Todo puede empeorar
Retrato de la imperfección humana, de ese patetismo tan nuestro que fotografiado bajo la técnica del absurdo y con una pluma bien dotada para el despiporre, da como resultado un apoteósico desmadre trágico cómico de insuperable factura. Ahora que intente algo parecido la IA, ¡Keno!
He aquí una obra de personajes, cuatro, que tienen la habilidad de distinguirse por su explícita mezquindad, por exhibirse en su esperpéntica hipérbole de circunstancias presumiendo de sus más ruinosos instintos.
Pedro, buen matrimonio y buen trabajo que abandona por sus ínfulas de dios menor para emprender por cuenta propia. La caga. «Ligón sin parangón, follador de salón, profeta del amor» se cree digno de todos los parabienes del universo por listo y por guapo. Partida de pecho en mi primer encuentro con él. Palabra.
Loreléi, divorciada, dos hijos que la ignoran, urraca de mala madre, resentida, resabiada, amargada, torturada y jefa de una empresa con más dinero que el de los coches Tesla. A veces la escupes y otras dices, ¡ole tus ovarios!
Ferrán, soltero, hermano de la anterior, idiota convencido sin más atributos que una billetera abultada para saciar sus vicios y romper el récord de estupideces diarias. Te mata a reír. En la escena Drag Queen también quise ser la reina de su carroza.
Angie, madre soltera, argentina y psicóloga (claro) aunque trabaja de camarera. Buenorra a más no poder y con el lazo ya puesto sobre el cuello de Ferrán como irrenunciable seguro de vida. La menos graciosa, pero claro es una diosa sexual, todo no puede ser.
En el enredo, la ecuación dinero y amor nos lleva a uno de los relatos más delirantes que he leído jamás, ejecutado con brillante puesta en escena por parte de Joaquín del Palacio a través de sus cuatro personajes y narradores. El autor va saltando de uno a otro mientras se cuece el embrollo y, de paso, se ceba en lo que nos corroe y nos hace perversos, imbéciles, interesados, codiciosos, destructivos, violentos, egoístas, envidiosos, ególatras… Es una lupa inmisericorde sobre todo lo aberrante y sucio de cada protagonista, pero en medio de tanta ratería hay pequeñas concesiones que observamos en la ingenuidad de Pedro; la soledad de Loreléi; la ternura de Ferrán o la resistencia de Angie. Y aquí es donde nos reconcilia con el ser humano y consigue lo más difícil, que nos veamos retratados en ellos.
Narrada con una prosa exquisita que fluye con una naturalidad pasmosa teniendo en cuenta las extravagancias que se cuentan, la novela se mastica en dos ratos, porque es adictiva, divertida y muy original. Un enredo bien parido y mejor contado, una crónica del esperpento elevada a su máxima expresión con esa agradecida doble lectura que te permite interpretaciones más allá de lo que queda en la superficie.
¡Muy recomendable!
@tintindelpalacio Me tragué el trampantojo.
Retrato de la imperfección humana, de ese patetismo tan nuestro que fotografiado bajo la técnica del absurdo y con una pluma bien dotada para el despiporre, da como resultado un apoteósico desmadre trágico cómico de insuperable factura. Ahora que intente algo parecido la IA, ¡Keno!
He aquí una obra de personajes, cuatro, que tienen la habilidad de distinguirse por su explícita mezquindad, por exhibirse en su esperpéntica hipérbole de circunstancias presumiendo de sus más ruinosos instintos.
Pedro, buen matrimonio y buen trabajo que abandona por sus ínfulas de dios menor para emprender por cuenta propia. La caga. «Ligón sin parangón, follador de salón, profeta del amor» se cree digno de todos los parabienes del universo por listo y por guapo. Partida de pecho en mi primer encuentro con él. Palabra.
Loreléi, divorciada, dos hijos que la ignoran, urraca de mala madre, resentida, resabiada, amargada, torturada y jefa de una empresa con más dinero que el de los coches Tesla. A veces la escupes y otras dices, ¡ole tus ovarios!
Ferrán, soltero, hermano de la anterior, idiota convencido sin más atributos que una billetera abultada para saciar sus vicios y romper el récord de estupideces diarias. Te mata a reír. En la escena Drag Queen también quise ser la reina de su carroza.
Angie, madre soltera, argentina y psicóloga (claro) aunque trabaja de camarera. Buenorra a más no poder y con el lazo ya puesto sobre el cuello de Ferrán como irrenunciable seguro de vida. La menos graciosa, pero claro es una diosa sexual, todo no puede ser.
En el enredo, la ecuación dinero y amor nos lleva a uno de los relatos más delirantes que he leído jamás, ejecutado con brillante puesta en escena por parte de Joaquín del Palacio a través de sus cuatro personajes y narradores. El autor va saltando de uno a otro mientras se cuece el embrollo y, de paso, se ceba en lo que nos corroe y nos hace perversos, imbéciles, interesados, codiciosos, destructivos, violentos, egoístas, envidiosos, ególatras… Es una lupa inmisericorde sobre todo lo aberrante y sucio de cada protagonista, pero en medio de tanta ratería hay pequeñas concesiones que observamos en la ingenuidad de Pedro; la soledad de Loreléi; la ternura de Ferrán o la resistencia de Angie. Y aquí es donde nos reconcilia con el ser humano y consigue lo más difícil, que nos veamos retratados en ellos.
Narrada con una prosa exquisita que fluye con una naturalidad pasmosa teniendo en cuenta las extravagancias que se cuentan, la novela se mastica en dos ratos, porque es adictiva, divertida y muy original. Un enredo bien parido y mejor contado, una crónica del esperpento elevada a su máxima expresión con esa agradecida doble lectura que te permite interpretaciones más allá de lo que queda en la superficie.
¡Muy recomendable!
@tintindelpalacio Me tragué el trampantojo.

