Soledad, a tus pies
Llegaste envuelta en tu aura de misterio y me dijiste al oído: “Te regalo mi silencio”, y yo que entonces todavía te temía, me pregunté si no sería un regalo envenenado.
Llegaste envuelta en tu aura de misterio y me dijiste al oído: “Te regalo mi silencio”, y yo que entonces todavía te temía, me pregunté si no sería un regalo envenenado.
Me has dicho que duermes cuando la luna mengua y despiertas si crece, que desde allí vigilas que mi alma no pierda memoria y mi corazón palpite en presente, y que cada amanecer que amanezco despierten los sentidos conmigo, porque tú te haces grande si yo soy fuerte, si estoy viva, y no te olvido.
Sabe el otoño que su pálpito es un vendaval de serenidad necesario para sosegar nuestro espíritu. Un murmullo meloso y apaciguador que pausa el ritmo, que detiene el paso.
El cielo era una amenaza plomiza que no hacía sino alimentar su sensación de desamparo en ese incipiente amanecer.
Huía de otra noche sórdida, del sueño que no conciliaba, de la tortura de una ausencia no aceptada.
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Matilde Bello
Periodista y escritora
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