía con un golpe seco que venía a decir: ¡ya es suficiente! Madre e hijo intercambiaron un gesto de complicidad y Álvaro se levantó de la mesa.

Prefería el silencio de su habitación a las insustanciales conversaciones con su familia. Eso cuando tenía suerte, porque si su padre decidía condimentar las comidas con el juego perverso de meterse con él ya no había forma de escabullirse. Ser el blanco de sus insidiosos dardos resultaba desesperadamente irritante. Cuando no era el pelo, eran las pintas, y si no la actitud, y si no la forma de hablar, o de reír o de respirar. Así que, para qué contestar —pensaba—. Aquí por lo menos me evito la decepción de sus ojos cada vez que me mira.

En realidad, Álvaro buscaba la soledad de su cuarto para desmenuzar con suavidad el recuerdo inmutable de Alexia. Para regresar a la noche que ella irrumpió con sus ojos oscuros comiéndose el mundo, comiéndoselo a él, de hecho, dejando en su tediosa existencia un intenso perfume omnipresente.

Se había enamorado de su naturalidad y su desparpajo, de aquella desinhibida forma de marcar territorio por el mero hecho de caminar al abordaje sobre sus botas militares. No es que fuera especialmente guapa, pero suplía con creces la discreción de su cuerpo desgarbado y flacucho con una mirada franca, sin dobleces, y con un punto de sensualidad que daban ganas de mudarse allí para siempre. El sol parecía estar enfurruñado con aquel rostro deslavado, pero daba igual, porque ella brillaba con luz propia gracias a esa boca, descarada y de carcajada fácil, que jugaba a la provocación sirviéndose de una locuacidad arrolladora.

En apenas unas horas Alexia había conseguido rescatarlo de las mil y una estupideces que le acosaban a diario. Le dejó esa sensación tan familiar de que la conocía de toda la vida, provocándole un estado de euforia adictivo por el que iba a buscarla una y otra vez. Confiaba en que el destino volviera a lanzar los dados a su favor y surgiera una nueva oportunidad, si no, tendría que pensar algo para forzar la providencia, porque lo que tenía claro era que necesitaba a Alexia en su vida.

Álvaro miraba por la ventana el atardecer que avanzaba sobre los edificios dejando un rastro metálico en las fachadas. Le dio la espalda a ese diciembre perezoso y fijó la vista en una foto suya  de cuando tenía seis años. Sonreía abiertamente, como solo lo hacen los niños en esa deliciosa etapa en que los monstruos son merendados por la inocencia. Junto a ese retazo de su infancia asomaba el único trofeo que había ganado en sus 18 años, una especie de árbol del conocimiento que le dieron a los 14 como vencedor del Concurso Interescolar de Scrabble. Ya en el extremo de la estantería la saga «Harry Potter» guardaba sus secretos en un estuche que su madre tuvo el acierto de regalarle tras devorar las siete novelas en la biblioteca.

Hasta hacía pocas semanas, cuando miraba esos mismos objetos, se preguntaba si su vida era realmente tan aburrida como parecía. Ahora era capaz de establecer un vínculo de pertenencia con los elementos de su habitación sin sentirse patético.

Se observó en el espejo de una de las puertas del armario, y sonrió al recordar cómo se había desencadenado todo a raíz de la muerte inesperada del primo de su madre, Manuel, que tras un infarto quedó difunto para siempre. Sus padres decidieron que su presencia en el funeral, a 200 km, era del todo prescindible, y la casa fue suya durante 36 horas.

Era viernes. No hubo ninguna consideración previa. Simplemente sucedió, igual que amanece tras una larga noche de insomnio. Se dio una ducha y se sometió a la liturgia de vestirse como si fuera una ceremonia sagrada. Una minifalda de mercadillo sin estrenar escondida en algún lugar; un suéter negro ajustado sobre un busto improvisado; unas medias prestadas de su madre y… sus botas militares.

Se retiró el flequillo de la frente con gomina: adiós, dijo el pelo lacio; hola, parpadearon las pestañas sin pudor. Su palidez resplandecía de autoestima y, sobre ella, unos labios perfilados con un carmín temerario cobraron una sensualidad con la que le entraron muchas ganas de jugar. Equipada de serie con un verbo tan audaz como ingenioso, pensó que estaba lista para una lenguaraz noche de emociones.

Cuando finalizó se enfrentó a su reflejo. Se sentía enormemente poderosa y auténtica. Caminó con pasos firmes y seguros por la habitación liberando el espíritu que dormía bajo llave en algún rincón lleno de polvo, y con una voz sugerente que fluía cosquilleando el aire, dijo:

—Bienvenida, Alexia.

 

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chica, Alexia,

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¡Si no te cortas el pelo olvídate de la paga!

Álvaro desplazaba los guisantes de un lado a otro del plato creando figuritas geométricas con el tenedor, como si no estuviera conforme con esa disposición desparramada sin ton ni son.

—¿Estás escuchando lo que te digo?

—Si papá —dijo, mirando circunspecto a su padre—, o me corto el pelo, o me cortas las alas.

«O me corto el pelo, o me cortas las alas» —se burló su padre aflautando la voz con retintín, para acto seguido cambiar el tono a otro mucho más imperativo y categórico:

—¡Pues espero que sea antes de… —un plato de sopa, servido con premeditada contundencia por su mujer, lo interrumpía con un golpe seco que venía a decir: ¡ya es suficiente! Madre e hijo intercambiaron un gesto de complicidad y Álvaro se levantó de la mesa.

Prefería el silencio de su habitación a las insustanciales conversaciones con su familia. Eso cuando tenía suerte, porque si su padre decidía condimentar las comidas con el juego perverso de meterse con él ya no había forma de escabullirse. Ser el blanco de sus insidiosos dardos resultaba desesperadamente irritante. Cuando no era el pelo, eran las pintas, y si no la actitud y si no la forma de hablar, o de reír o de respirar. Así que, para qué contestar —pensaba—. Aquí por lo menos me evito la decepción de sus ojos cada vez que me mira.

En realidad, Álvaro buscaba la soledad de su cuarto para desmenuzar con suavidad el recuerdo inmutable de Alexia. Para regresar a la noche que ella irrumpió con sus ojos oscuros comiéndose el mundo, comiéndoselo a él, de hecho, dejando en su tediosa existencia un intenso perfume omnipresente.

Se había enamorado de su naturalidad y su desparpajo, de aquella desinhibida forma de marcar territorio por el mero hecho de caminar al abordaje sobre sus botas militares. No es que fuera especialmente guapa, pero suplía con creces la discreción de su cuerpo desgarbado y flacucho con una mirada franca, sin dobleces, y con un punto de sensualidad que daban ganas de mudarse allí para siempre. El sol parecía estar enfurruñado con aquel rostro deslavado, pero daba igual, porque ella brillaba con luz propia gracias a esa boca, descarada y de carcajada fácil, que jugaba a la provocación sirviéndose de una locuacidad arrolladora.

En apenas unas horas Alexia había conseguido rescatarlo de las mil y una estupideces que le acosaban a diario. Le dejó esa sensación tan familiar de que la conocía de toda la vida, provocándole un estado de euforia adictivo por el que iba a buscarla una y otra vez. Confiaba en que el destino volviera a lanzar los dados a su favor y surgiera una nueva oportunidad, si no, tendría que pensar algo para forzar la providencia, porque lo que tenía claro era que necesitaba a Alexia en su vida.

Álvaro miraba por la ventana el atardecer que avanzaba sobre los edificios dejando un rastro metálico en las fachadas. Le dio la espalda a ese diciembre perezoso y fijó la vista en una foto suya  de cuando tenía seis años. Sonreía abiertamente, como solo lo hacen los niños en esa deliciosa etapa en que los monstruos son merendados por la inocencia. Junto a ese retazo de su infancia asomaba el único trofeo que había ganado en sus 18 años, una especie de árbol del conocimiento que le dieron a los 14 como vencedor del Concurso Interescolar de Scrabble. Ya en el extremo de la estantería la saga «Harry Potter» guardaba sus secretos en un estuche que su madre tuvo el acierto de regalarle tras devorar las siete novelas en la biblioteca.

Hasta hacía pocas semanas, cuando miraba esos mismos objetos, se preguntaba si su vida era realmente tan aburrida como parecía. Ahora era capaz de establecer un vínculo de pertenencia con los elementos de su habitación sin sentirse patético.

Se observó en el espejo de una de las puertas del armario, y sonrió al recordar cómo se había desencadenado todo a raíz de la muerte inesperada del primo de su madre, Manuel, que tras un infarto quedó difunto para siempre. Sus padres decidieron que su presencia en el funeral, a 200 km, era del todo prescindible, y la casa fue suya durante 36 horas.

Era viernes. No hubo ninguna consideración previa. Simplemente sucedió, igual que amanece tras una larga noche de insomnio. Se dio una ducha y se sometió a la liturgia de vestirse como si fuera una ceremonia sagrada. Una minifalda de mercadillo sin estrenar escondida en algún lugar; un suéter negro ajustado sobre un busto improvisado; unas medias prestadas de su madre y… sus botas militares.

Se retiró el flequillo de la frente con gomina: adiós, dijo el pelo lacio; hola, parpadearon las pestañas sin pudor. Su palidez resplandecía de autoestima y, sobre ella, unos labios perfilados con un carmín temerario cobraron una sensualidad con la que le entraron muchas ganas de jugar. Equipada de serie con un verbo tan audaz como ingenioso, pensó que estaba lista para una lenguaraz noche de emociones.

Cuando finalizó se enfrentó a su reflejo. Se sentía enormemente poderosa y auténtica. Caminó con pasos firmes y seguros por la habitación liberando el espíritu que dormía bajo llave en algún rincón lleno de polvo, y con una voz sugerente que fluía cosquilleando el aire, dijo:

—Bienvenida, Alexia.

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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