Casi perfecto

por | Feb 11, 2021 | Ficción | 48 Comentarios

Casi perfecto

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¿Por qué los hombres son tan condenadamente inoportunos? ¿Acaso llevan el botón “voy a cagarla” en su dotación de serie?

Una cena de aniversario perfecta: vino, risas y mil payasadas. Somos un poco críos, la verdad. Anoche en el taxi me quita un zapato, me calienta la oreja con un “nena, relájate”, y su lengua inicia un luctuoso masaje plantar que, lejos de su intención, me provoca tal ataque de cosquillas que me descoyunto en el asiento trasero. Acabo de forma impúdica con las piernas en sus hombros, él poniendo voz de megafonía de supermercado y diciendo, “atención, atención, listos para entrar en el túnel del tiempo, se ruega hagan sitio a este verraco”. Luego empieza a menear las caderas y a tararear a Bosé “navegaré, por tu oscuridad…Seré tu amante bandido, bandido,…Seré Aug”. Y me troncho.

Oigo un carraspeo de aquellos que provocan acidez de estómago y deduzco que el taxista nos está censurando por el retrovisor. ¡Suerte que no veo! ¿Qué demonios le pasa a la gente con los carraspeos?

Ya en su casa nos damos un homenaje glorioso, de aquellos que dejan heridas de guerra y despierto, en estado gaseoso, ¡anda una rima!, al olor de un humeante café que me hace salivar. ¿No lo he dicho? Javi, mi novio, es casi perfecto. Casi. Porque es en este momento cuando, el muy torpe, “la caga”.

—Quería preguntarte una cosa —me dice. ¡Mmmmm! Huele a su gel de chupachups, aunque él vive engañado y cree que es de grosella. Mi piel a su lado desafina como un violín tocado por un pulpo.

—La respuesta es sí —me divierto.

—¡Pues sí que ha sido fácil, esperaba una pelea! —masculla de forma críptica.

—Si prevés una pelea mejor no preguntes.

—Ya me has dicho que sí

—Pues lo retiro

—Tarde. Te vienes a vivir conmigo —Me quedo muerta. ¿Qué?…

—Javi —reacciono—, ¿te has fumado el geranio, o algo así?  —Intento distraerle.

—Ya pasas muchos fines de semana aquí…—Insiste.

—Para —Me cuadro—. ¿Tenemos que hablar de esto, AHORA?

—Pues sí… —Erre que erre.

—Estoy desayunando —Yo a lo mío.

—¿Y? ¿Te lo estoy avinagrando, quieres decir? —Se pone estupendo.

—Dame tiempo…—ironizo.

—Es tu mala hostia lo que te revuelve las tripas —embiste.

—Dijo don “tengo el tacto en el culo” —Ya hace unas cuantas frases que jugamos a ver quién da la estocada final.

—Y entonces, ¿cuándo cree doña Quisquillas que es buen momento, cuando llueva café en el campo, tal vez?

Por si no se ha notado, mi novio casi perfecto domina el sarcasmo casi tan bien como yo. Casi.

—¿Qué te parece sencillamente cuando pueda ver tu cara de bobo…? —Fin. He ganado.
Mi ceguera, a estas alturas, es circunstancial no condicional. Puro cinismo. Pero Javi odia que lo utilice en nuestras discusiones. Así que, técnicamente, le he dado un golpe bajo.

—Vale Lucía… —dice, y desaparece.

Esa soy yo. Lucía la fantástica, a veces más bruta que un arado, hija única y ciega de una madre coraje. Pero la historia de mi infancia para otro reto, que ya estoy divagando.

Me acuerdo de que no he hecho pis y voy a aliviar mi vejiga. No le oigo. ¿Se habrá muerto? No, qué va. Es un saludable hombretón de 1,85m. Estará enviándome a la mierda desde la cocina. Me doy una ducha rápida, me lavo los dientes. Me pongo una de sus camisetas. Las de deporte, último cajón de la derecha. Salgo al salón. No le huelo, ni le siento. ¡Joder! No se habrá tirado por el balcón. Tengo vértigo, le dije cuando supe que vivía en un séptimo piso. ¿Cómo puedes sentir vértigo si no ves la altura? Porque siento el espacio, mucho espacio hasta el suelo, y el estómago maúlla.

Cruzo la sala para acceder a la puerta de la terraza y ¡Zassss! ¡Qué hostión! ¡Qué ha sido eso! Me ha hecho polvo el dedo gordo. Lo localizo. ¿Qué es, un platillo volante? ¿Ahora juegas a los marcianos? Lo palpo, pero… ¿Qué…? ¡Ahh, Joder! Es uno de esos aspiradores que van solos por ahí. ¿En serio? Soy un maniático del orden, me dijo la primera vez que vine. Creo que se le está yendo de las manos…

Cuando por fin salgo a la terraza una nube tóxica de tensión humana me muerde las tripas. ¡Te encontré!

—¿Quieres que viva contigo y te compras un robot asesino? —le increpo.

—Eso te pasa por ir descalza —me riñe. Dejamos que el silencio temple el ánimo.

—Sabías que íbamos a pelear y aun así… —le reprocho.

—No me voy a callar por miedo a tus arrebatos, Lucía —Touché—. No querer hablar es infantil… Otro silencio.

—Sí. Soy infantil, y quisquillosa, y terca, y borde… —reconozco

—Y yo maniático, orgulloso, friki y a veces estúpido, pero somos compatibles, lo he mirado en Google —me dice, burlón.

Extiendo la mano. Necesito imperiosamente su contacto. Me atrapa y me sienta en su regazo. Me acurruco.

— Vamos a dejarlo en tablas, no hay prisa —me concede, porque conoce mis demonios—. Estás helada —murmura al acariciarme el muslo

—Es que me has acojonado, pensaba que ibas a saltar al vacío —le digo.

—El vacío que voy a ASALTAR es otro —retuerce las palabras. Me coge en brazos y se pone a cantar “seré el amante que muere, rendido, seré Aug…”

Y he olvidado qué paso después…

Capítulo 0 Preámbulo: Muda y Ciega

Capítulo 2: Huele a Preticor

Casi perfecto

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¿Por qué los hombres son tan condenadamente inoportunos? ¿Acaso llevan el botón “voy a cagarla” en su dotación de serie?

Una cena de aniversario perfecta: vino, risas y mil payasadas. Somos un poco críos, la verdad. Anoche en el taxi me quita un zapato, me calienta la oreja con un “nena, relájate”, y su lengua inicia un luctuoso masaje plantar que, lejos de su intención, me provoca tal ataque de cosquillas que me descoyunto en el asiento trasero. Acabo de forma impúdica con las piernas en sus hombros, él poniendo voz de megafonía de supermercado y diciendo, “atención, atención, listos para entrar en el túnel del tiempo, se ruega hagan sitio a este verraco”. Luego empieza a menear las caderas y a tararear a Bosé “navegaré, por tu oscuridad…Seré tu amante bandido, bandido,…Seré Aug”. Y me troncho.

Oigo un carraspeo de aquellos que provocan acidez de estómago y deduzco que el taxista nos está censurando por el retrovisor. ¡Suerte que no veo! ¿Qué demonios le pasa a la gente con los carraspeos?

Ya en su casa nos damos un homenaje glorioso, de aquellos que dejan heridas de guerra y despierto, en estado gaseoso, ¡anda una rima!, al olor de un humeante café que me hace salivar. ¿No lo he dicho? Javi, mi novio, es casi perfecto. Casi. Porque es en este momento cuando, el muy torpe, “la caga”.

—Quería preguntarte una cosa —me dice. ¡Mmmmm! Huele a su gel de chupachups, aunque él vive engañado y cree que es de grosella. Mi piel a su lado desafina como un violín tocado por un pulpo.

—La respuesta es sí —me divierto.

—¡Pues sí que ha sido fácil, esperaba una pelea! —masculla de forma críptica.

—Si prevés una pelea mejor no preguntes.

—Ya me has dicho que sí

—Pues lo retiro

—Tarde. Te vienes a vivir conmigo —Me quedo muerta. ¿Qué?…

—Javi —reacciono—, ¿te has fumado el geranio, o algo así?  —Intento distraerle.

—Ya pasas muchos fines de semana aquí…—Insiste.

—Para —Me cuadro—. ¿Tenemos que hablar de esto, AHORA?

—Pues sí… —Erre que erre.

—Estoy desayunando —Yo a lo mío.

—¿Y? ¿Te lo estoy avinagrando, quieres decir? —Se pone estupendo.

—Dame tiempo…—ironizo.

—Es tu mala hostia lo que te revuelve las tripas —embiste.

—Dijo don “tengo el tacto en el culo” —Ya hace unas cuantas frases que jugamos a ver quién da la estocada final.

—Y entonces, ¿cuándo cree doña Quisquillas que es buen momento, cuando llueva café en el campo, tal vez?

Por si no se ha notado, mi novio casi perfecto domina el sarcasmo casi tan bien como yo. Casi.

—¿Qué te parece sencillamente cuando pueda ver tu cara de bobo…? —Fin. He ganado.
Mi ceguera, a estas alturas, es circunstancial no condicional. Puro cinismo. Pero Javi odia que lo utilice en nuestras discusiones. Así que, técnicamente, le he dado un golpe bajo.

—Vale Lucía… —dice, y desaparece.

Esa soy yo. Lucía la fantástica, a veces más bruta que un arado, hija única y ciega de una madre coraje. Pero la historia de mi infancia para otro reto, que ya estoy divagando.

Me acuerdo de que no he hecho pis y voy a aliviar mi vejiga. No le oigo. ¿Se habrá muerto? No, qué va. Es un saludable hombretón de 1,85m. Estará enviándome a la mierda desde la cocina. Me doy una ducha rápida, me lavo los dientes. Me pongo una de sus camisetas. Las de deporte, último cajón de la derecha. Salgo al salón. No le huelo, ni le siento. ¡Joder! No se habrá tirado por el balcón. Tengo vértigo, le dije cuando supe que vivía en un séptimo piso. ¿Cómo puedes sentir vértigo si no ves la altura? Porque siento el espacio, mucho espacio hasta el suelo, y el estómago maúlla.

Cruzo la sala para acceder a la puerta de la terraza y ¡Zassss! ¡Qué hostión! ¡Qué ha sido eso! Me ha hecho polvo el dedo gordo. Lo localizo. ¿Qué es, un platillo volante? ¿Ahora juegas a los marcianos? Lo palpo, pero… ¿Qué…? ¡Ahh, Joder! Es uno de esos aspiradores que van solos por ahí. ¿En serio? Soy un maniático del orden, me dijo la primera vez que vine. Creo que se le está yendo de las manos…

Cuando por fin salgo a la terraza una nube tóxica de tensión humana me muerde las tripas. ¡Te encontré!

—¿Quieres que viva contigo y te compras un robot asesino? —le increpo.

—Eso te pasa por ir descalza —me riñe. Dejamos que el silencio temple el ánimo.

—Sabías que íbamos a pelear y aun así… —le reprocho.

—No me voy a callar por miedo a tus arrebatos, Lucía —Touché—. No querer hablar es infantil… Otro silencio.

—Sí. Soy infantil, y quisquillosa, y terca, y borde… —reconozco

—Y yo maniático, orgulloso, friki y a veces estúpido, pero somos compatibles, lo he mirado en Google —me dice, burlón.

Extiendo la mano. Necesito imperiosamente su contacto. Me atrapa y me sienta en su regazo. Me acurruco.

— Vamos a dejarlo en tablas, no hay prisa —me concede, porque conoce mis demonios—. Estás helada —murmura al acariciarme el muslo

—Es que me has acojonado, pensaba que ibas a saltar al vacío —le digo.

—El vacío que voy a ASALTAR es otro —retuerce las palabras. Me coge en brazos y se pone a cantar “seré el amante que muere, rendido, seré Aug…”

Y he olvidado qué paso después…

Capítulo 0 Preámbulo: Muda y Ciega

Capítulo 2: Huele a Preticor

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Matilde Bello

Matilde Bello

Periodista y escritora

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