Últimas palabras

por | Nov 16, 2020 | Ficción | 38 Comentarios

cómoda, habitación, espejo

Imagen Pixabay

Le pido que haga todo lo posible por mantener con vida a mi marido un poco más. Estaré allí en treinta minutos. Gracias

Cuelgo el teléfono. Elijo seda negra para enfundar mis piernas en un elegante luto. Mientras la tela va cubriendo mi piel, cientos de recuerdos inoportunos contaminan la tensa calma de la atmósfera. Trago saliva como si clavos afilados hicieran equilibrio en mi voz.

Ahora no, le digo al rostro lívido que me mira desde el espejo, y pinto en su boca algo parecido a la determinación.

Cojo las llaves del coche y enmascaro la rigidez de mi cuerpo con un abrigo que no me protege del dolor, pero lo disfraza con éxito.

La lluvia moja el mes de noviembre con un aliento húmedo que perfora los huesos, y proyecta en la luz de las farolas imágenes fantasmagóricas durante todo el trayecto hasta el hospital. El ruido de los neumáticos en la carretera se magnifica en la soledad de la madrugada. Tengo la sensación de formar parte de una mala película.

El edificio me recibe con la frialdad propia de un lugar que tiene miles de pronósticos atrapados en sus esterilizadas paredes. Hago de tripas corazón y me dejo atrapar por el silencio del ascensor que me lleva hasta la octava planta.

Enfilo el pasillo hacia la habitación 8022. Allí, apostado en la puerta, un policía de gesto inexpresivo se pone de pie en cuanto me ve llegar.

Continuará…

Desenlace aquí

cómoda, habitación, espejo

Imagen Pixabay

Le pido que haga todo lo posible por mantener con vida a mi marido un poco más. Estaré allí en treinta minutos. Gracias

Cuelgo el teléfono. Elijo seda negra para enfundar mis piernas en un elegante luto. Mientras la tela va cubriendo mi piel, cientos de recuerdos inoportunos contaminan la tensa calma de la atmósfera. Trago saliva como si clavos afilados hicieran equilibrio en mi voz.

Ahora no, le digo al rostro lívido que me mira desde el espejo, y pinto en su boca algo parecido a la determinación.

Cojo las llaves del coche y enmascaro la rigidez de mi cuerpo con un abrigo que no me protege del dolor, pero lo disfraza con éxito.

La lluvia moja el mes de noviembre con un aliento húmedo que perfora los huesos, y proyecta en la luz de las farolas imágenes fantasmagóricas durante todo el trayecto hasta el hospital. El ruido de los neumáticos en la carretera se magnifica en la soledad de la madrugada. Tengo la sensación de formar parte de una mala película.

El edificio me recibe con la frialdad propia de un lugar que tiene miles de pronósticos atrapados en sus esterilizadas paredes. Hago de tripas corazón y me dejo atrapar por el silencio del ascensor que me lleva hasta la octava planta.

Enfilo el pasillo hacia la habitación 8022. Allí, apostado en la puerta, un policía de gesto inexpresivo se pone de pie en cuanto me ve llegar.

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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