Crónica de un presunto contagio
Fotos Pixabay
Sí, hablo del COVID19, y sí, digo presunto porque nunca me hicieron el dichoso test, pero si la doctora que me visitó dijo “lo contabilizo como positivo” quién soy yo para contradecirla.
Cuando el 14 de marzo se anunció oficialmente el Estado de Alarma, con todas las restricciones a nuestras libertades que eso supone, lo acaté sin excesivo sobresalto. Los que habitualmente trabajamos desde casa hemos adquirido cierta ortodoxia en el arte del confinamiento. Tendría que añadir a mis rutinas un poco de actividad física diaria y un mínimo de rigor alimentario. Pensé. No contaba con ser huésped involuntario del Covid19.
Los seres humanos tenemos esa soberbia tendencia a pensar que las cosas les pasan a los demás. Como fiel, convencida y responsable cumplidora de todas las pautas de distanciamiento social, y dado mi auto aislamiento habitual, no me consideraba en riesgo de contraer la enfermedad.
No sé cómo fue, ni dónde, ni a través de quién, y la verdad me importa muy poco. ¡Qué manía con la pregunta! “¿Quién te ha contagiado?” ¿Realmente importa a estas alturas?
El miércoles 18 de marzo por la noche empiezo a tener los primeros síntomas: una tos seca de aquellas de “camionero” que se dice, y que me disculpen todos ellos y ellas, que en estos momentos están haciendo una labor encomiable distribuyendo esos productos de primera necesidad.
El jueves 19 amanezco con una sensación de gripe total: dolor muscular, de garganta, de cabeza y sensación de ahogo, leve, pero muy desagradable. Me permite respirar pero es como una pinza en el pecho que impide que el aire circule con fluidez. Decido llamar al 061 pero: o las líneas están ocupadas y te piden que llames más tarde o te dejan en espera por los siglos de los siglos… Me hago el test de la App de la Generalitat de Catalunya, tengo todos los síntomas salvo la fiebre, al final me dice que soy positivo en COVID19 (ha faltado el “enhorabuena”, pienso) y que: “toca quedarse en casa, beber muchos líquidos y llamar a emergencias si se encuentra peor. ¿Quiere usted repetir el Test?” Pues no, con uno ya tengo bastante.
Los tres días siguientes los síntomas elevan la gripe a categoría de gripazo, con un colocón de cansancio como si hubiera subido al Everest a la pata coja. Voy aplacando el malestar a base de pastillazo de paracetamol. Lo peor de todo, sin duda ninguna, es la sensación de ahogo. Afortunadamente sigo sin fiebre. Sin embargo, la temperatura está desatada en las redes sociales.
Nos hemos vuelto locos compartiendo y reenviando miles de videos de todo tipo. Algunos en tono de humor, divertidos; pero muchos sobre trucos, recetas, remedios, precauciones, milagros además de bulos malintencionados que, a los enfermos, o presuntamente enfermos, nos añade una ansiedad de difícil gestión. En la tele la cacofonía es aún peor: esta es la cifra de nuevos contagios, de nuevos ingresados, de nuevos…
¿Pasaré yo a formar parte de esas cifras? No creo que sea la única que se lo haya preguntado en mi situación. Fin. Fuera whatsapp, fuera redes. Fuera tele. Ahora sí que decido aislarme de verdad. Me trago las tres temporadas de “El cuento de la criada” (que no la había visto y tenía muchas ganas) en apenas cinco días. Leer me cuesta más. No puedo concentrarme, y escribir (que se supone es lo mío) aún menos. Cuando me meriendo la temporada tres me quedo con las ganas porque resulta que lo serie no acaba ahí. ¡Qué le vamos a hacer!
Al abanico de síntomas que tengo se une, el domingo 22 de marzo, un fuerte dolor en la parte alta de la espalda y una agudización del cansancio y de la sensación de falta de aire. ¿Qué hago? Sinceramente, no sé si es peor la incertidumbre de “no saber si es Covid19”, o las certezas que cada minuto escuchas en las noticias. ¿Es razonable acudir a urgencias o estoy siendo irresponsable tal y como está la cosa? La angustia sube muchos enteros.
En fin el lunes, ante la persistencia de la disnea y el dolor de espalda acudo a las urgencias del centro de salud municipal. Mi pareja conduce. Yo viajo en el asiento trasero a la derecha con mi mascarilla. Me siento culpable. Como si llevara una bomba fétida en el bolso. Llueve a cántaros, en las calles no hay un alma y de pronto mi cerebro me envía un flash de la serie Twin Peaks. Interesante disociación. No tiene mucho sentido. Apenas vi unos capítulos. Tendré que pensar en ello cuando todo pase, espero…
En el ambulatorio habían habilitado una zona para casos de coronavirus y me atienden muy rápido y con mucha seguridad. Me hacen inmediatamente la prueba de oxígeno en sangre y luego ya me visita una doctora. Me vuelve a mirar el oxígeno, satura bien, y realiza una auscultación de posible neumonía. Al parecer está todo en orden. Tras preguntarme el tipo de síntomas y los días que llevo con ellos me dice que me contabiliza como positivo. Lo de realizar el test (ni rápido ni por fascículos) es una quimera. ¿Cómo saber si el COVID19? Le pregunto. Y me responde que su capacidad de contagio es tal que las probabilidades de coger un resfriado o una gripe común en este momento, con el bicho de por medio, es ínfima. ¡Ah, pues vale!
Bueno, certificar que mis pulmones funcionaban bien fue un subidón para mí. Regresé con mi virus a casa, dispuesta a darle una patada en el culo. Al día siguiente la doctora me llamó por teléfono, lo cual agradecí profundamente. Seguía fatal. Llevaba dos noches que apenas podía dormir porque me costaba respirar tumbada. Me dijo que la enfermedad hace el pico entre los días séptimo y décimo después de los primeros síntomas. Que volviera al centro de salud para hacerme una radiografía si notaba empeoramiento.
El miércoles 25 de marzo, una semana exacta después de los primeros síntomas, note cierta mejoría. El aire ya no era una galleta pintando su trayectoria, fluía mucho más liviano y el dolor de espalda también había disminuido. El malestar general ha ido yendo a la baja progresivamente. Escribo estas líneas en el undécimo día desde los primeros síntomas, todavía con dolor de garganta y cierto cansancio. Todavía tomando paracetamol. Todavía con alergia a la información y sus números; esperando que el tiempo pase, que todo pase…
He vuelto a salir a mi balcón a aplaudir. A los sanitarios, por supuesto. No habrá tiempo suficiente el resto de nuestras vidas para devolver tanta entrega y dedicación. A los enfermos y sus familias y a profesionales de todo tipo de colectivos que están dando lo mejor de sí mismos.
Pero mi recuerdo más emocionado viaja cada noche al lado de todos nuestros mayores. Porque tengo la sensación de que no hemos sabido estar a la altura en esta crisis. No los hemos sabido proteger. Estamos permitiendo que se vayan solos, enfermos, en muchos casos desatendidos por falta de personal y sin esperanza. No es justo. Y es nuestra responsabilidad.
Hay que reflexionar mucho, sobre muchas cosas, cuando esto termine. Pero es vital hacer un pensamiento colectivo que nos lleve a mejorar la protección de nuestros mayores.
Matilde Bello – Periodista, una presunta enferma más
Sí, hablo del COVID19, y sí, digo presunto porque nunca me hicieron el dichoso test, pero si la doctora que me visitó dijo “lo contabilizo como positivo” quién soy yo para contradecirla.
Cuando el 14 de marzo se anunció oficialmente el Estado de Alarma, con todas las restricciones a nuestras libertades que eso supone, lo acaté sin excesivo sobresalto. Los que habitualmente trabajamos desde casa hemos adquirido cierta ortodoxia en el arte del confinamiento. Tendría que añadir a mis rutinas un poco de actividad física diaria y un mínimo de rigor alimentario. Pensé. No contaba con ser huésped involuntario del Covid19.
Los seres humanos tenemos esa soberbia tendencia a pensar que las cosas les pasan a los demás. Como fiel, convencida y responsable cumplidora de todas las pautas de distanciamiento social, y dado mi auto aislamiento habitual, no me consideraba en riesgo de contraer la enfermedad.
No sé cómo fue, ni dónde, ni a través de quién, y la verdad me importa muy poco. ¡Qué manía con la pregunta! “¿Quién te ha contagiado?” ¿Realmente importa a estas alturas?
El miércoles 18 de marzo por la noche empiezo a tener los primeros síntomas: una tos seca de aquellas de “camionero” que se dice, y que me disculpen todos ellos y ellas, que en estos momentos están haciendo una labor encomiable distribuyendo esos productos de primera necesidad.
El jueves 19 amanezco con una sensación de gripe total: dolor muscular, de garganta, de cabeza y sensación de ahogo, leve, pero muy desagradable. Me permite respirar pero es como una pinza en el pecho que impide que el aire circule con fluidez. Decido llamar al 061 pero: o las líneas están ocupadas y te piden que llames más tarde o te dejan en espera por los siglos de los siglos… Me hago el test de la App de la Generalitat de Catalunya, tengo todos los síntomas salvo la fiebre, al final me dice que soy positivo en COVID19 (ha faltado el “enhorabuena”, pienso) y que: “toca quedarse en casa, beber muchos líquidos y llamar a emergencias si se encuentra peor. ¿Quiere usted repetir el Test?” Pues no, con uno ya tengo bastante.
Los tres días siguientes los síntomas elevan la gripe a categoría de gripazo, con un colocón de cansancio como si hubiera subido al Everest a la pata coja. Voy aplacando el malestar a base de pastillazo de paracetamol. Lo peor de todo, sin duda ninguna, es la sensación de ahogo. Afortunadamente sigo sin fiebre. Sin embargo, la temperatura está desatada en las redes sociales.
Nos hemos vuelto locos compartiendo y reenviando miles de videos de todo tipo. Algunos en tono de humor, divertidos; pero muchos sobre trucos, recetas, remedios, precauciones, milagros además de bulos malintencionados que, a los enfermos, o presuntamente enfermos, nos añade una ansiedad de difícil gestión. En la tele la cacofonía es aún peor: esta es la cifra de nuevos contagios, de nuevos ingresados, de nuevos…
¿Pasaré yo a formar parte de esas cifras? No creo que sea la única que se lo haya preguntado en mi situación. Fin. Fuera whatsapp, fuera redes. Fuera tele. Ahora sí que decido aislarme de verdad. Me trago las tres temporadas de “El cuento de la criada” (que no la había visto y tenía muchas ganas) en apenas cinco días. Leer me cuesta más. No puedo concentrarme, y escribir (que se supone es lo mío) aún menos. Cuando me meriendo la temporada tres me quedo con las ganas porque resulta que lo serie no acaba ahí. ¡Qué le vamos a hacer!
Al abanico de síntomas que tengo se une, el domingo 22 de marzo, un fuerte dolor en la parte alta de la espalda y una agudización del cansancio y de la sensación de falta de aire. ¿Qué hago? Sinceramente, no sé si es peor la incertidumbre de “no saber si es Covid19”, o las certezas que cada minuto escuchas en las noticias. ¿Es razonable acudir a urgencias o estoy siendo irresponsable tal y como está la cosa? La angustia sube muchos enteros.
En fin el lunes, ante la persistencia de la disnea y el dolor de espalda acudo a las urgencias del centro de salud municipal. Mi pareja conduce. Yo viajo en el asiento trasero a la derecha con mi mascarilla. Me siento culpable. Como si llevara una bomba fétida en el bolso. Llueve a cántaros, en las calles no hay un alma y de pronto mi cerebro me envía un flash de la serie Twin Peaks. Interesante disociación. No tiene mucho sentido. Apenas vi unos capítulos. Tendré que pensar en ello cuando todo pase, espero…
En el ambulatorio habían habilitado una zona para casos de coronavirus y me atienden muy rápido y con mucha seguridad. Me hacen inmediatamente la prueba de oxígeno en sangre y luego ya me visita una doctora. Me vuelve a mirar el oxígeno, satura bien, y realiza una auscultación de posible neumonía. Al parecer está todo en orden. Tras preguntarme el tipo de síntomas y los días que llevo con ellos me dice que me contabiliza como positivo. Lo de realizar el test (ni rápido ni por fascículos) es una quimera. ¿Cómo saber si el COVID19? Le pregunto. Y me responde que su capacidad de contagio es tal que las probabilidades de coger un resfriado o una gripe común en este momento, con el bicho de por medio, es ínfima. ¡Ah, pues vale!
Bueno, certificar que mis pulmones funcionaban bien fue un subidón para mí. Regresé con mi virus a casa, dispuesta a darle una patada en el culo. Al día siguiente la doctora me llamó por teléfono, lo cual agradecí profundamente. Seguía fatal. Llevaba dos noches que apenas podía dormir porque me costaba respirar tumbada. Me dijo que la enfermedad hace el pico entre los días séptimo y décimo después de los primeros síntomas. Que volviera al centro de salud para hacerme una radiografía si notaba empeoramiento.
El miércoles 25 de marzo, una semana exacta después de los primeros síntomas, note cierta mejoría. El aire ya no era una galleta pintando su trayectoria, fluía mucho más liviano y el dolor de espalda también había disminuido. El malestar general ha ido yendo a la baja progresivamente. Escribo esto en el undécimo día, todavía con dolor de garganta y cierto cansancio. Todavía tomando paracetamol. Todavía con alergia a la información y sus números; esperando que el tiempo pase, que todo pase…
He vuelto a salir a mi balcón a aplaudir. A los sanitarios, por supuesto. No habrá tiempo suficiente el resto de nuestras vidas para devolver tanta entrega y dedicación. A los enfermos y sus familias y a profesionales de todo tipo de colectivos que están dando lo mejor de sí mismos.
Pero mi recuerdo más emocionado viaja cada noche al lado de todos nuestros mayores. Porque tengo la sensación de que no hemos sabido estar a la altura en esta crisis. No los hemos sabido proteger. Estamos permitiendo que se vayan solos, enfermos, en muchos casos desatendidos por falta de personal y sin esperanza. No es justo. Y es nuestra responsabilidad.
Hay que reflexionar mucho, sobre muchas cosas, cuando esto termine. Pero es vital hacer un pensamiento colectivo que nos lleve a mejorar la protección de nuestros mayores.
Matilde Bello – Periodista, una presunta enferma más
Ostras, que mal trago, y tienes toda la razón estamos dejando ir a una de las mejores generaciones que ha pisado este país, casi sin estudios levantaron lo que quedaba de la Guerra a base de sudor y lágrimas. Ahora muchos se están llendo solos y el resto no podemos hacer nada más que lamentarnos.
Espero que después de esto las cosas no sigan igual y haya una gran toma de conciencia.
Sí, realmente hay mucho sobre lo que pensar y, sobre todo, aprender. Si no aprendemos de lo que está pasando entonces nos mereceremos todo lo que nos pase. Por necios…
Nuevamente me emociono y esta vez con lágrimas de dolor por ti y por todos. !! Qué tristeza la incertidumbre, la impotencia y tanta soledad!!
Todos estamos en el mismo baúl a pesar de la distancia!!!
!!! Cuando pasará todo!!!
Qué agradecimiento a tantas personas que se están jugando su vida por los demás!!!
Que la fortaleza sea nuestra aliada y a los creyentes la fuerza espiritual.
Yo le pido a nuestra virgen de Madrigal su apoyo para todos los gerberos.
Un abrazo
Gracias por el ánimo. He pensado mucho estos días en nuestros mayores. Ojalá pase pronto todo y los reencuentros se conviertan en nuevos e ilusionantes comienzos. Un abrazo
Pues valla con tu doctora porque te lo tendría que haber echo por fuerza ya que en la TV se esta diciendo que solo se lo hacen a las personas con sintomas y si tu tenías la mayoría … esa tendría que perder su empleo ya que esta ensuciando la imagen del resto de sanitarios que están a topes estos días par ayudarnos porque lo que ha echo a sido una inresponsabilidad …
Espero que estés mejor y pronto te recuperes,mucho animo y mucha fuerza ^^
Disculpa si me he explicado mal. La doctora no me hizo el Test sencillamente porque no disponía de ellos. Ni para mí ni para nadie. Ten en cuenta que yo fui a las urgencias del CAP, no de un hospital. Lo cierto es que me atendió de maravilla y hoy, 30 de marzo, ha vuelto a llamarme por teléfono para ver cómo seguía. La verdad me he sentido muy arropada. Igual he sido un poco torpe al contarlo pero no quiero que haya ninguna duda sobre ella porque su conducta fue intachable. Ya estoy mucho mejor. Gracias por tu aportación. Un abrazo
Te deseo de forma incondicional una pronta recuperación.
Muchísimas gracias. Estoy en ello