Pespuntes de memoria

por | Mar 10, 2021 | Ficción | 11 Comentarios

Pespuntes de memoria

Imagen de Oberholster Venita en Pixabay

—La clave de un buen pespunte —le explicaba a su bisnieto de ocho años— es que las puntadas sean invisibles por el derecho, y estén bien rectitas por el revés, así ¿ves?

—¿Por qué haces tantos de esos…? —preguntó Daniel, que revoloteaba por allí con varios coches en la mano.

—Porque es de las pocas cosas que aún me salen de memoria, hijo —espetó riéndose—. Y a mi edad eso es un triunfo…

Su hija Julia y su nieta Claudia la tenían siempre abastecida con agujas ya enhebradas que descansaban en el alfiletero con sus hilos amarillos, violetas, azules, naranjas…, como un arco iris desplegando vibrantes intenciones. A sus 94 años, Clara manejaba sus manos con más voluntad que tiento, pero todavía era capaz de coser con paciencia a la luz de una buena ventana. Y agosto regalaba a esas horas de la mañana una claridad extraordinaria.

—Abueli, —la abuela era la abuela, y la bisabuela era la abueli—, ¿por qué te hiciste modista? —quiso saber el niño.

—No recuerdo haber tomado yo esa decisión, hijo. Con nueve o diez años mi madre me puso un retal sobre la falda, y me dijo: ¡hala, empieza a practicar con estos botones!  A los 16 ya cortaba patrones y un poco más tarde empecé a hacer mis propios diseños. He tenido buena maña… y suerte —relataba la anciana con el empaque de quien ha sabido encontrar placer en su modo de vida.

—¿Y si hubieras podido elegir? —insistía Daniel, rodando ahora un autobús por la pared.

Clara despegó la vista del bordado en el que ya afloraban unos azules bien definidos, y fijó su mirada vidriosa en algún remoto lugar de su memoria.

—Creo que revolucionaria. Sí, eso. Revolucionaria.

Aquel 5 de agosto de 1939 el suelo del piso se quejaba con lastimeros crujidos que rebotaban en las paredes del edificio, como si de pronto fuera consciente del decadente estado en el que estaba. Por mucho que Clara caminaba de puntillas para no despertar a sus hermanos pequeños, gruñía igual que un viejo cascarrabias. Abrió las ventanas en busca de corriente, y se sentó con una docena de delantales de un restaurante con el encargo de bordar las iniciales P.B. Tenía 15 años y su madre ya decía que poseía un don para la costura.

No había terminado el segundo mandil cuando un vocerío estalló en la calle: ¡Me han matado a Julita, me han fusilado a la niña! Gritó una voz tan rota de dolor que hasta los pájaros silenciaron su culto a la mañana.

Clara ha sentido muchos escalofríos después, pero ninguno como aquel aliento helado que le quebró el ánimo. Algo tibio hormigueaba en sus dedos. Se había pinchado y el líquido viscoso serpenteaba sobre la P que acababa de bordar. Le pareció una bellísima lágrima de sangre y se preguntó por qué no podía llorar. Se llevó el dedo a la boca y pensó que el miedo era un león silencioso de sabor metálico.

Cuando la primavera apenas se estaba estrenando en Madrid su vecina y amiga Julia la había invitado a una reunión de modistillas voluntarias. Hay muchos niños huérfanos necesitados tras la guerra le había explicado a su madre, que no opuso resistencia. Aquella tarde Clara escuchó por primera vez proclamas a favor de la libertad mientras zurcía calcetines. Y por primera vez se despertó en ella una conciencia difícil de ignorar. Quiso acompañarla otras veces, sentir de nuevo esa sensación poderosa de formar parte de algo importante, pero Julia decía que habría tiempo, que era muy joven y que poco a poco. Dos meses después Julia fue detenida en casa mientras cosía, y ahora estaba muerta.

—¿Qué es revolucionaria abueli? —preguntó su bisnieto.

—Es alguien que quiere cambiar las cosas para vivir mejor.

—Mamá dice que se ha divorciado de papá por eso —resumió el niño.

—Bueno…., un revolucionario busca que mejoren las cosas de mucha gente. Es un pelín diferente.

—¿Y por qué no lo fuiste?

—Por miedo, Daniel. Por miedo.

Durante meses Clara vivió amedrentada. Temía ser descubierta en falta de pensamiento por haber deseado ser como Julia. Llegó a soñar que la fusilaban en la tapia del cementerio del Este. Pero el destino regateó ese lance y el tiempo mitigó su recelo. Con 20 años, su propio taller de costura en marcha, y a punto de casarse, se encontró un día con la madre de Julia: voy a comprar unas flores para mi niña, mañana se cumplen cinco años y si no me acuerdo yo, no se acuerda nadie.

Fue entonces cuando Clara se reprochó su desmemoria y se preguntó por aquella conciencia que apenas se atrevió a asomar un día por el dobladillo de su carácter. Volvió a saborear el miedo en su lengua, pero tuvo una idea que le pareció inofensiva.

Llevaba días trabajando en el diseño de una imagen para su taller. Sin éxito. Empezó a trazar en un papel un ramillete de nomeolvides, hasta trece, y lo coloreó: 12 en azul eléctrico y uno en tono malva por su amiga. Luego trasladó el boceto a un retal de lino de un blanco impoluto, y bordó aquel ramillete de flores por dos veces. Una de las piezas la llevó al cementerio, la puso con las flores de la madre de Julia. La otra la enmarcó en un cuadrito que colocó en la fachada bajo el nombre “Taller de Clara”.

Su hija Julia lo añadió como membrete de las facturas, si es alegre resulta más fácil pagar, decía, y su nieta Claudia, actual directora de un negocio con 14 empleados, lo incorporó ya como logotipo a todo el etiquetado de la ropa. Clara se encarga de bordarlo a mano para prendas seleccionadas, “ediciones limitadas”, lo llama su nieta; pero cada 5 de agosto siempre crea su ramillete especial para la familia.

—¿Qué te parece, Daniel? —preguntó satisfecha.

—Pues como siempre…—espeta el niño.

—Exacto, son las mismas nomeolvides de siempre….

 

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Pespuntes de memoria

Imagen de Oberholster Venita en Pixabay

—La clave de un buen pespunte —le explicaba a su bisnieto de ocho años— es que las puntadas sean invisibles por el derecho, y estén bien rectitas por el revés, así ¿ves?

—¿Por qué haces tantos de esos…? —preguntó Daniel, que revoloteaba por allí con varios coches en la mano.

—Porque es de las pocas cosas que aún me salen de memoria, hijo —espetó riéndose—. Y a mi edad eso es un triunfo…

Su hija Julia y su nieta Claudia la tenían siempre abastecida con agujas ya enhebradas que descansaban en el alfiletero con sus hilos amarillos, violetas, azules, naranjas…, como un arco iris desplegando vibrantes intenciones. A sus 94 años, Clara manejaba sus manos con más voluntad que tiento, pero todavía era capaz de coser con paciencia a la luz de una buena ventana. Y agosto regalaba a esas horas de la mañana una claridad extraordinaria.

—Abueli, —la abuela era la abuela, y la bisabuela era la abueli—, ¿por qué te hiciste modista? —quiso saber el niño.

—No recuerdo haber tomado yo esa decisión, hijo. Con nueve o diez años mi madre me puso un retal sobre la falda, y me dijo: ¡hala, empieza a practicar con estos botones!  A los 16 ya cortaba patrones y un poco más tarde empecé a hacer mis propios diseños. He tenido buena maña… y suerte —relataba la anciana con el empaque de quien ha sabido encontrar placer en su modo de vida.

—¿Y si hubieras podido elegir? —insistía Daniel, rodando ahora un autobús por la pared.

Clara despegó la vista del bordado en el que ya afloraban unos azules bien definidos, y fijó su mirada vidriosa en algún remoto lugar de su memoria.

—Creo que revolucionaria. Sí, eso. Revolucionaria.

Aquel 5 de agosto de 1939 el suelo del piso se quejaba con lastimeros crujidos que rebotaban en las paredes del edificio, como si de pronto fuera consciente del decadente estado en el que estaba. Por mucho que Clara caminaba de puntillas para no despertar a sus hermanos pequeños, gruñía igual que un viejo cascarrabias. Abrió las ventanas en busca de corriente, y se sentó con una docena de delantales de un restaurante con el encargo de bordar las iniciales P.B. Tenía 15 años y su madre ya decía que poseía un don para la costura.

No había terminado el segundo mandil cuando un vocerío estalló en la calle: ¡Me han matado a Julita, me han fusilado a la niña! Gritó una voz tan rota de dolor que hasta los pájaros silenciaron su culto a la mañana.

Clara ha sentido muchos escalofríos después, pero ninguno como aquel aliento helado que le quebró el ánimo. Algo tibio hormigueaba en sus dedos. Se había pinchado y el líquido viscoso serpenteaba sobre la P que acababa de bordar. Le pareció una bellísima lágrima de sangre y se preguntó por qué no podía llorar. Se llevó el dedo a la boca y pensó que el miedo era un león silencioso de sabor metálico.

Cuando la primavera apenas se estaba estrenando en Madrid su vecina y amiga Julia la había invitado a una reunión de modistillas voluntarias. Hay muchos niños huérfanos necesitados tras la guerra le había explicado a su madre, que no opuso resistencia. Aquella tarde Clara escuchó por primera vez proclamas a favor de la libertad mientras zurcía calcetines. Y por primera vez se despertó en ella una conciencia difícil de ignorar. Quiso acompañarla otras veces, sentir de nuevo esa sensación poderosa de formar parte de algo importante, pero Julia decía que habría tiempo, que era muy joven y que poco a poco. Dos meses después Julia fue detenida en casa mientras cosía, y ahora estaba muerta.

—¿Qué es revolucionaria abueli? —preguntó su bisnieto.

—Es alguien que quiere cambiar las cosas para vivir mejor.

—Mamá dice que se ha divorciado de papá por eso —resumió el niño.

—Bueno…., un revolucionario busca que mejoren las cosas de mucha gente. Es un pelín diferente.

—¿Y por qué no lo fuiste?

—Por miedo, Daniel. Por miedo.

Durante meses Clara vivió amedrentada. Temía ser descubierta en falta de pensamiento por haber deseado ser como Julia. Llegó a soñar que la fusilaban en la tapia del cementerio del Este. Pero el destino regateó ese lance y el tiempo mitigó su recelo. Con 20 años, su propio taller de costura en marcha, y a punto de casarse, se encontró un día con la madre de Julia: voy a comprar unas flores para mi niña, mañana se cumplen cinco años y si no me acuerdo yo, no se acuerda nadie.

Fue entonces cuando Clara se reprochó su desmemoria y se preguntó por aquella conciencia que apenas se atrevió a asomar un día por el dobladillo de su carácter. Volvió a saborear el miedo en su lengua, pero tuvo una idea que le pareció inofensiva.

Llevaba días trabajando en el diseño de una imagen para su taller. Sin éxito. Empezó a trazar en un papel un ramillete de nomeolvides, hasta trece, y lo coloreó: 12 en azul eléctrico y uno en tono malva por su amiga. Luego trasladó el boceto a un retal de lino de un blanco impoluto, y bordó aquel ramillete de flores por dos veces. Una de las piezas la llevó al cementerio, la puso con las flores de la madre de Julia. La otra la enmarcó en un cuadrito que colocó en la fachada bajo el nombre “Taller de Clara”.

Su hija Julia lo añadió como membrete de las facturas, si es alegre resulta más fácil pagar, decía, y su nieta Claudia, actual directora de un negocio con 14 empleados, lo incorporó ya como logotipo a todo el etiquetado de la ropa. Clara se encarga de bordarlo a mano para prendas seleccionadas, “ediciones limitadas”, lo llama su nieta; pero cada 5 de agosto siempre crea su ramillete especial para la familia.

—¿Qué te parece, Daniel? —preguntó satisfecha.

—Pues como siempre…—espeta el niño.

—Exacto, son las mismas nomeolvides de siempre….

 

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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