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“Estoy furiosa conmigo misma. Mis disfraces ya no me protegen”, se lo escribió Silvia Plath a una amiga poco antes de suicidarse, ¿cómo? pues metiendo la cabeza en el horno; una de las ideas, también, de nuestro Thelonious “Monk” Ellison. Al protagonista de esta novela le encantan las referencias literarias, académicas y artísticas, las hace por alusión y omisión, a veces de forma despiadada, especialmente cuando las utiliza contra sí mismo. Y esa forma de jugar con el lector, ese riesgo en la ejecución de la novela se ha ganado todo mi respeto.
Centrémonos.
Monk es un erudito escritor negro resignado al público minoritario que tiene; digamos que asume con estoicismo la indiferencia que su obra despierta. (Si superas el texto de una ponencia que ofrece al comienzo del relato el resto será coser y cantar…) Digiere con dificultad la literatura mediocre, peor aún los libros basados en clichés raciales, pero se le llevan los demonios cuando desde su entorno lo presionan para crear historias “propias de su raza”. No obstante, en un alarde de ofendida protesta contra el mundo, escribe bajo pseudónimo una parodia de diez capítulos rebosante de clichés sobre negros que, por supuesto, se convierte en súper ventas, llevando la obra a un hilarante desarrollo.
Podría parecer que no hay nada extraordinario en el argumento, pero es que Percival Everett, en un ejercicio experimental no exento de osadía, introduce el texto completo de esa parodia en el hilo narrativo. Una novela dentro de otra novela. Es decir, arrancamos con un narrador en primera persona, Monk, que nos va contando a modo de diario su vida presente con recuerdos del pasado, todo ello intercalado con extravagantes lluvias de ideas para novelas. Como lector vas un poco a ciegas, sin saber adónde nos dirige el autor. De pronto hay un lecturus interrumptus de la idea original para dar pábulo a una desmadrada sátira que narra en tercera persona las aspiraciones a delincuente de un joven negro. Título: “Porculo”. El alter ego de Monk escribe “hocho”, “nuebe” y “dies” en los capítulos, imagina las licencias que se toma en el texto.
¿Acto de fe?
Este romper abruptamente con la trama conlleva un ¿acto de fe, por parte del autor? Puede, pero lo que hay es, primero, una técnica narrativa envidiable para empastar los dos hilos argumentales. Un fluir sin obstáculos que de vez en cuando se adorna de brillantes fogonazos literarios de esos que te dejan deslumbrado. Y segundo, con la inteligente puesta en escena del libro en términos de impresión: tipografías diferenciadas para cada trama, cursivas para las lluvias de ideas, portada propia para el relato secundario…
Es imposible perderse y esto es básico para no irte de lo importante, porque lo importante, querido amigo, es saborear la mordacidad con la que el autor critica a la industria editorial; la burla a los prejuicios y la estigmatización racial y el dramatismo con el que indaga sobre su identidad a través de los lazos familiares.
Todos estos temas, todos ellos, se hilvanan a través de la culpa del protagonista, sentimiento imperante bajo el que trasciende todo lo demás. La culpa por ser el favorito de su padre; por sentir que no hace suficiente por su madre enferma; por ser el más brillante de sus hermanos; por aceptar el dinero de una novela que odia; por no sentir las limitaciones de su raza; por sentirse un fraude. La culpa es el hilo conductor y la energía con la que palpita la novela. “La culpa es un perfume barato”, dice en un momento Monk cuando, como Plath, siente que “sus disfraces ya no le protegen”. Y con el brillo de esa culpa que le atormenta, Percival Everett construye un magnífico final.
Aplauso entregado, señor Everett.
“Estoy furiosa conmigo misma. Mis disfraces ya no me protegen”, se lo escribió Silvia Plath a una amiga poco antes de suicidarse, ¿cómo? pues metiendo la cabeza en el horno; una de las ideas, también, de nuestro Thelonious “Monk” Ellison. Al protagonista de esta novela le encantan las referencias literarias, académicas y artísticas, las hace por alusión y omisión, a veces de forma despiadada, especialmente cuando las utiliza contra sí mismo. Y esa forma de jugar con el lector, ese riesgo en la ejecución de la novela se ha ganado todo mi respeto.
Centrémonos.
Monk es un erudito escritor negro resignado al público minoritario que tiene; digamos que asume con estoicismo la indiferencia que su obra despierta. (Si superas el texto de una ponencia que ofrece al comienzo del relato el resto será coser y cantar…) Digiere con dificultad la literatura mediocre, peor aún los libros basados en clichés raciales, pero se le llevan los demonios cuando desde su entorno lo presionan para crear historias “propias de su raza”. No obstante, en un alarde de ofendida protesta contra el mundo, escribe bajo pseudónimo una parodia de diez capítulos rebosante de clichés sobre negros que, por supuesto, se convierte en súper ventas, llevando la obra a un hilarante desarrollo.
Podría parecer que no hay nada extraordinario en el argumento, pero es que Percival Everett, en un ejercicio experimental no exento de osadía, introduce el texto completo de esa parodia en el hilo narrativo. Una novela dentro de otra novela. Es decir, arrancamos con un narrador en primera persona, Monk, que nos va contando a modo de diario su vida presente con recuerdos del pasado, todo ello intercalado con extravagantes lluvias de ideas para novelas. Como lector vas un poco a ciegas, sin saber adónde nos dirige el autor. De pronto hay un lecturus interrumptus de la idea original para dar pábulo a una desmadrada sátira que narra en tercera persona las aspiraciones a delincuente de un joven negro. Título: “Porculo”. El alter ego de Monk escribe “hocho”, “nuebe” y “dies” en los capítulos, imagina las licencias que se toma en el texto.
¿Acto de fe?
Este romper abruptamente con la trama conlleva un ¿acto de fe, por parte del autor? Puede, pero lo que hay es, primero, una técnica narrativa envidiable para empastar los dos hilos argumentales. Un fluir sin obstáculos que de vez en cuando se adorna de brillantes fogonazos literarios de esos que te dejan deslumbrado. Y segundo, con la inteligente puesta en escena del libro en términos de impresión: tipografías diferenciadas para cada trama, cursivas para las lluvias de ideas, portada propia para el relato secundario…
Es imposible perderse y esto es básico para no irte de lo importante, porque lo importante, querido amigo, es saborear la mordacidad con la que el autor critica a la industria editorial; la burla a los prejuicios y la estigmatización racial y el dramatismo con el que indaga sobre su identidad a través de los lazos familiares.
Todos estos temas, todos ellos, se hilvanan a través de la culpa del protagonista, sentimiento imperante bajo el que trasciende todo lo demás. La culpa por ser el favorito de su padre; por sentir que no hace suficiente por su madre enferma; por ser el más brillante de sus hermanos; por aceptar el dinero de una novela que odia; por no sentir las limitaciones de su raza; por sentirse un fraude. La culpa es el hilo conductor y la energía con la que palpita la novela. “La culpa es un perfume barato”, dice en un momento Monk cuando, como Plath, siente que “sus disfraces ya no le protegen”. Y con el brillo de esa culpa que le atormenta, Percival Everett construye un magnífico final.
Aplauso entregado, señor Everett.

