Lo que daría por unos huevos….

por | Abr 16, 2020 | Ficción | 8 Comentarios

Alexas_Fotos en Pixabay

-Mamá, ¿te apetece arroz para comer?

Guillermina oservaba desde su ventana el silencio de aquella ciudad que dormía ya muchos, demasiados días de confinamiento. O tal vez no, tal vez la calle solo era un lienzo abandonado sobre el que ella pintaba sus enredados recuerdos.  Sea como fuere, no contestó a su hijo.

Son muchos días encerrados –pensó Luis.  Su madre estaba acostumbrada a pasear a diario junto a la insustituible Catalina. Aquella ecuatoriana dulce y resuelta, con dosis inalcanzables de paciencia, manejaba a Guillermina con mucha más mano izquierda que él. Ni cuando la lenguaraz verborrea de su madre escupía algún que otro improperio sobre la familia de Catalina se alteraba su magnánima  forma de tratarla. “A veces hay que saber cerrar los oídos” decía con aquella loable condescendencia.

-¿No me respondes, mamá? –Insistió Luis intentando sacarla de su mutismo-. Mira que con suerte podría hacer hasta unos huevos fritos –y buscó una reacción sabiendo que para ella, ese sencillo plato, era manjar de dioses.

El sonido agudo del timbre rompió la calma de aquella mañana en casa de los Salcedo y, Guillermina, no se sabe si por la obstinada forma de llamar, o porque su cuerpo de 83 años no vivía el mismo ostracismo que su mente, salió de su ensimismamiento. Se levantó y se dirigió a la puerta respondiendo a muchos años de práctica. Luis cogió la cartera. Había hecho la compra por Internet.

-¿Dónde dejo las bolsas? –Preguntó un joven pelirrojo de no más de veinte años tras una mascarilla.

-¿Qué? –Aulló Guillermina sobre el hombro de Luis- ¿Y tú quién eres? ¿Qué traes ahí?  ¡No serás el mozo de la Paquita! ¡A que van a ser las cenizas del Dionisio! ¡Pobre Doña Leonor! ¡Dos años lleva buscando los restos de su hombre! A la desgraciada le cogió un mal dolor de cabeza y nunca más se supo del liquidado, perdió el botijo –Informó a Luis-. ¡Fíjate que llegué a pensar que se las había bebido con la tisana! Cada día unas poquitas, para lavar bien el estómago. Y mira quién las tenía…

¡Valiente sinvergüenza! –Dijo sin casi coger aire y mirando ahora al desconcertado chico, que no sabía si estaba en algún programa de esos de cámara oculta o, el confinamiento, definitivamente, estaba pasando factura a la población-. Pues mira, le llevas las reliquias a tu señor padre, y si no, a tu santa madre, si sigue viva la Paquita y no la has degollado. ¡Ya has tenido mala suerte, hijo, de nacer con su mismo pelo del demonio! –Y terminó el soliloquio cruzando los brazos sobre ese recio carácter que a veces despertaba con la fuerza de un huracán.

-¿Pero qué dice, señora? –Reaccionó el muchacho al fin sin estar seguro si entre tanta cháchara había sido insultado o no.

-Disculpa a mi madre –intervino Luis boquiabierto tras semejante exhibición de oratoria -. Tiene Alzheimer y a veces… divaga. Puedes dejarlas en la cocina. Gracias

-Alfonso, ¡me cagüen tos tus muertos! –Bramó ella furiosa confundiendo al hijo con el marido ya difunto- ¡Cómo se puede ser tan revenido! ¡No ves que va encupachado! No busca nada bueno. ¡Hasta guantes lleva! Va a esparcir al Dionisio por la alfombra y tú encima le invitas a café. ¡Me está bien empleado, por acabar con un inútil! –Vociferó.

-Es el chico del supermercado. Nos trae los huevos –dijo resignado intentando calmarla.

-¡Huevos los que a ti te faltan, capullito de alhelí! –Ironizó con sorna y mala leche-. ¿Pero por qué no me casaría yo con el Isidoro? Aquel lechuguino con sus camisas pistacho y olor a pachuli era algo feo; bueno, muy feo; ¡menudo narizón le regaló Dios! –Rememoró y se santiguó al mismo tiempo- Pero oye, acabó médico. ¡De qué me sirve a mí este querubín incapaz de hacer frente a un bribón que quiere meter sus piojos en mi casa!

¡A tomar por culo, ya está dentro! –Berreó Guillermina con una energía impropia de su edad cuando el chico dejaba las bolsas en la encimera.

-¡Para haber estado toda la mañana en silencio tienes la lengua bien vigorosa eh mamá! –Bufó su hijo mientras pagaba al chico que aguantó estoicamente aquel vendaval de quien, a primera vista, tenía el aspecto de una ancianita adorable.

Tras aquel episodio Luis consiguió entretener a su madre con el catálogo que el muchacho había traído del supermercado. Guillermina no era mujer de literatura, o eso murmuraba cuando acusaba a su marido de estar amansado y tener el “seso sorbido” por ¡tanto diario, tanto diario! Rezongaba, como si leer fuera un pecado.

Quedarse huérfana de madre con 13 años y cuatro polluelos menores a su cargo no facilitó que ella se preguntara nunca qué quería ser en la vida. Bastante tenía con lo que debía hacer. Mientras su padre se deslomaba en el campo ella había aprendido a hacer magia para criar a sus hermanos y tener comida caliente cada día. ¡Eso sí fue un aprendizaje! –Renegaba cuando la pusilánime naturaleza de Alfonso la sacaba de quicio.

En la escuela estuvo lo justo para escapar de la estadística de analfabetos. Así que no, no era muy aficionada a las letras. Pero un día de esos que su marido consumía el tiempo tras el periódico, ya emancipado Luis, y sin saber por qué, se puso a hojear la publicidad del buzón. Y lo que empezó como una curiosidad casual se convirtió en un pasatiempo obsesivo que perduró en el tiempo.

-Alfonso, los callos esta semana imposible, carísimos. Las peras limoneras no están mal. Estoy preocupada por el chico –mencionó sin leer realmente nada y mezclando un tema con otro mientras seguía hablando al hijo como si fuera el marido muerto.

-¿Qué chico? –Preguntó Luis sin demasiado interés.

-¡Qué chico va a ser! El que me hiciste una semana antes de la boda en el pajar junto a los cochinos. ¿Te doy más pistas? ¡No vayas a pensar mucho! Te dejé hacer por ver si bajo esa piel de oveja había un hombre –Resopló sin apartar los ojos del catálogo y dejando estupefacto a su hijo, que no supo si seguir el hilo por la anécdota del pajar o…

-¿Qué es lo que te preocupa? –Optó por indagar sobre lo último.

-Creo que Luis no es feliz con ella –Reflexionó, despertando totalmente el interés de Luis.

-¿Por qué lo crees? –Le siguió el juego, sabiendo que hablaba de su exmujer.

-Porque nos llama muy a menudo.  ¡Ay Alfonso, a mí me deslumbra el sol y tú sigues embobado por la luna! –Dijo negando con la cabeza como si no tuviera remedio-. Cuando el chico está bien apenas se acuerda de nosotros. Tal vez deberías hablar con él.

Luis recordó aquellas llamadas meses antes de su divorcio, cuando la tensión en casa era un campo de minas que él sorteaba con sufrido aguante para evitar la explosión. No tenían afectos a los que amarrar su matrimonio porque los habían ido arrinconando con una indiferencia despótica que se adueñó de la convivencia.  No había nada que salvar, solo una hija que proteger. Así que la infidelidad solo fue la chispa para que todo saltara por los aires aquella noche aciaga en que, palabras largamente silenciadas, salieran como proyectiles por ambos bandos derribándose mutuamente. Luis hizo las maletas, se presentó en casa de sus padres y resolvió su divorcio por la vía de urgencia.

-Hablaré con él. No debes preocuparte –dijo Luis conmovido al descubrir que su madre había intuido el fracaso de su matrimonio casi antes que él.

-Bien –respondió Guillermina sin despegar la vista de la propaganda fucsia sobre la que seguía susurrando incoherencias.

Luis no salía de su asombro. A medida que su madre se desdibujaba es esa ciénaga despiadada en la que nadaba su memoria, la enfermedad le abría puertas en su personalidad absolutamente desconocidas que le llevaban a una Guillermina genuina y entrañable. Se levantó, la rodeó con los brazos por detrás de la silla y dejó un tierno beso sobre aquel cabello de plata que todavía despedía el olor del champú de fresa con el que la había aseado por la mañana.

-¡No seas zalamero Alfonso, que te veo venir! Mira, tenemos de oferta los huevos. ¡Lo que daría yo ahora mismo por un par de huevos…!

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa

Alexas_Fotos en Pixabay

-Mamá, ¿te apetece arroz para comer?

Guillermina oservaba desde su ventana el silencio de aquella ciudad que dormía ya muchos, demasiados días de confinamiento. O tal vez no, tal vez la calle solo era un lienzo abandonado sobre el que ella pintaba sus enredados recuerdos.  Sea como fuere, no contestó a su hijo.

Son muchos días encerrados –pensó Luis.  Su madre estaba acostumbrada a pasear a diario junto a la insustituible Catalina. Aquella ecuatoriana dulce y resuelta, con dosis inalcanzables de paciencia, manejaba a Guillermina con mucha más mano izquierda que él. Ni cuando la lenguaraz verborrea de su madre escupía algún que otro improperio sobre la familia de Catalina se alteraba su magnánima  forma de tratarla. “A veces hay que saber cerrar los oídos” decía con aquella loable condescendencia.

-¿No me respondes, mamá? –Insistió Luis intentando sacarla de su mutismo-. Mira que con suerte podría hacer hasta unos huevos fritos –y buscó una reacción sabiendo que para ella, ese sencillo plato, era manjar de dioses.

El sonido agudo del timbre rompió la calma de aquella mañana en casa de los Salcedo y, Guillermina, no se sabe si por la obstinada forma de llamar, o porque su cuerpo de 83 años no vivía el mismo ostracismo que su mente, salió de su ensimismamiento. Se levantó y se dirigió a la puerta respondiendo a muchos años de práctica. Luis cogió la cartera. Había hecho la compra por Internet.

-¿Dónde dejo las bolsas? –Preguntó un joven pelirrojo de no más de veinte años tras una mascarilla.

-¿Qué? –Aulló Guillermina sobre el hombro de Luis- ¿Y tú quién eres? ¿Qué traes ahí?  ¡No serás el mozo de la Paquita! ¡A que van a ser las cenizas del Dionisio! ¡Pobre Doña Leonor! ¡Dos años lleva buscando los restos de su hombre! A la desgraciada le cogió un mal dolor de cabeza y nunca más se supo del liquidado, perdió el botijo –Informó a Luis-. ¡Fíjate que llegué a pensar que se las había bebido con la tisana! Cada día unas poquitas, para lavar bien el estómago. Y mira quién las tenía…

¡Valiente sinvergüenza! –Dijo sin casi coger aire y mirando ahora al desconcertado chico que no sabía si estaba en algún programa de esos de cámara oculta o, el confinamiento, definitivamente, estaba pasando factura a la población-. Pues mira, le llevas las reliquias a tu señor padre, y si no, a tu santa madre, si sigue viva la Paquita y no la has degollado. ¡Ya has tenido mala suerte, hijo, de nacer con su mismo pelo del demonio! –Y terminó el soliloquio cruzando los brazos sobre ese recio carácter que a veces despertaba con la fuerza de un huracán.

-¿Pero qué dice, señora? –Reaccionó el muchacho al fin sin estar seguro si entre tanta cháchara había sido insultado o no.

-Disculpa a mi madre –intervino Luis boquiabierto tras semejante exhibición de oratoria -. Tiene Alzheimer y a veces… divaga. Puedes dejarlas en la cocina. Gracias

-Alfonso, ¡me cagüen tos tus muertos! –Bramó ella furiosa confundiendo al hijo con el marido ya difunto- ¡Cómo se puede ser tan revenido! ¡No ves que va encupachado! No busca nada bueno. ¡Hasta guantes lleva! Va a esparcir al Dionisio por la alfombra y tú encima le invitas a café. ¡Me está bien empleado, por acabar con un inútil! –Vociferó.

-Es el chico del supermercado. Nos trae los huevos –dijo resignado intentando calmarla.

-¡Huevos los que a ti te faltan, capullito de alhelí! –Ironizó con sorna y mala leche-. ¿Pero por qué no me casaría yo con el Isidoro? Aquel lechuguino con sus camisas pistacho y olor a pachuli era algo feo; bueno, muy feo; ¡menudo narizón le regaló Dios! –Rememoró y se santiguó al mismo tiempo- Pero oye, acabó médico. ¡De qué me sirve a mí este querubín incapaz de hacer frente a un bribón que quiere meter sus piojos en mi casa!

¡A tomar por culo, ya está dentro! –Berreó Guillermina con una energía impropia de su edad cuando el chico dejaba las bolsas en la encimera.

-¡Para haber estado toda la mañana en silencio tienes la lengua bien vigorosa eh mamá! –Bufó su hijo mientras pagaba al chico que aguantó estoicamente aquel vendaval de quien, a primera vista, tenía el aspecto de una ancianita adorable.

Tras aquel episodio Luis consiguió entretener a su madre con el catálogo que el muchacho había traído del supermercado. Guillermina no era mujer de literatura, o eso murmuraba cuando acusaba a su marido de estar amansado y tener el “seso sorbido” por ¡tanto diario, tanto diario! Rezongaba, como si leer fuera un pecado.

Quedarse huérfana de madre con 13 años y cuatro polluelos menores a su cargo no facilitó que ella se preguntara nunca qué quería ser en la vida. Bastante tenía con lo que debía hacer. Mientras su padre se deslomaba en el campo ella había aprendido a hacer magia para criar a sus hermanos y tener comida caliente cada día. ¡Eso sí fue un aprendizaje! –Renegaba cuando la pusilánime naturaleza de Alfonso la sacaba de quicio.

En la escuela estuvo lo justo para escapar de la estadística de analfabetos. Así que no, no era muy aficionada a las letras. Pero un día de esos que su marido consumía el tiempo tras el periódico, ya emancipado Luis, y sin saber por qué, se puso a hojear la publicidad del buzón. Y lo que empezó como una curiosidad casual se convirtió en un pasatiempo obsesivo que perduró en el tiempo.

-Alfonso, los callos esta semana imposible, carísimos. Las peras limoneras no están mal. Estoy preocupada por el chico –mencionó sin leer realmente nada y mezclando un tema con otro mientras seguía hablando al hijo como si fuera el marido muerto.

-¿Qué chico? –Preguntó Luis sin demasiado interés.

-¡Qué chico va a ser! El que me hiciste una semana antes de la boda en el pajar junto a los cochinos. ¿Te doy más pistas? Creo que quise asegurarme de que bajo esa mansa piel de oveja había un hombre –Resopló sin apartar los ojos del catálogo y dejando estupefacto a su hijo, que no supo si seguir el hilo por la anécdota del pajar o…

-¿Qué es lo que te preocupa? –Optó por indagar sobre lo último.

-Creo que Luis no es feliz con ella –Reflexionó, despertando totalmente el interés de Luis.

-¿Por qué lo crees? –Le siguió el juego, sabiendo que hablaba de su exmujer.

-Porque nos llama muy a menudo.  ¡Ay Alfonso, a mí me deslumbra el sol y tú sigues embobado por la luna! –Dijo negando con la cabeza como si no tuviera remedio-. Cuando el chico está bien apenas se acuerda de nosotros. Tal vez deberías hablar con él.

Luis recordó aquellas llamadas meses antes de su divorcio, cuando la tensión en casa era un campo de minas que él sorteaba con sufrido aguante para evitar la explosión. No tenían afectos a los que amarrar su matrimonio porque los habían ido arrinconando con una indiferencia despótica que se adueñó de la convivencia.  No había nada que salvar, solo una hija que proteger. Así que la infidelidad solo fue la chispa para que todo saltara por los aires aquella noche aciaga en que, palabras largamente silenciadas, salieran como proyectiles por ambos bandos derribándose mutuamente. Luis hizo las maletas, se presentó en casa de sus padres y resolvió su divorcio por la vía de urgencia.

-Hablaré con él. No debes preocuparte –dijo Luis conmovido al descubrir que su madre había intuido el fracaso de su matrimonio casi antes que él.

-Bien –respondió Guillermina sin despegar la vista de la propaganda fucsia sobre la que seguía susurrando incoherencias.

Luis no salía de su asombro. A medida que su madre se desdibujaba es esa ciénaga despiadada en la que nadaba su memoria, la enfermedad le abría puertas en su personalidad absolutamente desconocidas que le llevaban a una Guillermina genuina y entrañable. Se levantó, la rodeó con los brazos por detrás de la silla y dejó un tierno beso sobre aquel cabello de plata que todavía despedía el olor del champú de fresa con el que la había aseado por la mañana.

-¡No seas zalamero Alfonso, que te veo venir! Mira, tenemos de oferta los huevos. ¡Lo que daría yo ahora mismo por un par de huevos…!

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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