¿Por qué no te lo pones tú…?

por | Abr 23, 2020 | Ficción | 4 Comentarios

Fotos en Pixabay

Lo que se temía Luis, al final, sucedió. No sabía si a consecuencia de tantos días de confinamiento o, simplemente, porque tenía que pasar. Guillermina había amanecido mojada. Era la primera vez.

Hasta ahora el Alzheimer estaba oscureciendo la memoria de su madre como un largo ocaso sobre el mar, con aquellos destellos de insólita clarividencia, especialmente fértiles si se inspiraban en sus años más pretéritos. A nivel físico, sin embargo, gozaba de una fortaleza admirable y, salvo desorientaciones normales propias de la enfermedad, era bastante autónoma. Pero ya se lo había advertido la doctora: “Estos enfermos pueden manifestar empeoramientos bruscos si se alteran sus pautas”, y Guillermina llevaba ya 33 días sin salir de casa. Sin aire fresco. Sin esos paseos que revitalizaban su cuerpo, su mente y su espíritu.

Luis había tenido la precaución de proveerse de pañales por si su madre perdía el control de los esfínteres durante el encierro en casa.

-Mamá, vamos a empezar a usar esto –dijo sin querer mencionar la palabra pañal, y en plural, para suavizar el tema.

-¡Luisiiiiiito! ¡Cuánto tiempo sin verte! Justo le estaba diciendo a tu padre que hacía mucho que no sabíamos de ti –exclamó Guillermina estampando dos grandes y sonoros besos en la mejilla derecha de su hijo -.  ¿Te vas a quedar a comer, cariño?

-Claro, mamá. Pero antes debes ponerte esto –insistió.

-¿Y eso qué es? Parecen los calzones de tu abuelo Faustino.  ¿Tengo pinta de parecerme a tu abuelo, hijo, o es que te ha dado un mal aire? –Refunfuñó dispuesta a poner resistencia.

-Ni bueno ni malo, mamá. Hace mucho que no me da ningún tipo de aire –contestó Luis de forma impulsiva.

-¿Y eso por qué? ¿Te ha vuelto a castigar la bruja mano largaesa que tienes en el cole? –le siguió la conversación ella volviendo a sus tiempos de estudiante.

-A ver, mamá, céntrate. Déjame ayudarte a ponerte esta braga pañal, ¿de acuerdo? Sirve para que no tengas que preocuparte si se te escapa la orina –probó una vez más, paciente.

 

-Mira Luisito, ¡Como se te ocurra tocarme con eso llamo a la Guardia Civil! ¿Lo has entendido o te lo explico haciendo gimnasia? ¡Quita eso de mi vista o agarro el bastón y te abro la sesera! –Y aunque empezó con un tono sereno acabó la frase gritando y con la cara desencajada-. ¡Para que lo sepas, tengo bragas y enaguas para mí, para la vecina del quinto, para la Renata esa lenguafloja  –una novia que Luis tuvo hace años- y para todo el pueblo de “Ojeteperdido”! –bramó Guillermina recuperando el tozudo carácter de siempre, con la imaginativa y blasfema lengua de la actualidad.

-¡Pero mira que eres cabezota, madre! –Graznó ya desesperado Luis-.  ¿Quieres ir dejando el rastro del pipi por todo el piso?

-Como si dejo señales de humo. ¡A ti qué te importa, es mi casa! ¿Por qué no te lo pones tú, botarate, ya que te hace tanta ilusión? –Rezongó sin amedrentarse.

-¿Quieres que me lo ponga yo? ¿Así te vas a tranquilizar? Pues venga  –Interpeló él y se ajustó el pañal por encima de su pantalón vaquero dejando una estampa para la posteridad.

-¿Ves? –Señaló el artilugio- Ya está puesto. ¡Fácil! Estoy tan trastornado como ella –Pensó.

Su madre se lo quedó mirando un instante de arriba abajo, como si enfrente tuviera al espíritu de Toro Sentado,  o del mismísimo abuelo Faustino, hasta que una horda de insultos salió incontenible de sus labios:

-¡Guuuaaaarro! Decía mi padre que “hombre que se mea en las botas no sirve para las mozas”. ¡Valiente desgracia la tuya: calvo, sordo y además te meas encima! –La sordera era un atributo de su padre, pero qué más daba-. ¡Te falta el gorro de obispo para ir derechito al seminario! ¡Serás bobo!

-Está bien, mamá –se rindió Luis-. Dejemos el pañal para otro día –se lo quitó y lo abandonó en la silla de su habitación.

No entres en bucle. Se decía Luis a sí mismo. Así que desistió del tema; a su madre se le pasó el berrinche y, curiosamente, él se trasladó al tiempo en que su hija Andrea, con cinco años, todavía usaba el pañal nocturno. “Un día dejará de mojar la cama. No la presionéis…” les había dicho el especialista al que consultaron. Pero la niña se cansó de esperar a que todo sucediera espontáneamente. Sus amigas tenían planes de dormir juntas, y no iba a fastidiarlos ella solo por tener una naturaleza “tardía”. En cierto modo, pensaba Luis, su hija siempre había manifestado la misma determinación de carácter que su abuela Guillermina. Así que un día le pidió a su padre que la despertara de madrugada para ir al baño y, aunque no dio resultado la primera, ni la segunda noche, a la tercera lo logró, y su hija se liberó del pañal. 
No podía creer que ya tuviera 18 años.

La barrera física que provocó el divorcio al principio fue construyendo un silencioso distanciamiento entre padre e hija que, con el tiempo, especialmente cuando Andrea ya fue adolescente, acabó en un estado de complacencia por el que transitaban aquellas correctas visitas de cortesía desprovistas de emoción. Luis sabía que él era responsable de esa falta de confianza.  En estos días de aislamiento se había dado cuenta de dos cosas importantes: una era que se había acercado a su madre más de lo que había hecho en toda su vida; la otra, directamente relacionada, era que no quería seguir siendo un desconocido para su propia su hija.

-Mamá, vamos a llamar a Andrea. Ven aquí conmigo –informó a su madre.

-¿A quién? –Respondió Guillermina despistada.

-A tu nieta, mamá. Vamos a hacer una video llamada a tu nieta Andrea. Siéntate aquí y mira esta pantalla –le explicó mientras sonaba el tono-. La niña mantenía una relación más estrecha con Guillermina, cuyo carácter experimentaba una notable dulcificación en su presencia, que con él mismo. Los veranos en el pueblo habían creado una especie de código de entendimiento entre ellas que, lamentablemente, se interrumpió al manifestarse el Alzheimer.

-¡Abuela, qué alegría verte! Tienes muy buen aspecto ¿Qué tal estás? –Dijo cariñosamente en cuanto la vio.

Guillermina se quedó en silencio. Sonreía y alargaba la mano como si quisiera buscar en la pantalla el modo de encajar esa imagen, que aceleraba el ritmo de su corazón, en su maltrecha memoria.

-Mamá, está guapísima ¿verdad? Cómo va todo, hija. ¿Cómo llevas los estudios?

Andrea estaba preparando los exámenes finales. Detalló las dificultades para seguir el temario sin saber qué pasaría con el curso, mientras su padre le iba haciendo preguntas. Guillermina mantenía el mutismo sin quitar ojo a esa carita que la miraba desde el otro lado. Entonces sucedió algo mágico:

 

Llegué a la pobre cabaña

en días de primavera.
La niña triste cantaba,
la abuela hilaba en la rueca…

Citó.

-Mamá, ¿qué estás recitando? Es increíble Andrea. Día a día veo cómo se nublan sus recuerdos y, sin embargo, de pronto te suelta refranes, como esta misma mañana, o ahora un poema y…

¡Buena anciana, buena anciana,
bien haya la niña bella,
a quien desde hoy amar juro
con mis ansias de poeta!

Continuó el poema Andrea. Dejando a continuación un silencio tan lleno de esas cosas que no se pueden describir, que no hizo falta decir nada.

-Verás papá. ¿Te acuerdas que hace dos años me dijiste que pidiera permiso a la abuela para ir al pueblo con mi amiga Blanca? Quise tener un detalle porque era mayo y llegaba su cumpleaños. Le envié este poema de Rubén Darío. No me puedo creer que se lo haya aprendido…

-Tu abuela es una caja de sorpresas. Oye –aprovechó Luis el momento- ¿por qué no repites este verano? Tráete a Blanca otra vez, si quieres, y pasamos juntos unos días –propuso.

Andrea apreció una alteración en el habitual tono monocorde de su padre, como si necesitara conectar con ella más allá de las correctas formas en las que siempre se movían.

-No estaría mal, papá. Me lo pensaré.  A mí también me gustaría pasar más tiempo con la abuela –carraspeó- con vosotros. Bueno abuela, tengo que seguir estudiando. Espero que mi padre te cuide bien.

-¿Padre, qué padre? –Se perdió de nuevo Guillermina-. Mi padre ha muerto. Se cayó a un pozo y le picaron las avispas ¿o fue al revés? Ahora no lo recuerdo pero ayer mismo estaba muerto, y mañana Dios dirá –contestó sin perder de vista a su nieta.

El día, después de todo, no había sido tan malo, pensó Luis. La reconfortante charla con su hija borró aquel mal comienzo y dejó una esperanzadora sensación en el horizonte.

-Mamá, quédate en tu cuarto, ahora te ayudo, voy un momento al baño.

Cuando regresó pensó que, definitivamente, debería hacer un guion para una película de Almodóvar, o tal vez escribir un libro de memorias. El pañal que por la mañana era un aborrecible sacrilegio del demonio se lo había enfundado  con toda naturalidad, y Guillermina se paseaba de un lado al otro de la habitación como si estuviera en la pasarela de Chanel.

-Mira Luisito. Tengo bragas de algodón, de plástico, de fresa y chocolate. Pero será que estas son última moda y le gustan a tu padre, porque me las ha dejado aquí en el sillón…

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa
Capítulo 3: Lo que daría por unos huevos…

Fotos en Pixabay

Lo que se temía Luis, al final, sucedió. No sabía si a consecuencia de tantos días de confinamiento o, simplemente, porque tenía que pasar. Guillermina había amanecido mojada. Era la primera vez.

Hasta ahora el Alzheimer estaba oscureciendo la memoria de su madre como un largo ocaso sobre el mar, con aquellos destellos de insólita clarividencia, especialmente fértiles si se inspiraban en sus años más pretéritos. A nivel físico, sin embargo, gozaba de una fortaleza admirable y, salvo desorientaciones normales propias de la enfermedad, era bastante autónoma. Pero ya se lo había advertido la doctora: “Estos enfermos pueden manifestar empeoramientos bruscos si se alteran sus pautas”, y Guillermina llevaba ya 33 días sin salir de casa. Sin aire fresco. Sin esos paseos que revitalizaban su cuerpo, su mente y su espíritu.

Luis había tenido la precaución de proveerse de pañales por si su madre perdía el control de los esfínteres durante el encierro en casa.

-Mamá, vamos a empezar a usar esto –dijo sin querer mencionar la palabra pañal, y en plural, para suavizar el tema.

-¡Luisiiiiiito! ¡Cuánto tiempo sin verte! Justo le estaba diciendo a tu padre que hacía mucho que no sabíamos de ti –exclamó Guillermina estampando dos grandes y sonoros besos en la mejilla derecha de su hijo -.  ¿Te vas a quedar a comer, cariño?

-Claro, mamá. Pero antes debes ponerte esto –insistió.

-¿Y eso qué es? Parecen los calzones de tu abuelo Faustino.  ¿Tengo pinta de parecerme a tu abuelo, hijo, o es que te ha dado un mal aire? –Refunfuñó dispuesta a poner resistencia.

-Ni bueno ni malo, mamá. Hace mucho que no me da ningún tipo de aire –contestó Luis de forma impulsiva.

-¿Y eso por qué? ¿Te ha vuelto a castigar la bruja mano largaesa que tienes en el cole? –le siguió la conversación ella volviendo a sus tiempos de estudiante.

-A ver, mamá, céntrate. Déjame ayudarte a ponerte esta braga pañal, ¿de acuerdo? Sirve para que no tengas que preocuparte si se te escapa la orina –probó una vez más, paciente.

 

-Mira Luisito, ¡Como se te ocurra tocarme con eso llamo a la Guardia Civil! ¿Lo has entendido o te lo explico haciendo gimnasia? ¡Quita eso de mi vista o agarro el bastón y te abro la sesera! –Y aunque empezó con un tono sereno acabó la frase gritando y con la cara desencajada-. ¡Para que lo sepas, tengo bragas y enaguas para mí, para la vecina del quinto, para la Renata esa lenguafloja  –una novia que Luis tuvo hace años- y para todo el pueblo de “Ojeteperdido”! –bramó Guillermina recuperando el tozudo carácter de siempre, con la imaginativa y blasfema lengua de la actualidad.

-¡Pero mira que eres cabezota, madre! –Graznó ya desesperado Luis-.  ¿Quieres ir dejando el rastro del pipi por todo el piso?

-Como si dejo señales de humo. ¡A ti qué te importa, es mi casa! ¿Por qué no te lo pones tú, botarate, ya que te hace tanta ilusión? –Rezongó sin amedrentarse.

-¿Quieres que me lo ponga yo? ¿Así te vas a tranquilizar? Pues venga  –Interpeló él y se ajustó el pañal por encima de su pantalón vaquero dejando una estampa para la posteridad.

-¿Ves? –Señaló el artilugio- Ya está puesto. ¡Fácil! Estoy tan trastornado como ella –Pensó.

Su madre se lo quedó mirando un instante de arriba abajo, como si enfrente tuviera al espíritu de Toro Sentado,  o del mismísimo abuelo Faustino, hasta que una horda de insultos salió incontenible de sus labios:

-¡Guuuaaaarro! Decía mi padre que “hombre que se mea en las botas no sirve para las mozas”. ¡Valiente desgracia la tuya: calvo, sordo y además te meas encima! –La sordera era un atributo de su padre, pero qué más daba-. ¡Te falta el gorro de obispo para ir derechito al seminario! ¡Serás bobo!

-Está bien, mamá –se rindió Luis-. Dejemos el pañal para otro día –se lo quitó y lo abandonó en la silla de su habitación.

No entres en bucle. Se decía Luis a sí mismo. Así que desistió del tema; a su madre se le pasó el berrinche y, curiosamente, él se trasladó al tiempo en que su hija Andrea, con cinco años, todavía usaba el pañal nocturno. “Un día dejará de mojar la cama. No la presionéis…” les había dicho el especialista al que consultaron. Pero la niña se cansó de esperar a que todo sucediera espontáneamente. Sus amigas tenían planes de dormir juntas, y no iba a fastidiarlos ella solo por tener una naturaleza “tardía”. En cierto modo, pensaba Luis, su hija siempre había manifestado la misma determinación de carácter que su abuela Guillermina. Así que un día le pidió a su padre que la despertara de madrugada para ir al baño y, aunque no dio resultado la primera, ni la segunda noche, a la tercera lo logró, y su hija se liberó del pañal. 
No podía creer que ya tuviera 18 años.

La barrera física que provocó el divorcio al principio fue construyendo un silencioso distanciamiento entre padre e hija que, con el tiempo, especialmente cuando Andrea ya fue adolescente, acabó en un estado de complacencia por el que transitaban aquellas correctas visitas de cortesía desprovistas de emoción. Luis sabía que él era responsable de esa falta de confianza.  En estos días de aislamiento se había dado cuenta de dos cosas importantes: una era que se había acercado a su madre más de lo que había hecho en toda su vida; la otra, directamente relacionada, era que no quería seguir siendo un desconocido para su propia su hija.

-Mamá, vamos a llamar a Andrea. Ven aquí conmigo –informó a su madre.

-¿A quién? –Respondió Guillermina despistada.

-A tu nieta, mamá. Vamos a hacer una video llamada a tu nieta Andrea. Siéntate aquí y mira esta pantalla –le explicó mientras sonaba el tono-. La niña mantenía una relación más estrecha con Guillermina, cuyo carácter experimentaba una notable dulcificación en su presencia, que con él mismo. Los veranos en el pueblo habían creado una especie de código de entendimiento entre ellas que, lamentablemente, se interrumpió al manifestarse el Alzheimer.

-¡Abuela, qué alegría verte! Tienes muy buen aspecto ¿Qué tal estás? –Dijo cariñosamente en cuanto la vio.

Guillermina se quedó en silencio. Sonreía y alargaba la mano como si quisiera buscar en la pantalla el modo de encajar esa imagen, que aceleraba el ritmo de su corazón, en su maltrecha memoria.

-Mamá, está guapísima ¿verdad? Cómo va todo, hija. ¿Cómo llevas los estudios?

Andrea estaba preparando los exámenes finales. Detalló las dificultades para seguir el temario sin saber qué pasaría con el curso, mientras su padre le iba haciendo preguntas. Guillermina mantenía el mutismo sin quitar ojo a esa carita que la miraba desde el otro lado. Entonces sucedió algo mágico:

 

Llegué a la pobre cabaña

en días de primavera.
La niña triste cantaba,
la abuela hilaba en la rueca…

Citó.

-Mamá, ¿qué estás recitando? Es increíble Andrea. Día a día veo cómo se nublan sus recuerdos y, sin embargo, de pronto te suelta refranes, como esta misma mañana, o ahora un poema y…

¡Buena anciana, buena anciana,
bien haya la niña bella,
a quien desde hoy amar juro
con mis ansias de poeta!

Continuó el poema Andrea. Dejando a continuación un silencio tan lleno de esas cosas que no se pueden describir, que no hizo falta decir nada.

-Verás papá. ¿Te acuerdas que hace dos años me dijiste que pidiera permiso a la abuela para ir al pueblo con mi amiga Blanca? Quise tener un detalle porque era mayo y llegaba su cumpleaños. Le envié este poema de Rubén Darío. No me puedo creer que se lo haya aprendido…

-Tu abuela es una caja de sorpresas. Oye –aprovechó Luis el momento- ¿por qué no repites este verano? Tráete a Blanca otra vez, si quieres, y pasamos juntos unos días –propuso.

Andrea apreció una alteración en el habitual tono monocorde de su padre, como si necesitara conectar con ella más allá de las correctas formas en las que siempre se movían.

-No estaría mal, papá. Me lo pensaré.  A mí también me gustaría pasar más tiempo con la abuela –carraspeó- con vosotros. Bueno abuela, tengo que seguir estudiando. Espero que mi padre te cuide bien.

-¿Padre, qué padre? –Se perdió de nuevo Guillermina-. Mi padre ha muerto. Se cayó a un pozo y le picaron las avispas ¿o fue al revés? Ahora no lo recuerdo pero ayer mismo estaba muerto, y mañana Dios dirá –contestó sin perder de vista a su nieta.

El día, después de todo, no había sido tan malo, pensó Luis. La reconfortante charla con su hija borró aquel mal comienzo y dejó una esperanzadora sensación en el horizonte.

-Mamá, quédate en tu cuarto, ahora te ayudo, voy un momento al baño.

Cuando regresó pensó que, definitivamente, debería hacer un guion para una película de Almodóvar, o tal vez escribir un libro de memorias. El pañal que por la mañana era un aborrecible sacrilegio del demonio se lo había enfundado  con toda naturalidad, y Guillermina se paseaba de un lado al otro de la habitación como si estuviera en la pasarela de Chanel.

-Mira Luisito. Tengo bragas de algodón, de plástico, de fresa y chocolate. Pero será que estas son última moda y le gustan a tu padre, porque me las ha dejado aquí en el sillón…

Continuará….

Capítulo 1: Y de pronto, mi madre…
Capítulo 2: Del llanto a la risa y luego a misa
Capítulo 3: Lo que daría por unos huevos…

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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