Huele a petricor

por | Feb 18, 2021 | Ficción | 20 Comentarios

Huele a petricor

Imagen de Enrique López Garre en Pixabay

Si no fuera por esos elementos de destrucción masiva los días de lluvia serían mis favoritos. Adoro la lluvia. Pero la gente se empeña en salir a la calle pertrechada con sus paraguas cual floretes en mano, y entonces caminar se convierte en un acto de fe al que he renunciado por una simple cuestión de supervivencia.

El bolso, las botas o el peinado son prioridades que se llevan por delante a cualquier ciego inconsciente que se cruce por el camino. ¡Qué le vamos a hacer, hay cretinos en todas las parroquias! La última vez me embistió un hipopótamo en tacones disfrazado de mujer con un olor asfixiante a esas impersonales colonias infantiles. ¡Si lo sé, lo sé, esta mordacidad mía es mi perdición…!

Fue como chocar contra un muro prensado de plastilina, falsamente blando y decididamente homicida. La señora me hace un blocaje en toda regla, tropieza con su propio paraguas y ¡adiós! me derriba como si espantara una mosca con el bigote. ¡Buf! Por un pelo no me hace puré. ¿Estás ciega?, me ladra la muy bruja. ¡Yo sí ¿y usted?! Entonces se da cuenta de lo evidente y, llegan las disculpas atropelladas y los perdona guapa, no te he visto, es que hace un día de perros. A punto estuvo la buena señora de degustar las exquisiteces de mi lengua viperina cuando le quitan el bozal…Pero se armó tal revuelo que se libró: un señor agarrándome del brazo; una chica que tenía mi bastón; mis tobillos auscultados por manos desconocidas; una voz demasiado cerca, ¿estás bien?; a todo esto sigue lloviendo y…¡Por favor, no es necesario que todo el mundo me toque!

En fin, que estoy en un taxi camino del trabajo en plena hora punta en este lunes de octubre que se ha levantado como si fuera abril.

—¿Qué sucede? —le pregunto al taxista tras el estrépito de bocinas que escucho.

—Pues nada, un listillo que se ha parado ahí delante en doble fila y no deja pasar —me informa algo alterado.

Busco el móvil en el bolsillo y me canta, las 8:15. Bueno me quedan quince minutos, hay margen, pienso. Tiene un mensaje nuevo de, Javi, insiste el teléfono. Conecto los auriculares buscando intimidad y activo el reproductor. La voz de Javi suena a primavera floreciendo en un desván de trivialidades:

Lucía, ¿sabes que perjudicas seriamente mi salud? Apenas he podido dormir por miedo a caer en el precipicio que has dejado en la cama —Mira qué ingenioso, pienso, puede que se lo expropie—. No es elegante meterse a las bravas en la cabeza de este pobre incauto y jugar así con mi única neurona. Un poquito de piedad por favor…

Es su forma de decirme que me echa de menos. La verdad es que los dos somos expertos en no decirnos algunas cosas. Me acerco al teléfono, el taxista ahora me importa un bledo, activo el asistente de voz y grabo:

—Has de saber, pobre incauto, que no he hallado rastro de la tal neurona en tu cabeza. Debe estar moviendo las caderas y tomándose un mojito en el bar. Con respecto al precipicio, te aconsejo un curso de espeleología avanzado —me río yo sola—. Y por favor, entro a trabajar, así que te ruego encarecidamente que no trates de quitar el pan a esta pobre chica ciega.

Este jocoso “juego de los lunes”, con los titulares del fin de semana todavía calientes en la piel, suele dar paso a los mensajes escuetos de los martes; a los breves ¿todo bien? de los miércoles y, por fin, a la llamada telefónica de los jueves en la que hacemos los planes para el viernes porque, entre semana, no solemos vernos. Javi trabaja como asesor financiero en una multinacional. Si, ya lo sé. Súper aburrido. Súper ¡qué pereza!, todos los súper del mundo van con su profesión. El caso es que tiene unas jornadas laborales titánicas y, a no ser que haya sucedido algo, léase una cosa importante, grave o muy grave, no “nos molestamos”, las comillas bien grandes por favor, hasta el fin de semana.

Bueno, una vez, hace un par de meses, me presenté en la puerta de su casa un miércoles a las siete de la tarde. No estaba. Pensé, ¡mira que si llega ahora con una rubia y le chafo el plan! Pero no, apareció a las ocho. Le dije, he tenido un mal día. Me acurruqué en su abrazo de oso; fanfarroneó con sus muchos trucos de magia para ver las estrellas, y me devolvió a mi casa negándome ser alumno aventajado de Hogwarts, el muy mentiroso.

Aquel día quiso darme una llave y… Efectivamente… La rechacé.

—Señorita, hemos llegado —anuncia el taxista. Le pago y me adentro en el edificio que aloja la productora en la que trabajo. Ah, cierto, aún no lo he dicho. Soy guionista. Bueno, me gradué en Lengua y Literatura y luego hice el máster en creación de guiones, posiblemente la decisión más acertada de mi vida, a tenor de lo mucho que he descubierto que me gusta mi trabajo.

Guionista convencida

—Buenos días, Lucía —saluda Carlos, el portero, y carraspea de una forma (ya soy doctora en carraspeos) que me advierte de que algo pasa—. Lo siento, están arreglando los ascensores. Creo que la tormenta ha cortorcircuitado algo —indica.

—No me lo puedo creer —protesto—. Es que caen cuatro puñeteras gotas y esta ciudad se colapsa. ¡Es increíble!

—¿Quieres que te acompañe? —se ofrece a subir conmigo los cuatro pisos.

—No, Carlos, gracias, ya me apaño —le digo resignada, y me lanzo a escalar el Everest.

—¡Buen lunes y buena semana, Lucía! —me recibe Alex con la consigna ya habitual de los lunes. Álex es mi jefe, mi compañero y mi amigo.

Cuando finalicé mis estudios obtuve una beca de prácticas en la delegación territorial de la televisión pública gracias a una de esas plazas que reservan para personas con discapacidad. ¡Algo bueno ha de tener ser ciega! Estuve un año becada. Luego me hicieron un contrato formal y durante tres años me dediqué exclusivamente a crear escaletas para un matinal de máxima audiencia donde adquirí una muy buena experiencia. Mi nombre empezaba a sonar dentro del mundillo.

Álex se presentó hace dos años, me invitó a un café y me ofreció un puesto en su productora. Estoy buscando mentes despiertas que me aporten frescura, y me han hablado muy bien de ti, me dijo. Después de dos horas de complicidad y de aclarar las necesidades especiales por mi discapacidad, acepté el empleo. En menos de una semana tenía mi ordenador accesible con el lector de pantalla, el sintetizador de voz, comandos de teclado, soporte para líneas braille… Todo de vanguardia. Siempre me dice que aquella inversión la tiene plenamente rentabilizada. ¡Qué cojones, que soy muy buena en lo mío!

El día pasa tan rápido que a las cinco y media, cuando Álex nos echa a todos, soy consciente de lo entumecidas que tengo las piernas de apenas haberlas movido.  Así que cuando saco la nariz al exterior decido caminar un par de manzanas antes de coger el autobús. Ya no llueve, y la calma se ha instalado en las calles con ese sopor taciturno que ha dejado la tormenta. La ciudad tiene un pálpito especial tras abrazar la lluvia. No sé cómo describirlo. Se ralentiza su latido, casi podría decir que siento la distensión de los edificios, como si aflojaran el músculo y liberasen toda la tensión que se ha ido acumulando sobre ellos durante décadas. Hay como una extraña paz flotando en el ambiente.

Cuando me enteré que el olor que desprende el suelo tras la lluvia se llama petricor me apropié de la palabra. No suena bonita, ni dulce, ni ligera, sino rotunda, con personalidad, regia, poderosa. Tal vez la lluvia me gusta por eso, por lo que deja tras de sí, más que por sí misma.

Oigo vibrar el móvil y lo saco de mi gabardina. Tiene dos mensajes. Mensaje de, Javi, hora, 15:40. Mensaje de, mamá, 17:50. Escucho primero la voz de mi madre preguntando si todo va bien, que no me oyó llegar anoche. Le grabo la respuesta enseguida: mamá, nos liamos hasta las tantas y llegué tardísimo a casa, no te preocupes. En media hora estoy allí. Besos. Mi madre a partir de las once de la noche ya no es persona, y Javi me dejó en casa sobre la una de la madrugada.

Me detengo en la parada del autobús

—Disculpe —me dirijo a un señor que habla acaloradamente con alguien en la marquesina—. ¿Sería tan amable de avisarme cuando llegue el 56?:

—Claro, nena —responde una voz de unos 60 años—. Nadie diría que eres ciega…

No sé si debo tomármelo como un piropo pero me quedo callada… No estoy segura de querer saber la respuesta.

—Mira, has tenido suerte, aquí viene el 56.

Me subo al autobús. Localizo un asiento vacío. Me acomodo, saco los auriculares y escucho a Javi:

Lucía —dice mi nombre con la voz íntima y llena de promesas—. Huele a petricor —que es como decir, pienso en ti. Y luego —tengo planes para tu cumpleaños — y suena a…, a lo que es, a dejarme con la miel en los labios….

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Capítulo 0 Preámbulo: Muda y Ciega

Capítulo 1: Casi perfecto

Huele a petricor

Imagen de Enrique López Garre en Pixabay

Si no fuera por esos elementos de destrucción masiva los días de lluvia serían mis favoritos. Adoro la lluvia. Pero la gente se empeña en salir a la calle pertrechada con sus paraguas cual floretes en mano, y entonces caminar se convierte en un acto de fe al que he renunciado por una simple cuestión de supervivencia.

El bolso, las botas o el peinado son prioridades que se llevan por delante a cualquier ciego inconsciente que se cruce por el camino. ¡Qué le vamos a hacer, hay cretinos en todas las parroquias! La última vez me embistió un hipopótamo en tacones disfrazado de mujer con un olor asfixiante a esas impersonales colonias infantiles. ¡Si lo sé, lo sé, esta mordacidad mía es mi perdición…!

Fue como chocar contra un muro prensado de plastilina, falsamente blando y decididamente homicida. La señora me hace un blocaje en toda regla, tropieza con su propio paraguas y ¡adiós! me derriba como si espantara una mosca con el bigote. ¡Buf! Por un pelo no me hace puré. ¿Estás ciega?, me ladra la muy bruja. ¡Yo sí ¿y usted?! Entonces se da cuenta de lo evidente y, llegan las disculpas atropelladas y los perdona guapa, no te he visto, es que hace un día de perros. A punto estuvo la buena señora de degustar las exquisiteces de mi lengua viperina cuando le quitan el bozal…Pero se armó tal revuelo que se libró: un señor agarrándome del brazo; una chica que tenía mi bastón; mis tobillos auscultados por manos desconocidas; una voz demasiado cerca, ¿estás bien?; a todo esto sigue lloviendo y…¡Por favor, no es necesario que todo el mundo me toque!

En fin, que estoy en un taxi camino del trabajo en plena hora punta en este lunes de octubre que se ha levantado como si fuera abril.

—¿Qué sucede? —le pregunto al taxista tras el estrépito de bocinas que escucho.

—Pues nada, un listillo que se ha parado ahí delante en doble fila y no deja pasar —me informa algo alterado.

Busco el móvil en el bolsillo y me canta, las 8:15. Bueno me quedan quince minutos, hay margen, pienso. Tiene un mensaje nuevo de, Javi, insiste el teléfono. Conecto los auriculares buscando intimidad y activo el reproductor. La voz de Javi suena a primavera floreciendo en un desván de trivialidades:

Lucía, ¿sabes que perjudicas seriamente mi salud? Apenas he podido dormir por miedo a caer en el precipicio que has dejado en la cama —Mira qué ingenioso, pienso, puede que se lo expropie—. No es elegante meterse a las bravas en la cabeza de este pobre incauto y jugar así con mi única neurona. Un poquito de piedad por favor…

Es su forma de decirme que me echa de menos. La verdad es que los dos somos expertos en no decirnos algunas cosas. Me acerco al teléfono, el taxista ahora me importa un bledo, activo el asistente de voz y grabo:

—Has de saber, pobre incauto, que no he hallado rastro de la tal neurona en tu cabeza. Debe estar moviendo las caderas y tomándose un mojito en el bar. Con respecto al precipicio, te aconsejo un curso de espeleología avanzado —me río yo sola—. Y por favor, entro a trabajar, así que te ruego encarecidamente que no trates de quitar el pan a esta pobre chica ciega.

Este jocoso “juego de los lunes”, con los titulares del fin de semana todavía calientes en la piel, suele dar paso a los mensajes escuetos de los martes; a los breves ¿todo bien? de los miércoles y, por fin, a la llamada telefónica de los jueves en la que hacemos los planes para el viernes porque, entre semana, no solemos vernos. Javi trabaja como asesor financiero en una multinacional. Si, ya lo sé. Súper aburrido. Súper ¡qué pereza!, todos los súper del mundo van con su profesión. El caso es que tiene unas jornadas laborales titánicas y, a no ser que haya sucedido algo, léase una cosa importante, grave o muy grave, no “nos molestamos”, las comillas bien grandes por favor, hasta el fin de semana.

Bueno, una vez, hace un par de meses, me presenté en la puerta de su casa un miércoles a las siete de la tarde. No estaba. Pensé, ¡mira que si llega ahora con una rubia y le chafo el plan! Pero no, apareció a las ocho. Le dije, he tenido un mal día. Me acurruqué en su abrazo de oso; fanfarroneó con sus muchos trucos de magia para ver las estrellas, y me devolvió a mi casa negándome ser alumno aventajado de Hogwarts, el muy mentiroso.

Aquel día quiso darme una llave y… Efectivamente… La rechacé.

—Señorita, hemos llegado —anuncia el taxista. Le pago y me adentro en el edificio que aloja la productora en la que trabajo. Ah, cierto, aún no lo he dicho. Soy guionista. Bueno, me gradué en Lengua y Literatura y luego hice el máster en creación de guiones, posiblemente la decisión más acertada de mi vida, a tenor de lo mucho que he descubierto que me gusta mi trabajo.

Guionista convencida

—Buenos días, Lucía —saluda Carlos, el portero, y carraspea de una forma (ya soy doctora en carraspeos) que me advierte de que algo pasa—. Lo siento, están arreglando los ascensores. Creo que la tormenta ha cortorcircuitado algo —indica.

—No me lo puedo creer —protesto—. Es que caen cuatro puñeteras gotas y esta ciudad se colapsa. ¡Es increíble!

—¿Quieres que te acompañe? —se ofrece a subir conmigo los cuatro pisos.

—No, Carlos, gracias, ya me apaño —le digo resignada, y me lanzo a escalar el Everest.

—¡Buen lunes y buena semana, Lucía! —me recibe Alex con la consigna ya habitual de los lunes. Álex es mi jefe, mi compañero y mi amigo.

Cuando finalicé mis estudios obtuve una beca de prácticas en la delegación territorial de la televisión pública gracias a una de esas plazas que reservan para personas con discapacidad. ¡Algo bueno ha de tener ser ciega! Estuve un año becada. Luego me hicieron un contrato formal y durante tres años me dediqué exclusivamente a crear escaletas para un matinal de máxima audiencia donde adquirí una muy buena experiencia. Mi nombre empezaba a sonar dentro del mundillo.

Álex se presentó hace dos años, me invitó a un café y me ofreció un puesto en su productora. Estoy buscando mentes despiertas que me aporten frescura, y me han hablado muy bien de ti, me dijo. Después de dos horas de complicidad y de aclarar las necesidades especiales por mi discapacidad, acepté el empleo. En menos de una semana tenía mi ordenador accesible con el lector de pantalla, el sintetizador de voz, comandos de teclado, soporte para líneas braille… Todo de vanguardia. Siempre me dice que aquella inversión la tiene plenamente rentabilizada. ¡Qué cojones, que soy muy buena en lo mío!

El día pasa tan rápido que a las cinco y media, cuando Álex nos echa a todos, soy consciente de lo entumecidas que tengo las piernas de apenas haberlas movido.  Así que cuando saco la nariz al exterior decido caminar un par de manzanas antes de coger el autobús. Ya no llueve, y la calma se ha instalado en las calles con ese sopor taciturno que ha dejado la tormenta. La ciudad tiene un pálpito especial tras abrazar la lluvia. No sé cómo describirlo. Se ralentiza su latido, casi podría decir que siento la distensión de los edificios, como si aflojaran el músculo y liberasen toda la tensión que se ha ido acumulando sobre ellos durante décadas. Hay como una extraña paz flotando en el ambiente.

Cuando me enteré que el olor que desprende el suelo tras la lluvia se llama petricor me apropié de la palabra. No suena bonita, ni dulce, ni ligera, sino rotunda, con personalidad, regia, poderosa. Tal vez la lluvia me gusta por eso, por lo que deja tras de sí, más que por sí misma.

Oigo vibrar el móvil y lo saco de mi gabardina. Tiene dos mensajes. Mensaje de, Javi, hora, 15:40. Mensaje de, mamá, 17:50. Escucho primero la voz de mi madre preguntando si todo va bien, que no me oyó llegar anoche. Le grabo la respuesta enseguida: mamá, nos liamos hasta las tantas y llegué tardísimo a casa, no te preocupes. En media hora estoy allí. Besos. Mi madre a partir de las once de la noche ya no es persona, y Javi me dejó en casa sobre la una de la madrugada.

Me detengo en la parada del autobús

—Disculpe —me dirijo a un señor que habla acaloradamente con alguien en la marquesina—. ¿Sería tan amable de avisarme cuando llegue el 56?:

—Claro, nena —responde una voz de unos 60 años—. Nadie diría que eres ciega…

No sé si debo tomármelo como un piropo pero me quedo callada… No estoy segura de querer saber la respuesta.

—Mira, has tenido suerte, aquí viene el 56.

Me subo al autobús. Localizo un asiento vacío. Me acomodo, saco los auriculares y escucho a Javi:

Lucía —dice mi nombre con la voz íntima y llena de promesas—. Huele a petricor —que es como decir, pienso en ti. Y luego —tengo planes para tu cumpleaños — y suena a…, a lo que es, a dejarme con la miel en los labios….

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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